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Vincular al humanista con la tecnología

Voy a aprovechar que me pusieron a hablar en primer lugar para romper con el tono de la mesa antes de que mis dos acompañantes, Nicole y Enrique, le den el carácter que en realidad debe tener. Pero yo quiero aprovechar el espacio que significa venir aquí a celebrar a Juliana González no para hablarles del pasado, aunque lo haré de cierta forma, sino para hablarles del porvenir.

Quienes hacemos filosofía hoy, pero en general, quienes cultivamos las humanidades, estamos viviendo un periodo de profunda perturbación que deberá terminar por cambiar de manera radical el modo y la manera en que somos humanistas. Son varias las cosas que están ocurriendo. Por un lado, está el paulatino descrédito social al que han sido sometidas las humanidades y, en especial, la filosofía. Hoy domina una corriente de pensamiento que otorga poco valor al conocimiento humanista y que entiende que aquella fórmula por la cual las humanidades definían su saber como desinteresado, ha terminado por hacerlas poco interesantes.

A la par que esto ocurre, las humanidades, fundadas en la preservación del saber, han quedado atrapadas en formas y procedimiento académicos anacrónico que las han aislado dentro y fuera de la academia. Quiero pensar que es difícil para las humanidades (y para muchos  humanistas) darse cuenta que han dejado de ser el peldaño más alto de la escalera, la sabiduría de todas las sabidurías, y han preferido quedarse donde están, haciendo como si no pasara nada, añorando un pasado que siempre fue mejor.

Pero sobre todo, hay una revolución tecnológica en curso que esta alterando el corazón mismo de las humanidades –el texto- y que al hacerlo están exigiendo de los humanistas un actitud bien distinta para afrontar el reto que ese cambio significa, no sólo pensándolo sino entendiendo que con él es necesario modificar muchas prácticas. Voy a dedicar mi intervención a hablar de lo que ese cambio implica o debería implicar en la ética del humanista y la critica que encierra a las formas en que hoy se hace la filosofía. Para hacerlo voy a recurrir a una anécdota personal y después iré directo a lo que me preocupa.

Cuando yo estaba un poco más allá de la mitad de la carrera de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras, había logrado evitar tomar clase con alguna de las vacas sagradas que entonces pastaban en sus aulas, y de las que conscientemente huía como de la peste. Pero Juliana estaba dando un curso sobre Freud que parecía ser muy diferente a cualquier otro curso que hubiera en el programa por el tema, que me interesaba especialmente, y por lo heterodoxo que –aunque hoy por supuesto no lo parezca en absoluto- en ese momento sí que lo era. Así que me armé de valor, respiré hondo, y el primer día me fui a colocar en la última fila del salón más grande que había en la Facultad y que por supuesto estaba a reventar de miembros de su séquito, admiradores, estudiantes entusiastas, colados y quien sabe quién más. Juliana comenzó a hablar con esa voz poderosa y dramática que le conocemos, con un cuaderno en la mano que traía prolijamente anotado, y me sentí transportado a un lugar donde el pasado clásico, el pensamiento de principios de siglo y el presente se fundían y cobraban un sentido que difícilmente me podía yo imaginar. Si, aquello fue amor a primera vista.

 

Comprendí entonces que había una cierta forma de enlazar el pasado y el presente. La antigüedad clásica y la reflexión psicoanalítica, que me hizo ver el pasado con otros ojos: no sólo como propiamente pasado, sino como un legado que siempre está puesto en juego en el presente.

A partir de entonces mi amor por ella no ha hecho más que florecer. Pero mentiría si dijera que lo nuestro ha estado libre de nubarrones y tormentas. No les referiré escenas de celos, gritos o reproches. Sólo les diré que un día, Juliana comenzó a interesarse por la bioética. La verdad es que a pesar de su entusiasmo y su elocuencia, a mi la bioética no me despertaba ninguna curiosidad. Yo estaba entonces más cercano a Ficino y Pico, y a la familia platónica, y no fui capaz de comprender entonces hacia dónde se movía Juliana y porqué constituía un desafío a ciertas normas comúnmente aceptadas de la filosofía. No estaba seguro siquiera de querer compartir ese desafío.

