Leer profano I: Monadología

cropped-leibniz_monadology_22Con todos esos recuentos al final del año, se me ocurrió en diciembre comenzar una serie de post sobre los libros de filosofía que más me gustan.  No son aquellos de mayor importancia filosófica o de alguna forma relevantes para mi formación personal, sino esos cuya lectura más he disfrutado, ya sea porque son divertidos, despertaron mi imaginación, o provocaron un entusiasmo del que aun no me libero. Leer filosofía puede ser un asunto profano, desprovisto de toda esa presunción de inteligencia que los rodea y muy grato si uno accede al texto con un poco de ingenuidad y sin prejuicios. De esos libros escribiré ahora -tres meses después de lo previsto, solo por compartir el dulce goce que aun me provocan.

Comenzaré con un libro cuya lectura ha sido uno de mis mayores gozos: la Monadología de Leibiniz. Un curioso y brevísimo tratado sobre metafísica donde aparece uno de los seres fantásticos creados por los filósofos que más aprecio: la mónada. Así, con acento.

Descrita y definida de muchas formas, como una sustancia simple, es decir, “sin partes”, una entelequia, un “autómata incorpóreo”, la mónada es el centro y el objeto último del texto, como lo es del universo. Vista sin prestar especial atención a los razonamientos filosóficos, la Monadología puede ser leído como una perfecta obra de ficción que describe un mundo formado a partir de unos seres diminutos, impenetrables,  desde los cuales se construye todo y en los cuales, además, está contenido todo.

La peculiar, y yo diría fantástica, en el mejor sentido de la palabra, construcción del mundo que Leibiniz elabora a partir de la mónada, desemboca en  la tesis de que este es el mejor de todo los mundos posibles. Una idea de la que Voltaire, en Cándido, no dejará de burlarse sin piedad.

Lo más grato es que Leibiniz explora ese mundo dónde “el alma no cambia de cuerpo sino poco a poco y por grados, de tal manera que nunca se ve despojada de pronto de todos sus órganos; y hay frecuentemente metamorfosis en los animales, pero nunca Metempsicosis ni transmigración de las almas; no hay tampoco almas separadas por completo, ni Genios sin cuerpo. Sólo Dios está enteramente desprovisto de él.

La monadología fue escrita en francés por Leibiniz en Viena entre 1712 y 1714, poco antes de su muerte en 1716. Aunque el original está en francés, se publica por primera vez en alemán en 1720 con el titulo de Lehrsätze über die Monadologie.  la versión original aparecería hasta un siglo después, en 1840.

 

 

 

 

 

 

 

Fantasmas y robots

CapricaEsta semana me encontré este artículo de Susan Schineider The philosophy of “Her”, donde trata cómo Her enfrenta uno de los problemas tradicionales de la Inteligencia Artificial, el de una conciencia sin cuerpo. Sin embargo, la parte que me resultó más interesante del artículo es el final, donde especula con la posibilidad de que nuestra conciencia pueda ser digitalizada y reproducida en una máquina.

Ya antes de Her, una serie de TNT, Caprica, aborda el tema de la digitalización de la conciencia y su reproducción en un robot. Es, por supuesto, una variante de la historia del fantasma, pero vista ya no desde la dimensión de un existencia meramente espiritual en una dimensión que no es la nuestra, sino de la posibilidad mecánica de reproducir la conciencia mediante un sistema computacional. La protagonista, hija de un magnate de la robótica, muere, pero todos los datos acumulados en una red de juegos, una especie de Second Life extrema, son extraídos y reproducidos en un robot. Desgraciadamente, la serie no trata con profundidad el problema -en la trama, la cuestión del fantasma es más bien secundario- pero el atisbo de un posible transmisión del alma del cuerpo a la maquina, se imagina ya como una posibilidad. Posibilidad, que es, por otro lado, inquietante.

Tecnologías, espíritus y fantasmas

Las hermanas Fox
Las hermanas Fox

El 24 de mayo de 1844, Samuel B. Morse hace la primera prueba oficial del telégrafo en la Suprema Corte, en Washington, D. C. Cuatro años después, el 31 de marzo de 1848 John, Margaret Fox y sus pequeñas hijas en Hydesville, Nueva York, tras escuchar violentos ruidos en su casa, establecen por primera vez contacto con un espíritu mediante una simple clave de aplausos. ¿Coincidencia? No. Para Jeffrey Sconce, autor de Haunted media, el espiritismo no hubiera sido posible sin la aparición previa del telégrafo y, con él, la idea de una comunicación sin la presencia del cuerpo.

