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Una televisión disociada de la televisión

A diferencia del cine, que casi de inmediato se convirtió en arte, la televisión no ha sufrido el mismo destino. Las razones seguro son muchas y, sin duda, una de ellas debe ser que la televisión, como el radio, son canales de transmisión (como lo es internet) y no una tecnología como la cámara de cinematográfica para producir un producto.

Esa estrecha relación del contenido televisivo con el medio de emisión, es una de las razones por las que obras de televisión, que no podrían producirse sino dentro de la lógica de la transmisión, como los sitcom, las series y en general, los programas de entretenimiento, nunca aspiraran a la calidad del arte, a pesar de su cercanía con el cine.

En los días que corren, y con cerca de un cuarto de siglo desde que los programas de televisión pueden verse, gracias primero a los videos (Beta y VHS), y ahora a los DVD e Internet, con independencia del medio que los transmite, está comenzado a ocurrir algo curioso. Las series, sobre todo, y en menor medida los sitcoms, comienzan a ser productos completamente independientes del medio que lo emite. Lo era ya, pero ahora lo es definitivamente después de distribución (esa es la palabra correcta?) de House of cards por Netflix, una serie dramática que nunca se transmitió por televisión.

Esto está alterando nuestra relación con esos productos (y con la televisión en general) disociando lo que antes era una sola experiencia y ofreciendo la posibilidad de valorarlos de otra manera, quizás finalmente como arte.

Filosofía digital toma uno

La filosofía siempre ha tendido a ser profundamente disciplinar. En la academia este carácter disciplinar de la filosofía se acentúa porque sirve muy bien para guiar criterios de evaluación y definir estructuras académicas.

En lo personal, nunca me he sentido cómodo con la correa disciplinaria de la filosofía. Cada vez que hay que llenar un cuadrito, de esos que tenemos que llenar todos los días para registrar algo de nuestra vida académica, nunca encuentro el que  describa con exactitud el ámbito de mis intereses. A mi, que me asombran las intersecciones, las fronteras, los bordes, que leo literatura pensando en filosofía, que me abruma el saber que todo tiene historia, que me gusta el cine, pero sobre todo la televisión y los deportes; y además, por sí fuera poco, las computadoras y la tecnología y los juegos de video, nunca he sabido exactamente dónde colocarme. Entre la ética, la estética y la filosofía de la cultura, ese cajón de sastre tan útil cuando uno no encuentra donde ponerse o en cualquier otra parte -hay días que entiendo de forma natural porque Foucault prefería llamarse historiador a filósofo.

Pero escribo esto no para quejarme otra vez de mi incapacidad para disciplinarme, sino por el asombro que me produce ver cuánto está cambiando mi perspectiva de la filosofía desde que hago humanidades digitales. Uno puede decir que las humanidades digitales son un campo de estudio o un conjunto de metodologías aplicadas a la investigación tradicional en humanidades, pero en cualquiera de los dos casos, la utilización del cómputo para el trabajo humanístico, es una transformación profunda, por la sencilla razón de que altera sus fronteras,

Hay una en particular que hoy mi interesa más que otras. Estamos acostumbrados a ver al filósofo como un autor, con las implicaciones que esto tiene. Reflexionamos sobre su biografía, su psicología, y lo buscamos incesantemente a través de sus textos. Esto se refleja no sólo en cómo  indagamos, sino en cómo nos concebimos como filósofos: como autores de obras y libros de “largo aliento”. Uno de los efectos del tránsito de la pluma a la pantalla es la emergencia del problema del texto por encima del del autor, Un texto además que se descubre fragmentario, compuesto a saltos. Discontinuo. Porque entonces aparece otra imagen del filósofo, no sólo porque indaga trozos, sino porque él mismo los construye. Alguien que registra y comparte ideas, antes que alguien que cultiva parcelas de pensamientos.

Algo de este ocaso del filósofo como autor pasará por las formas disciplinarias de la filosofía. Habrá -hay- nuevos campos y nuevas parcelas que desdibujen o se añadan a las existentes. Y alguna, quizás, sea en la que me sienta cómodo.

Medios: un espejo negro

En diciembre, la televisión inglesa proyecto una serie de ficción en 3 episodios llamada Black mirror. Cada uno de los tres programas aborda un angulo del impacto (y las transformaciones) que los medios de comunicación actuales -Radio, TV, Redes Sociales- están teniendo sobre nuestro día a día. La visión es, por supuesto, pesimista, pero no por ello deja de hacer sentido. Los medos -y nosotros a través de ellos- están creando una realidad que, como un nuevo ecosistema, nos está arrojando hacia un mundo completamente distinto, con posibilidades que pueden ser más bien negras.

A mi me gustó en particular el primer episodio, quizás el mejor de los tres, porque aborda de una manera muy inteligente la dependencia del poder de la imagen pública y la forma cómo los medios están llevando la vida política hacia caminos impensables. El programa es particularmente crítico con la forma en que los medios tradicionales están rebasados por los nuevos, uno cuyos efectos es la pérdida de control político efectivo, lo que impacta lo mismo a los medios tradicionales que a los actores políticos. los vuelve marionetas de unas expectativas imposibles de interpretar con claridad porque son producto de una masa que se expresa de manera caótica y en sentidos contradictorios, incluso entre lapsos de tiempo muy cortos.