Tuvieron que pasar muchos años –yo diría que hasta casi el día de este homenaje-, y que yo me involucrara en las humanidades digitales, para que me diera cuenta que Juliana había de cierto modo abierto el paso al futuro. Si, Juliana, ese oscuro episodio de nuestro pasado puede darse ya por superado.

Pero ¿a que futuro abrió la puerta?

Me parece que al iniciar su trabajo de interés filosófico e institucional por la bioética, comenzó a hacer que la filosofía dialogara de manera horizontal con otras disciplinas, sin colocarse en una posición de autoridad sino de igualdad, lo que todos sabemos que no es fácil, ni para la filósofa en este caso, ni para los demás. Nos mostró que podía aprender –y de hecho debía aprender de esas otras disciplinas lo suficiente para poder conversar con ellas con algún sentido. Nos enseñó que en ese diálogo interdisciplinar es complejo, lleno de renuncias y aprendizajes, y de soberbias, humildades y un sin fin de vericuetos. Pero también que en él hay que participar con lo que somos y sabemos los filósofos: en particular el hacer pertinente, en la coyuntura más contemporánea, la herencia de nuestra formación clásica. El vincular, pues, el saber humanístico con las urgencias de nuestros tiempos. Hacer irrumpir, casi como una impertinencia, la meditación detenida y ponderada, que no mira unívocamente al presente o al futuro, sino que va y vuelve todo el tiempo. Pero también, abrió la puerta a entender que la filosofía no puede ser indiferente al acontecimiento tecnológico, por mucho que no cuente con las herramientas y el conocimiento pleno para comprender cómo operan esas tecnologías.

Hoy, esta puerta abierta por Juliana, no ha hecho sino confirmarse. Cada vez más, las humanidades tienen que adaptarse a un dialogo horizontal e igualitario con otras disciplinas, particularmente las técnicas que han sido puestas tradicionalmente como las antípodas de las humanidades todas. Pues nosotros, los humanistas, tan lejanos de ese fatigoso mundo del trabajo manual y de las técnicas, y ellos tan próximos a ellas, tenemos que aprender a convivir y compartir un espacio que nos es ajeno a ambos.

Mencionaba al principio la existencia de una revolución tecnológica que está tocando el corazón de las humanidades: el texto. Es una revolución que comenzó de manera silenciosa hace cerca de ochenta años cuando en 1940 el padre Roberto Busa, un sacerdote jesuita –obviamente un medievalista- se propuso utilizar una computadora IBM –de las que ocupaban varias habitaciones y funcionaban con tarjetas- para procesar toda la obra de Santo Tomas de Aquino y generar de manera automática las concordancias de su obra. Es decir, utilizo una computadora para hacer un estudio filológico de la obra de un filósofo medieval. Así o mas paradójico.

Por la misma época, Vannevar Bush, un ingeniero que participó en el desarrollo de la bomba atómica, describió en un artículo el Memex. Un dispositivo electrónico, imaginario entonces, para el archivo y la lectura de textos. La incorporación de pantallas a las computadoras en los años sesentas, y la aparición del proyecto Gutemberg de Michael Hart en 1971, pionero en la digitalización de textos, comenzaron a darle cuerpo a aquella fantasía ideada por Bush. Ambos trabajos apuntaban a transformar el texto para poder obtener de él algo que, por otros medios, resultaba mucho más difícil, si no es que imposible. Lo que hoy vivimos es solo la gran consecuencia de estas ideas pioneras que comenzaron a utilizar o idearon el uso de metodologías e instrumentos computacionales en las humanidades.

Eso son hoy, en buena medida las humanidades digitales. La aplicación de una amplia gama de métodos e instrumentos computacionales para estudiar los temas y los problemas de las humanidades. Por supuesto, hay un debate abierto sobre qué son las humanidades digitales. Se discute si trata de un campo o de muchos, de una mera incorporación de instrumentos o de la transformación de los métodos utilizados en las humanidades. Y se les cuestiona muchas cosas, de si ofrecen realmente un conocimiento diferente al de las humanidades no digitales, o si son la versión neoliberal de las humanidades.