Este fenómeno de la relación entre ciertas fantasías colectivas vinculadas al desarrollo tecnológico es algo que captura de un tiempo para acá mi atención.

La mayor parte de las veces no es sencillo mostrar de qué manera se establece el nexo entre fantasía y tecnología. En ocasiones, es la fantasía la que parece constituirse en precursora de la tecnología, como en los viajes a la luna, los aviones o el submarino, pero resulta difícil mostrar cómo lo que se formula más bien como deseo: volar, constituye la base del desarrollo tecnológico, el avión.

Otras veces, como en el caso del espiritismo, la tecnología parece dar lugar a la fantasía, que toma de la primera el método de comunicación con los espíritus. Pero es difícil pensar que el telégrafo haya dado lugar al desarrollo teórico detrás del espiritismo y no haya, más bien, aportado una manera de materializarlo.

La dificultad para encontrar la forma cómo la fantasía y la tecnología se influyen y modifican, se debe en parte a que ocupan espacios distintos, el de las imágenes y el sentido, y el de los métodos y los artefactos,  que tienden a hacerse complementarios de una manera que no siempre es lineal.

Que las computadoras hablen es una fantasía que ya está en Odisea 2001 (1968).

  

Pero la voz monótona de HAL no expresa ningún sentimiento. Como sí lo hace Samantha en her,

 

Hace un par de semanas, en una conferencia sobre procesamiento del lenguaje natural, el ponente comenzó diciendo: en el tema del procesamiento del lenguaje natural estamos entre HAL y Samantha. ¿Fantasía o tecnología?

 

her y nuestro amor por las máquinas

La primera vez que oí hablar de her, la película protagonizada por Joaquín Phenix, alguien me dijo que se trataba de un film de ciencia ficción. Es difícil decir que lo es después de verla.

El romance entre Theodore Twombly y Smantha, el nuevo sistema operativo de su computadora, presentado como lo último en inteligencia artificial, refleja algo que estamos experimentado ya en este momento en nuestra relación con los aparatos computacionales: estamos enamorados de ellos.

Pero ese enamoramiento tiene muchas aristas que la película, con la inocencia de una comedia romántica, aborda con una capacidad de provocación sorprendente. En primer lugar, la imposibilidad, cada día mayor, de las relaciones interpersonales.

La vida en nuestras ciudades y en nuestras sociedades se ha vuelto más solitaria y más extraña. Las personas con las que nos encontramos, como nosotros mismos, afrontan su soledad y su inserción social de manera compleja, con expectativas y actitudes que hace extraordinariamente difícil converger. No es que Angélica te eluda –sus razones tendrá-, que Gabriela te obligue a tomar un té de menta –a ti, que detestas el té de menta-, o que Ana María diga que ella es un bot. Es que tampoco tú sabes qué hacer con esa soledad y te da miedo. Ser varón es tan confuso, sin importar qué edad tengas, que tú mismo te has vuelta difícil, silencioso, huraño, con esas cosas que únicamente a ti te gustan, como tomar la bicicleta y perderte durante horas por la ciudad.

Her habla de eso,  pero también de la necesidad de un diálogo en que el cuerpo no sea lo más importante, sino la conciencia. Curioso, porque en este mundo donde el cuerpo se ha convertido en el centro, en el objeto último de culto, la película habla de máquinas toman su lugar y nos seducen. Incluso fallan cuando se esfuerzan por encarnarse, en cuerpos reales, pero falsos, porque no es eso lo que nos enamora.

Hay mucho más que decir de her, pero baste esta reacción por ahora. Ya volveré, sobre ella.

La ausencia en los estantes

libros-pdf-onlineEn la semana, Guillermo Hurtado, un colega del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, puso como estado en Facbook la frase:

Hay pocos clientes en la librería. Recorro con la vista el estante de filosofía, ordenado alfabéticamente. Sigo siendo una ausencia entre Hume y Husserl.

La idea, de inmediato, me provocó. Guillermo no es el único que experimenta ese estado de ser un ausencia. La sensación de no ocupar ningún lugar -en la librería, en la historia de la filosofía, en la cultura- es común, pienso, a todos los que hacemos filosofía lejos de los grandes centros culturales y en la academia. Pero la ausencia no se debe únicamente a esa desubicación y al lugar que la academia ocupa dentro de la cultura. La filosofía que está en los estantes en la librería, representa el canon de la historia de la filosofía. No es menor el hecho de que se trate de un lugar vacío entre Hume y Husserl. El acceso a los estantes está mediado por un reconocimiento que coloca a algunos, muy pocos, en la condición de históricos. Pero hay que notar, también, que la historia que ocupa los estantes no tiene lugar para la filosofía hispanohablante en general -con unas muy contadas excepciones, normalmente españolas.

