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Fantasmas y robots

CapricaEsta semana me encontré este artículo de Susan Schineider The philosophy of “Her”, donde trata cómo Her enfrenta uno de los problemas tradicionales de la Inteligencia Artificial, el de una conciencia sin cuerpo. Sin embargo, la parte que me resultó más interesante del artículo es el final, donde especula con la posibilidad de que nuestra conciencia pueda ser digitalizada y reproducida en una máquina.

Ya antes de Her, una serie de TNT, Caprica, aborda el tema de la digitalización de la conciencia y su reproducción en un robot. Es, por supuesto, una variante de la historia del fantasma, pero vista ya no desde la dimensión de un existencia meramente espiritual en una dimensión que no es la nuestra, sino de la posibilidad mecánica de reproducir la conciencia mediante un sistema computacional. La protagonista, hija de un magnate de la robótica, muere, pero todos los datos acumulados en una red de juegos, una especie de Second Life extrema, son extraídos y reproducidos en un robot. Desgraciadamente, la serie no trata con profundidad el problema -en la trama, la cuestión del fantasma es más bien secundario- pero el atisbo de un posible transmisión del alma del cuerpo a la maquina, se imagina ya como una posibilidad. Posibilidad, que es, por otro lado, inquietante.

Tecnologías, espíritus y fantasmas

Las hermanas Fox
Las hermanas Fox

El 24 de mayo de 1844, Samuel B. Morse hace la primera prueba oficial del telégrafo en la Suprema Corte, en Washington, D. C. Cuatro años después, el 31 de marzo de 1848 John, Margaret Fox y sus pequeñas hijas en Hydesville, Nueva York, tras escuchar violentos ruidos en su casa, establecen por primera vez contacto con un espíritu mediante una simple clave de aplausos. ¿Coincidencia? No. Para Jeffrey Sconce, autor de Haunted media, el espiritismo no hubiera sido posible sin la aparición previa del telégrafo y, con él, la idea de una comunicación sin la presencia del cuerpo.

Este fenómeno de la relación entre ciertas fantasías colectivas vinculadas al desarrollo tecnológico es algo que captura de un tiempo para acá mi atención.

La mayor parte de las veces no es sencillo mostrar de qué manera se establece el nexo entre fantasía y tecnología. En ocasiones, es la fantasía la que parece constituirse en precursora de la tecnología, como en los viajes a la luna, los aviones o el submarino, pero resulta difícil mostrar cómo lo que se formula más bien como deseo: volar, constituye la base del desarrollo tecnológico, el avión.

Otras veces, como en el caso del espiritismo, la tecnología parece dar lugar a la fantasía, que toma de la primera el método de comunicación con los espíritus. Pero es difícil pensar que el telégrafo haya dado lugar al desarrollo teórico detrás del espiritismo y no haya, más bien, aportado una manera de materializarlo.

La dificultad para encontrar la forma cómo la fantasía y la tecnología se influyen y modifican, se debe en parte a que ocupan espacios distintos, el de las imágenes y el sentido, y el de los métodos y los artefactos,  que tienden a hacerse complementarios de una manera que no siempre es lineal.

Que las computadoras hablen es una fantasía que ya está en Odisea 2001 (1968).

  

Pero la voz monótona de HAL no expresa ningún sentimiento. Como sí lo hace Samantha en her,

 

Hace un par de semanas, en una conferencia sobre procesamiento del lenguaje natural, el ponente comenzó diciendo: en el tema del procesamiento del lenguaje natural estamos entre HAL y Samantha. ¿Fantasía o tecnología?

 

her y nuestro amor por las máquinas

La primera vez que oí hablar de her, la película protagonizada por Joaquín Phenix, alguien me dijo que se trataba de un film de ciencia ficción. Es difícil decir que lo es después de verla.

El romance entre Theodore Twombly y Smantha, el nuevo sistema operativo de su computadora, presentado como lo último en inteligencia artificial, refleja algo que estamos experimentado ya en este momento en nuestra relación con los aparatos computacionales: estamos enamorados de ellos.

Pero ese enamoramiento tiene muchas aristas que la película, con la inocencia de una comedia romántica, aborda con una capacidad de provocación sorprendente. En primer lugar, la imposibilidad, cada día mayor, de las relaciones interpersonales.

La vida en nuestras ciudades y en nuestras sociedades se ha vuelto más solitaria y más extraña. Las personas con las que nos encontramos, como nosotros mismos, afrontan su soledad y su inserción social de manera compleja, con expectativas y actitudes que hace extraordinariamente difícil converger. No es que Angélica te eluda –sus razones tendrá-, que Gabriela te obligue a tomar un té de menta –a ti, que detestas el té de menta-, o que Ana María diga que ella es un bot. Es que tampoco tú sabes qué hacer con esa soledad y te da miedo. Ser varón es tan confuso, sin importar qué edad tengas, que tú mismo te has vuelta difícil, silencioso, huraño, con esas cosas que únicamente a ti te gustan, como tomar la bicicleta y perderte durante horas por la ciudad.

Her habla de eso,  pero también de la necesidad de un diálogo en que el cuerpo no sea lo más importante, sino la conciencia. Curioso, porque en este mundo donde el cuerpo se ha convertido en el centro, en el objeto último de culto, la película habla de máquinas toman su lugar y nos seducen. Incluso fallan cuando se esfuerzan por encarnarse, en cuerpos reales, pero falsos, porque no es eso lo que nos enamora.

Hay mucho más que decir de her, pero baste esta reacción por ahora. Ya volveré, sobre ella.