En el corazón de esos debates está la gestación de un nuevo perfil del humanista. De cómo vamos a hacer en el futuro. Porque pase lo que pase, no seremos iguales a como somos. Simplemente, ya no producimos, sino texto digital.

Pero veamos a qué me refiero. El primer aspecto, que ya estaba presente en ese giro hacia la bioética de Juliana que ya hemos examinado, es la vinculación del humanista con la tecnología. Sólo que aquí esa vinculación es todavía más próxima al punto de que quizás, no muy lejos en el futuro, los propios humanistas desarrollen tecnología. Un cambio de papeles, un giro. Eso implica que hay un amplio espectro de nuevos conocimientos que hoy no integran al humanista, pero que poco a poco lo irán integrando. Esta integración no está exenta de ciertos compromisos del humanista, en primer lugar con el conocimiento abierto y accesible. La digitalización ha puesto en crisis los monopolios del saber que son los grandes corporativos de revistas académicas y los sistemas de indexación, que ejercen un control efectivo sobre el acceso al conocimiento. Sobre todo en países como el nuestro que han apostado desde hace mucho por el conocimiento abierto, este compromiso es fundamental.

Junto con él está necesariamente el compromiso con el trabajo colaborativo. El trabajo del humanista digital no puede ser aislado ni absolutamente personal pues necesariamente es resultado de un trabajo amplio de colaboración con especialistas de otras disciplinas y otras áreas para hacer posible cualquier proyecto. Esto es algo inusualmente nuevo para una idea decimonónica del humanista que produce grandes obras a partir de su solo ingenio, y que desde la soledad de su despacho revoluciona el mundo. De nuevo lo que ya no había enseñado Juliana: que el humanista tiene que dialogar de igual con otras disciplinas y más allá, que tiene que aprender a construir en conjunto. Vivimos un momento que se parece en parte al gran momento de la enciclopedia, ese increíble artefacto de la cultura humanística que urdía de forma extraordinaria el trabajo individual de egos superlativos, en un proyecto común y colaborativo, que en realidad, no era de ninguno de ellos.

Para terminar, que hay una última responsabilidad: la de transmitir y conservar el legado cultural y las lenguas. Estamos en un momento que es un parteaguas como el de Gutenberg. Hay cosas que pueden perderse para siempre si no transitan al mundo digital, como antes lo hicieron al papel. Entre ellas no sólo están los textos, las imágenes, los sonidos, los videos. Están las lenguas. En las tecnologías digitales, también hay una extraordinaria concentración de poder en una zona del mundo y en un idioma predominante.

Juliana: yo quiero celebrarte, celebrar todas tu décadas pensando en lo que vendrá. Pues uno de tus legados más valiosos ha sido siempre el de abrir horizontes y el de invitarnos a  asomarnos a su abismo, con un fuerte compromiso moral.

Texto escrito para el Homenaje a Juliana González Valenzuela 10 octubre de 2016

Para el homenaje, también hicimos una Ráfaga de Pensamiento

El arte como terapia. Reseña de un experimento

En julio tuve la oportunidad de visitar Amsterdam y el Rijksmuseum. Nunca había estado en la ciudad y no conocía, por lo tanto, el museo. Además de mi interés por recorrerlo y apreciar las piezas que se encuentran en él, tenía una curiosidad especial en dos cosas: las pinturas de Rembrandt que son espectaculares, en particular La ronda de la noche, del que había visto ya, numerosas veces el documental de Peter Greenaway, Yo acuso, y la propuesta hecha por los filósofos ingleses Alain de Botton y John Armstrong, de ofrecer una comprensión de ciertas obras de arte “por los efectos terapéuticos que pueden tener y las respuestas a las grandes preguntas de la vida que pueden dar”. 