Luchar contra ello es frustrante. Se trata de un sistema que excede cualquier esfuerzo individual. Un sistema que padecemos, pero también la frecuentamos. Revisemos nuestros estantes. ¿Qué tanto se parecen a los de las librerías?, ¿Qué tanto llenamos esas ausencias?

Odisea, volver a ella, descubrirla por primera vez

OdiseaMi relación con la Odisea de Homero es antigua, y más estrecha que la que tengo con la Ilíada o cualquier otro libro, con excepción de Moby Dick. De niño, antes incluso de haberla leído alguna vez, jugaba a ella en el patio de la escuela primara.

Con barcos improvisados con la imaginación, enfrentábamos al Cíclope y a las Sirenas, gracias al entusiasmo de un amigo, Martín Coronel, que la conocía y nos la imponía a todos. Recuerdo que llevamos el juego tan lejos, que terminamos por hacer una obra de teatro para la que construimos un –quiero pensar- enorme barco, cuya silueta recortamos en papel manila, que pegamos en una estructura de madera, con la que lo cargábamos los que navegábamos en él.

Después, por supuesto, la leí una de las tantas versiones para niños. Creo haber visto en unos maratones dominicales de cine que pasaba el canal 5, la película en la que Kirk Duglas es Ulises, pero en realidad, siempre ignorante aun de tantas cosas, asumí que la película de Jasón y los argonautas, era una versión de la Odisea mucho más divertida, porque prolongaba las partes que me gustaban.

En la secundaria la leí por obligación en la versión de Porrúa y busqué y revisaré más ediciones. Con el tiempo, la leí a mis hijos, los extractos de Lecturas clásicas para niños (el libro que publicara Vasconcelos) que se reimprimió en 1984.

En los días previos a salir de vacaciones, la UNAM puso en circulación una nueva versión de la Odisea realizada por Pedro C. Tapia Zúñiga. Es una versión rítmica en verso, que fui a comprar en cuanto me enteré. Fue mi lectura decembrina, y aunque no he terminado aun de leerla, al escribir estas líneas estoy por terminar el canto XIX, no quise dejar de hacer esta entrada.

Confieso mi asombro. Esta versión me está dejando la sensación de que, como dice José Molina en su reseña, estoy leyendo por primera vez la Odisea. No es solo es la certeza de que la traducción se aproxima mucho a la forma original de los versos homéricos, sino sobre todo la claridad de un lenguaje que resulta familiar. Uno en que se respetan las formas poéticas –por ejemplo, la repetición de las fórmulas: “el paciente, noble Odiseo”, “la prudente Penélope”- pero sin hacerlas extrañas a nuestra comprensión, lo que genera el efecto de una cercanía que no suele existir en las traducciones que se pretenden eruditas que utilizan todo, menos un lenguaje cotidiano. Un abismo, pues, entre esta versión de la Odisea y la muy imaginativa (y ajena) versión de la Ilíada de Bonifaz Nuño para la misma colección.

Comprendo ahora, con más claridad que antes, la importancia de la traducción. Lo decisivo que es para la formación de la cultura en una lengua. Por eso estoy convencido de que esta traducción será decisiva para dar nueva vida a la Odisea en México y en lengua castellana.

 

Ficino equivocado

Este blog se ha empeñado desde hace tiempo en relatar con un poco de retraso las novedades. Lo que es absurdo, lo reconozco. Pero que considero posible si pensamos que la filosofía es atemporal, por lo que todo, en todo momento es siempre una novedad.

Confortado por eso, comencé hace un par de semanas la lectura del Comentario al Parménides de Marsilio Ficino, elegantemente traducida y editada por Maude Vanhaelen para The I Tatti Renaissance Library de la Universidad de Harvard, y editada en el 2012. Lo hice leyendo en primer lugar la introducción, con el entusiasmo de quien recibe por primera vez el Corpus Hermeticum.