El segundo episodio es también interesante porque mira, de manera muy aguda, cómo los medios restan sustancia a la crítica, transformándola en lo mismo que el mas inofensivo espectáculo. A fin de cuentas, entre dos escenas porno, siempre puede haber alguien que te diga “la verdad”. El último episodio -quizás el menos interesante- explota la cuestión de la creación de una memoria de nuestra vida. Una memoria externa, compuesta de videos personales de cada momento, que impiden el privilegio del olvido.

La serie me hizo reflexionar sobre la necesidad de ver los medios como un conjunto integrado, no como facciones diferentes -unas tradicionales, otras nuevas, unas malas otras buenas- para comprender que los fenómenos que estamos viendo, los fenómenos colectivos son producto de la forma de la dinámica entre todos.

 

Habla de frente

El sábado 4 de junio se estrenó en Canal 11 el programa Habla de frente, en el que soy “juez de casa”. El programa es un concurso de debate entre escuelas preparatorias, pero no en la línea de los concursos de oratoria, sino en la lógica de confrontar ante todo argumentos e ideas, y de valorar la mejor forma de argumentar y de defender los argumentos. Como todo en la televisión, es un programa de entretenimiento, pero en este caso, es una producción que busca ser entretenida con temas, ideas y estructuras que no suelen ser parte de lo que normalmente conocemos como entretenimiento.

Es difícil pensar en una televisión que eduque. Pero es posible pensar en una televisión que con las estrategias propias del medio ponga a los ojos del público, pero sobre todo de un público joven, otras emociones, distintas a las que normalmente refleja. Yo acepté participar en el programa, porque como filósofo disfruto la argumentación y el debate. La disputa de ideas y la búsqueda de la verdad. Habla de Frente lleva parte de eso que disfruto a la pantalla y muestra en cierta medida lo que más me gusta de la filosofía, con todas las limitaciones que el formato de la televisión tiene y todas las objeciones que se le pueda hacer.

El otro día, mientras se emitía el primer programa, nos preguntamos si lograríamos documentar el diálogo y el debate, a partir de lo que pudieran hacer los jóvenes de preparatoria. Yo no sé que tanto lograremos. Pero en todo caso, si hay realities de cómo decorar la casa, ¿por qué no puede haberlos de cómo encontrar la verdad?

Filosofía en Discutamos México

La verdad son pocas las ocasiones en que los filósofos y la filosofía pueden llegan a la televisión. Por eso mi interés por la participación de Juliana González, Margarita Vera, Carlos Pereda y Guillermo Hurtado en el programa de televisión de la serie Discutamos México cuyo tema fue precisamente ese, la filosofía. Una oportunidad para mostrar qué aporta y qué relevancia tiene la filosofía para discutir México, sobre todo en el marco de la crisis de identidad y relevancia que hoy está sufriendo la filosofía en este país.

El programa, emitido el 6 de septiembre por Canal Once, me pareció, sin embargo, una oportunidad perdida. El problema central fue la ausencia de debate y de crítica. Una visión de la historia de las ideas muy rígida, y quizás incluso ya superada en muchos aspectos. Y una imagen de la filosofía solemne, verbosa y aburrida. La filosofía se abordó al rededor de la influencia de las ideas filosóficas en los dos movimientos revolucionarios mexicanos y los filósofos optaron por hacer una exposición didáctica de las tesis sobre la influencia de la ilustración o la tradición jurídica española en los independentistas o la influencia o no de los ateneístas en la Revolución, en un formato muy profesoral.

Si, mucho fue el problema de no hacer concesiones al medio, el olvidar que se está delante de la cámara y no frente a un aula, así como una producción muy pobre y limitada. Pero una parte sustancial lo fueron también los vicios inherentes a nuestra comunidad filosófica. La dificultad real de diálogo, y sobre todo de diálogo y debate crítico público y abierto –de por si inexistente, pero que el SNI ha terminado por sepultar. La consecuente inmovilidad de ciertas metodologías y de ciertas formas discusivas, –la reducción de la filosofía a un puñado de temas y modos que se toman como los únicos legítimos y a partir de los cuales se practica sistemáticamente la exclusión. Finalmente, la pompa y la solemnidad como signos de autoridad.

En fin, el programa reprodujo otros dos vicios más: el UNAM centrismo, (todos los presentes eran profesores de la UNAM); el reparto de cuotas (hasta en esto hubo una paridad de investigadores del Instituto de Investigaciones Filosóficas y profesores de la Facultad de Filosofía y Letras).

Al final, comparto la opinión de @colbriesca, quien lo dijo así en Twitter: “Creo que el programa dejó mucho que desear, además de que hizo parecer a la filosofía como una mera acompañante de la historia.”

Lástima.

La verdad son pocas las ocasiones en que los filósofos y la filosofía pueden llegan a la televisión. Por eso mi interés por la participación de Juliana González, Margarita Vera, Carlos Pereda y Guillermo Hurtado en el programa de televisión de la serie Discutamos México cuyo tema fue precisamente ese, la filosofía. Una oportunidad para mostrar qué aporta y qué relevancia tiene la filosofía para discutir México, sobre todo en el marco de la crisis de identidad y relevancia que hoy está sufriendo la filosofía en este país.