De las primeras es poco lo que voy a decir. Me impresionaron muchísimo pues, como ocurre con las pinturas que forman parte de ti desde siempre y que no has tenido la oportunidad de verlas directamente, su aparición como un objeto real delante de ti, con sus proporciones, su textura, el espacio y el lugar en que se encuentran, transforma por completo la impresión que tenías de ellas. En cierta forma, imagino que las engrandecen, porque es posible apreciar el trabajo humano puesto directamente sobre ellas, con sus perfecciones e imperfecciones, con sus formas deslumbrantes y sus misterios. Y aunque La ronda de la noche me dejó maravillado, Los síndicos me causó, junto con La conspiración de Claudio, un entusiasmo particular, tal vez porque no las tenía tan presentes y no imaginaba el efecto que podían producir.

De lo que quisiera hablar más, sin embargo, es del proyecto de Allan de Bottom y John Armstrong. De Bottom es un filósofo exitoso desde el punto de vista mediático y empresarial, impulsor de una institución que se llama de School of life y de otra que se llama Living arquitecture, en las que ha sabido traducir la filosofía para convertirla en un instrumento para la vida cotidiana, algo que oscila entre la terapéutica y la moral en su sentido más clásico. Su actividad parece definir una de las rutas de supervivencia de la filosofía en nuestros tiempos, reintegrando la sabiduría al plano de la existencia particular y regular de todos los hombres, con su correspondiente componente de marketing y new age.

La propuesta para el Rijksmuseum, sugerente desde muchos puntos de vista, tiene el valor de utilizar el museo y el arte, como una forma de introducir el discurso filosófico en el espacio cotidiano, intentando transformar la experiencia de la contemplación de la obra de arte, de su pura apreciación mediada por el discurso didáctico del museo, en algo más. En principio, en una oportunidad para reflexionar sobrSAMSUNG CSCe el acontecer de la propia vida, a partir de aquello que la obra dice y representa. Asumiendo, de cierto modo, que en la pintura hay lecciones de vida, representaciones de sabiduría y experiencia, cuya comprensión puede ser un estímulo para conducir la vida hacia una vida buena.

El experimento, o la aventura, es difícil saber como llamarlo, no tuvo sin embargo, una ejecución tan estimulante como hubiera pensado. Traducida en grandes  papeles amarillos pegados en muchas partes de lobby del museo, y a un lado de los cuadros “terapéuticos”, como se ve en la imagen que acompaña este post, muchos de ellos ya desprendidos o doblados, ofrecían un espectáculo poco atractivo a la vista y poco claro al visitante, yo tardé un rato en entender de qué se trataba. En el fondo, parecían anuncios del conserje señalando problemas, faltas o desperfectos, improvisados en el último momento.

Pero no sólo el contraste entre la obra y el enorme cartón lleno de letras volvía extraña la experiencia. La reflexión desplegada en los papeles amarillos era extensa, a veces complicada de seguir y muy a menudo condescendiente. De hecho, la intervenciones repetían el tono “educativo” o “didáctico” tan característica del museo, sólo que este no era para dar pormenores de la obra y su valor, sino para explicar al visitante que el valor del cuadro “no dependía de que se encontrara en el museo” sino de otras cualidades en las que resaltaban los temas morales o efecto terapéutico. Algunas terminaban con frases o resúmenes muy breves, a veces verdaderamente crípticos, quizás con una intención mnemotécnica.

Entiendo que la filosofía, y en general la reflexión y el pensamiento se expresan sobre todo en palabras. Pero ¿es esta la única estrategia posible? De hecho, en su formulación, el proyecto parece asumir que no, que también la pintura y los objetos expuestos en un museo funcionan para ello¡. ¿Porqué entonces traducirlas necesariamente a palabras? ¿Para agregarles que? Esta es quizás mi mayor decepción frente a la propuesta de Bottom:  terminó trasladando el libro de texto al museo, para ilustralo, y se olvidó de utilizar las obras para incentivar la reflexión o la terapéutica.