Me sorprendió negativamente, sin embargo, la forma en que Vanhaelen describe a Ficino como lector de Proclo, Plotino y Platón. Pueden ser meros detalles, pero por ejemplo dice: “Thanks to Ficino, Plato’s Parmenides continued to be read through Neoplatonic lenses for nearly five centuries, until modern scholars started to distinguish the meaning of the Platonic original form that of its Neoplatonic commentators.” (p. xiv) La afirmación parece inocente y corresponderse con la verdad salvo por el “original form”, que es una formula idealista -hay un sentido “original” del texto platónico que podemos reconstruir (nosotros, no Ficino)- que convierte a Ficino en el propagador de un “falso” Platón, y que denota, a mi juicio una fuerte falta de perspectiva histórica. En todo caso, la forma original de Platón sería una construcción del pensamiento moderno, como sin duda lo fue también el Platón transmitido por los platónicos. Pero el contraste de la lectura que Ficino hace de los platónicos, frente a la lectura que los académicos hacen de Platón, Proclo y  Plotino, es una constante con la que Vanhaelen parece advertir: “cuidado, Ficino no entiende lo que nosotros”.

En otro pasaje afirma que “Ficino is by no means a professor of philosophy like Proclus”, por lo que, según Maude Vanhaelen, Ficino “sees little utility in establishing a philosophical system like Proculus and teaching pupils the different steps in the explication of the text (p. xvi)”. En la Introducción no aclara cuál es la relación con la filosofía que Vanhaelen atribuye a Ficino y si por enseñanza de la filosofía entiende únicamente la explicación de un sistema. Pero el texto deja sentir una cierta tendencia a no concebir a Ficino como un filósofo justamente por su interés superior por la interpretación, en lugar de la exposición dialéctica, y por su afición a la mística y la teurgia, en lugar de la física.

La presentación de Maude Vanhaelen tiene, pues, el problema de abordar a Ficino desde una perspectiva donde aparece como un mal interprete de Platón y de Proclo, con poco interés por la filosofía. Una imagen que me cuesta compartir, por razones que van desde el modo de aproximarse a la historia de la filosofía, como mi interés por no establecer, sobre los filósofos antiguos, el molde de la filosofía académica contemporánea como la única legítima.

Pero más allá de estas diferencias, me parece que el texto ofrece una interesante aproximación al Comentario al Parménides. En especial destaca el análisis del Comentario como el lugar en que Ficino confronta a Pico y las críticas que en De ente et uno éste le dirige. No sólo el tema ha sido ya abordado antes por Vanhelen en un artículo, sino que aquí es puntualizado y enriquecido con la traducción misma del comentario.

Cantus Circaeus. Arte de la memoria para todos

Captura de pantalla 2013-12-08 a la(s) 20.11.47De todos los libros que Giordano Bruno escribió sobre el Arte de la memoria, el Cantus Circaeus es probablemente el más accesible. Sin duda es un texto teóricamente menos complejo que otros como De umbris idearum, Ars reminiscendi Triginta sigilli, el Sigila Sigilorum o De imaginum compositione y, desde el punto de vista de la exposición, es muchísimo menos barroco y enredado. Esto es así, en parte, porque a diferencia de los otros textos sobre el Arte de la memoria, en este Bruno expone únicamente las técnicas más tradicionales del arte, las que provienen del ad herennium, y evita presentarlas junto con las técnicas del arte mnemotécnico de Ramón Llull, como ocurre en otros tratados. Esto hace que el Cantus tenga, dentro del contexto de la obra de Bruno, un interés singular porque clarifica algunas de las técnicas, su fundamento teórico y su uso, como no lo hace de manera tan puntual en otras. Como se trata además de una de sus primeros escritos, fue puesto en en circulación en 1582, junto con otros tres tratados menemotécnicos y la comedia el Candelaio, esta versión simplificada del arte ayudaría a comprender mejor las formas más complejas que le da Bruno, así como su sentido más llano, menos filosófico.

Por el momento no parece existir una versión en español de la obra, que se puede encontrar fácilmente en en latín, tanto en la versión referida de Gallica, como la de  Twilit Grotto o  la de la Biblioteca Ideale di Giordano Bruno. Yo leí esta semana la versión en inglés, The incantations of Circe traducida por Darius Klein (si tal personaje existe) y publicada por Ouroboros Press. No se trata de una publicación académica, tiene una presentación sencilla y carece de notas y observaciones, no es bilingüe y en, general, no ofrece otra cosa mas que la traducción. No juzgo ésta, que probablemente no sea de lo más depurada. En todo caso, es una versión más o menos accesible para quienes se interesan por esta obra de Bruno y me parece, una muy buena introducción al tema general del Arte de la memoria en el pensamiento del nolano.

 

El lado B de la materia

El jueves de esta semana, por azares del destino, se convirtió en una larga jornada de consumo cultural: asistí a dos conferencias, una reunión de un Comité de Difusión Cultural y una obra de teatro: El lado B de la materia que fue el cierre perfecto para un día así. Tenía ganas de ver la obra de Alberto Villarreal desde hace tiempo, sobre todo después de que él estuviera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM como participante de la Cátedra Bergman, pero, como me ocurre últimamente, no pude hacerlo sino hasta los días finales de la temporada. De modo que con este comentario, mas que invitarlos a ir a esta puesta en escena, me temo que se limitará a dar cuenta de mi propia experiencia.