 

 

Leer profano I: Monadología

cropped-leibniz_monadology_22Con todos esos recuentos al final del año, se me ocurrió en diciembre comenzar una serie de post sobre los libros de filosofía que más me gustan.  No son aquellos de mayor importancia filosófica o de alguna forma relevantes para mi formación personal, sino esos cuya lectura más he disfrutado, ya sea porque son divertidos, despertaron mi imaginación, o provocaron un entusiasmo del que aun no me libero. Leer filosofía puede ser un asunto profano, desprovisto de toda esa presunción de inteligencia que los rodea y muy grato si uno accede al texto con un poco de ingenuidad y sin prejuicios. De esos libros escribiré ahora -tres meses después de lo previsto, solo por compartir el dulce goce que aun me provocan.

Comenzaré con un libro cuya lectura ha sido uno de mis mayores gozos: la Monadología de Leibiniz. Un curioso y brevísimo tratado sobre metafísica donde aparece uno de los seres fantásticos creados por los filósofos que más aprecio: la mónada. Así, con acento.

Descrita y definida de muchas formas, como una sustancia simple, es decir, “sin partes”, una entelequia, un “autómata incorpóreo”, la mónada es el centro y el objeto último del texto, como lo es del universo. Vista sin prestar especial atención a los razonamientos filosóficos, la Monadología puede ser leído como una perfecta obra de ficción que describe un mundo formado a partir de unos seres diminutos, impenetrables,  desde los cuales se construye todo y en los cuales, además, está contenido todo.

La peculiar, y yo diría fantástica, en el mejor sentido de la palabra, construcción del mundo que Leibiniz elabora a partir de la mónada, desemboca en  la tesis de que este es el mejor de todo los mundos posibles. Una idea de la que Voltaire, en Cándido, no dejará de burlarse sin piedad.

Lo más grato es que Leibiniz explora ese mundo dónde “el alma no cambia de cuerpo sino poco a poco y por grados, de tal manera que nunca se ve despojada de pronto de todos sus órganos; y hay frecuentemente metamorfosis en los animales, pero nunca Metempsicosis ni transmigración de las almas; no hay tampoco almas separadas por completo, ni Genios sin cuerpo. Sólo Dios está enteramente desprovisto de él.

La monadología fue escrita en francés por Leibiniz en Viena entre 1712 y 1714, poco antes de su muerte en 1716. Aunque el original está en francés, se publica por primera vez en alemán en 1720 con el titulo de Lehrsätze über die Monadologie.  la versión original aparecería hasta un siglo después, en 1840.

 

 

 

 

 

 

 

Cómo enseñamos filosofía

El mes de junio fui invitado por la Coordinación Sectorial de Desarrollo Académico de la Subsecretaría de Educación Media Superior de la Secretaría de Educación Pública a impartir una serie de conferencias a grupos de docentes del bachillerato tecnológico, en el marco de un taller de capacitación que debían tomar con el fin de prepararlos para impartir la clase de lógica que, en el marco de la Reforma Integral de la Educación Media Superior y los acuerdos por los que se integran las materias de filosofía al bachillerato tecnológico, comenzarán a impartir a partir de agosto de este año.

Para mi plática decidí abordar una cuestión que siempre me ha resultado conflictiva: que enseñamos filosofía como un esfuerzo de traslado y reconstrucción, como un intento de transportar la filosofía en su conjunto y con su historia, para reconstruirlo. Manteniendo Y este esfuerzo, que es el de los primeros maestros de filosofía en la Nueva España, no parece haber cambiado ni en su espíritu ni en su metodología durante siglos hasta, quizás, y solo quizás, la agitación creada por la amenaza de suprimir la filosofía.

Ya comenté en otro momento la experiencia de participar en esos talleres. Sumamente enriquecedores. Aquí, solo dejo el video y la presentación que utilicé, para mi reflexión.

El video de la conferencia

La presentación

Esa extraña relación de los filósofos con su historia

Los filósofos han hecho su historia de una forma que hay que observar con incredulidad y suspicacia. En principio han fijado su atención de manera predominante en la adscripción de los pensamientos (ese complejo amasijo de ideas, conceptos, reflexiones, que se asumen vertidos en textos), a sus autores. De ahí, han pasado a generar identidades –la filosofía platónica, el epicureísmo, el neoplatonismo, la filosofía kantiana, etcétera- que funcionan como acontecimientos históricos únicamente porque son dados en función de la vida de un autor y no en su formación como identidades, pues estas parecen habitar una suerte de presente continuo, en el cual se mantienen aparentemente sin cambios a lo largo de los siglos y permiten el imaginario de “un diálogo siempre vivo” con los autores y sus ideas. Así, por ejemplo, Juliana González se propone que:

El pasado puede importar así –y de hecho importa realmente- por lo que nos dice a nosotros, a la vida de hoy. Pero no nos significaría nada tampoco, no nos ofrecería nada nuevo, si lo que “nos dice” no fuera también verdad suya, y si no hubiera asimismo una apertura nuestra, si no saltáramos también por encima de nuestro tiempo y circunstancia hacia su efectiva alteridad. Sólo entonces somos afectados y fecundados por las creaciones pretéritas, ampliándose nuestro propio horizonte temporal. Nos enriquecemos en y por las diferencias, a la vez que consolidamos las intrínsecas semejanzas y la íntima vinculación de los tiempos. Reconocemos con ello nuestra efectiva permanencia histórica por la cual  (como lo sabe la conciencia dialéctica desde Heráclito) somos y no somos los mismos, cambiamos y permanecemos a la vez.

¿Cómo explicarse de otro modo la inagotable vigencia de las obras clásicas que con nuevas y perennes significaciones nutren todas las edades? ¿Cómo explicarla si no es por esa decisiva inter-penetración de los tiempos, por la cual el pasado y el presente se condicionan y esclarecen recíprocamente?

Esta dicotomía, por la cual, las ideas filosóficas tiene una historicidad dada por la temporalidad de sus autores y una fluida continuidad por virtud de la verdad que transportan, crean la falsa impresión de que las ideas mismas no tienen historia. Que viajan por el tiempo incorruptibles, sin agotarse nunca, sin cambiar de rostro, sin apenas alterarse. Las ideas platónicas, el imperativo kantiano, la dialéctica hegeliana, el placer epicúreo y tantas, tantas otras ideas, seguirían un transcurso estable, inmutable, perenne, siempre idénticas a sí mismas.

Para esta historia de la filosofía, las épocas constituyen también una identidad formada a partir del predominio de ciertas ideas, que definen su carácter. En Luis Villoro, por ejemplo:

Las ideas básicas que caracterizan una época señalan la manera como el mundo entero se configura ante el hombre. Condensa, por lo tanto, lo que podríamos llamar una “figura del mundo”. Una figura del mundo empieza a brotar lentamente, en el seno de la anterior. Primero es patrimonio exclusivo de unos cuantos, luego se va poco a poco generalizando hasta convertirse en el marco incuestionable de la época. Una vez que se ha vuelto predominante, si algunos empiezan a impugnarla, puede tratarse de resistencias del pasado o de fenómenos disruptivos pasajeros, pero puede ser anuncio también del ocaso de la época. Porque una época histórica dura lo que dura la primacía de su figura del mundo.

Con las épocas ocurre, pues, lo mismo que con las ideas filosóficas. Están atadas a la temporalidad por los autores que las encarnan, pero permanecen unidas al limbo de la atemporalidad porque conservan el carácter verdadero de un periodo determinado. Así, la antigüedad tardía, la escolástica, el racionalismo, la ilustración, son identidades meta-históricas por las que se conjuntan las ideas de los hombres que viven en un momento determinado y con los que podemos dialogar como si “saltáramos desde nuestro tiempo”.

Esta extraña relación que ha querido mantener la filosofía con su historia, por la cual se mira dentro y fuera del cause del tiempo, obedece por supuesto a una forma de pensar la historia y una manera de concebir la filosofía. A final de cuentas, lo mismo las ideas platónicas –como el término que describe una forma de concebir a las ideas por Platón- , que la Edad Media –como la categoría histórica que describe un periodo determinado de tiempo- son objetos históricos. Tienen, pues, una historia y ésta es reveladora de la contingencia que le da cuerpo a cada una de esas identidades en el tiempo. Muestra la imposibilidad de fijar un pensamiento ya sea de un autor o de una época, en una identidad inamovible, pues esa identidad está sujeta al paso del tiempo. Una historia de la historia de la filosofía, y un recuento histórico de sus objetos más comunes, es todavía una tarea pendiente.