La palabra es exacta, creo. No es esta la primera obra de Villareal que veo. Antes, hace ya algunos años, vi Ensayo sobre la Melancolía en una derruida casa de la colonia Condesa, por Alvaro Obregón. Entonces me quedé con la impresión de que estaba ante un espectáculo que con distintos recursos: un espacio insólito para la puesta en escena, elementos tomados del cabaret, y una apuesta por la palabra y el discurso, el autor intentaba construir un argumento al rededor de una obsesión. Al menos así me lo pareció a mi. El resultado terminó siendo desconcertante, pues se generaba un contrapunto entre la acción y la palabra; entre lo tangible e inmediato de una, y lo estático y discursivo de la otra, que dificultan su asimilación. ¿A qué atender? ¿A la dramatización? ¿Al discurso?

La misma impresión tuve con El Lado B de la materia. Espectáculo en que se entretejen muchas cosas: la inversión de la posición del público frente al escenario, la prohibición a salir al baño una vez dentro de la sala, un juego desconcertante de diversos planos en la escena, el uso de la palabra en larguísimos monólogos, el juego de la construcción de relatos dentro de relatos, que sin embargo giran todos al rededor de un puñado de obsesiones:  el que la mierda y la palabra están conectados por el sistema digestivo, que una es sólida y pútrida, y la otra aérea e intangible. Pero también, la obsesión por los modelos culturales y lo que es aceptado o no en las capitales culturales. El problema del centro y la periferia, de lo aceptado y lo marginal. Lo aéreo y lo sólido.

Como espectáculo El lado B de la materia es complejo. Tiene algunos momentos vistosos, divertidos y ligeros como la ópera de los tiburones, y luego extensos discursos, algunos hechos con actores casi inmóviles, que hacen denso y cargado el ambiente. Hay que decir que las palabras, el texto de la obra, es impecable. Alberto Villarreal es un escritor notable. Lo que no se es si la reflexión que emprende logra rebasar sus propias premisas. Mi impresión es que por momentos sólo anda en círculos, sin abandonar nunca su reflexión de inicio. Y quizás eso es lo que más me desconcierta del montaje porque la reiteración de una tesis, no constituyen un argumento.

 

 

Dante y las promesas cumplidas y no cumplidas de internet

Captura de pantalla 2013-11-24 a la(s) 20.11.47Por el correo de un buen amigo que asistió a su inauguración, me entero de la existencia de Dante Lab desarrollado por el Dartmouth College, con la idea de servir  para leer y comparar hasta cuatro textos de la base de datos del proyecto simultáneamente. Los textos incluyen la edición critica de la Comedia de Giorgio Petrocchi, la traducción al inglés de Henry Wadsworth Longfellow y más de 75 comentarios a la Comedia que se escribieron entre el siglo XIV y el nuestro.

El Dante Lab es, al mismo tiempo, un ejemplo de las promesas que la digitalización e internet han cumplido, pero también de aquellas que no se han cumplido. En el primer aspecto, el laboratorio es un modelo de lo que se puede en materia de ediciones digitales, especialmente en lo que se refiere a ediciones académicas. Más que limitarse a hacer una nueva publicación de la Comedia, el Dante Lab se propuso crear un espacio de investigación. En ese sentido, el sitio reúne material para estudiar la Comedia y una interface que se puede ajustar a las necesidades del investigador, para relacionar los distintos textos que componen el sitio. Si bien no hay nada que no se haya hecho antes, el proyecto vale por el aprovechamiento de la tecnología para indagar materiales de alto valor para el estudio de Dante. El problema es que es otro sitio sobre la Comedia y sobre Dante, que se suma a muchas otros sitios que, con diversas calidades, se pueden encontrar en internet como Divinecomedy.org, El mundo de Dante, Digital Dante, El mundo de Dante de la Universidad de Texas y el Proyecto Dante de la Universidad de Princenton. La facilidad para desarrollar publicaciones digitales y sitios web, hizo creer a algunos que se abriría paso a textos no canónicos, justamente porque ante menos restricciones, otros textos se abrirían paso sobre la web. No parece ser así. El número de sitios dedicados ya a la Comedia, y la aparición de otros, muestra claramente cómo, más allá de las condiciones de publicación, la web reproduce las mismas estructuras que prevalecen en el mundo offline.