Filosofía en Discutamos México

La verdad son pocas las ocasiones en que los filósofos y la filosofía pueden llegan a la televisión. Por eso mi interés por la participación de Juliana González, Margarita Vera, Carlos Pereda y Guillermo Hurtado en el programa de televisión de la serie Discutamos México cuyo tema fue precisamente ese, la filosofía. Una oportunidad para mostrar qué aporta y qué relevancia tiene la filosofía para discutir México, sobre todo en el marco de la crisis de identidad y relevancia que hoy está sufriendo la filosofía en este país.

El programa, emitido el 6 de septiembre por Canal Once, me pareció, sin embargo, una oportunidad perdida. El problema central fue la ausencia de debate y de crítica. Una visión de la historia de las ideas muy rígida, y quizás incluso ya superada en muchos aspectos. Y una imagen de la filosofía solemne, verbosa y aburrida. La filosofía se abordó al rededor de la influencia de las ideas filosóficas en los dos movimientos revolucionarios mexicanos y los filósofos optaron por hacer una exposición didáctica de las tesis sobre la influencia de la ilustración o la tradición jurídica española en los independentistas o la influencia o no de los ateneístas en la Revolución, en un formato muy profesoral.

Si, mucho fue el problema de no hacer concesiones al medio, el olvidar que se está delante de la cámara y no frente a un aula, así como una producción muy pobre y limitada. Pero una parte sustancial lo fueron también los vicios inherentes a nuestra comunidad filosófica. La dificultad real de diálogo, y sobre todo de diálogo y debate crítico público y abierto –de por si inexistente, pero que el SNI ha terminado por sepultar. La consecuente inmovilidad de ciertas metodologías y de ciertas formas discusivas, –la reducción de la filosofía a un puñado de temas y modos que se toman como los únicos legítimos y a partir de los cuales se practica sistemáticamente la exclusión. Finalmente, la pompa y la solemnidad como signos de autoridad.

En fin, el programa reprodujo otros dos vicios más: el UNAM centrismo, (todos los presentes eran profesores de la UNAM); el reparto de cuotas (hasta en esto hubo una paridad de investigadores del Instituto de Investigaciones Filosóficas y profesores de la Facultad de Filosofía y Letras).

Al final, comparto la opinión de @colbriesca, quien lo dijo así en Twitter: “Creo que el programa dejó mucho que desear, además de que hizo parecer a la filosofía como una mera acompañante de la historia.”

Lástima.

La verdad son pocas las ocasiones en que los filósofos y la filosofía pueden llegan a la televisión. Por eso mi interés por la participación de Juliana González, Margarita Vera, Carlos Pereda y Guillermo Hurtado en el programa de televisión de la serie Discutamos México cuyo tema fue precisamente ese, la filosofía. Una oportunidad para mostrar qué aporta y qué relevancia tiene la filosofía para discutir México, sobre todo en el marco de la crisis de identidad y relevancia que hoy está sufriendo la filosofía en este país.

La Hipatia de Amenábar

Yo tenía ganas de ver en Agora, la película de Alejandro Amenábar. Me ilusionaba que la asombrosa filósofa neoplatónica Hipatia fuera reivindicada al menos frente a esa parte de la sociedad que va al cine. Sobre todo si de pasada, pudiera atisbarse algo de los problemas de la escuela neoplatónica no cristiana, a la que ella pertenecía.

No fue así. La película es entretenida y efectiva, pero se conforma sólo con tocar la superficie, sin correr el riesgo de pensar con cierta profundidad, al rededor de ella y de lo que era filosofar dentro de la escuela neoplatónica en el siglo IV en Alejandría.

Amenábar se queda con los elementos de la tragedia. Subraya la intolerancia y el fanatismo religioso cristiano contra la mujer y contra toda creencia que no sea la suya, lo que sin duda aplaudo, pero muestra a una Hipatia entregada a su propia búsqueda, indiferente a la confrontación de fe que ocurre al rededor, para hacerla la víctima más inocente y menos poderosa, en un mundo convulsionado por el cambio.

Pero al hacerlo así, Amenábar pierde la ocasión de indagar ciertos temas o problemas que la figura de Hipatia muestra. Me limito a uno sólo, cómo un neoplatónico –que no sólo sostenía una doctrina, sino que practicaba un cierto modo de vida heredado de la antigüedad- se enfrentaba a la emergencia de formas de vida y sabidurías que acabarán, a la vez, por destruir y absorber el neoplatonismo. Festejo, sin embargo, que se hagan películas sobre pensadores, sobre todo, al rededor de pensadores que no forman parte del canon de occidente. Aquellos desplazados sobre los que se ha levantado el pensamiento dominante en occidente, y que merecen también ser comprendidos y cuestionados.

Guía de Perplejos

Después de años de evadirlo, terminó en mis manos el libro de Jorge Portilla, la Fenomenología del relajo. La obra me decepcionó, y no encuentro aun razones que expliquen su continua publicación y relativa fama, salvo quizás la tratar un tema popular como el relajo, con una de las metodologías más obtusas que ha dado la filosofía, la fenomenología. Sospecho que si no fuera por esta monstruosidad, difícilmente hubiera despertado algún interés. Portilla, sin embargo, es uno de los representantes del grupo Hiperión, y en un pequeño texto publicado en Excélsior y recogido en la Fenomenología del relajo responde a la insidiosa pregunta de para que sirve la filosofía.

 

Jorge Portilla

Artículo sin titulo originalmente publicado en

Excélsior, 18 de enero de 1959.

 

Un inteligente amigo me espetó hace días esta pregunta: ¿Para qué sirve la filosofía? Yo me quedé de una pieza y confieso que estuve a punto de contestar: “para nada”. Creo que si no lo hice fue porque una elemental vergüenza inconsciente me lo impidió. En realidad la respuesta es sencillísima y constituye también un escandaloso lugar común. La filosofía sirve para comprender. Sucede que el hombre es un ser de tal índole que no puede vivir si no comprende su vida. Pero sucede también que la filosofía es una comprensión en la que desempeña un papel esencial la persona misma que la ejercita. La pregunta de mi amigo podía ser contestada de una manera por Carlos Marx o Vladimiro “Lenin”. La Unión Soviética es hija y nieta de una filosofía particular. Es tal vez una de las pocas realidades auténticamente oriundas de la filosofía que podemos encontrar en el mundo actual. La misma pregunta hubiera podido ser contestada desde otra región de la cultura, por ejemplo, por Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz. La mística española es una experiencia fundada en una concepción filosófica del universo. El Mahatma Ghandi hubiera podido contestar también a la pregunta de mi amigo. Toda su obra está fundada sobre el principio de la más crasa elementalidad filosófica, a saber: que la realidad  sólo es accesible a través de la verdad y que por lo tanto, sólo estando en la verdad nos es dable modificar la realidad. Tal parece que la filosofía es un instrumento cuya eficacia depende de quién lo maneja. Por otra parte creo que sería imposible encontrar un hombre que no ejercite de alguna manera una comprensión filosófica de las cosas. Los únicos hombres a los que la filosofía no parece enseñarles nada son ciertos profesores de filosofía.

Comentario

Preguntarse para qué sirve la filosofía es más bien tonto. Pero en este país, la tontería es de lo mas frecuente. De vez en vez, y de tanto en tanto, alguien que cree estar poniendo en entredicho a tradición humanista occidental, la formula para regatearle unos cuantos pesos a quienes la producen o la cultivan. Por eso yo siempre la he tomado como una pregunta impertinente, que inquiere por una justificación que es tan estúpida como innecesaria. Primero porque es el tipo de justificación que demanda alguien que no comprende el sentido y el valor de la cultura en su conjunto, y por lo tanto será incapaz de comprender cualquier respuesta que se le dé, incluso aquellas en la que se muestre que la filosofía, como cualquiera del resto de las humanidades o de las artes, no es que sea necesaria para algo sino que se da como resultado de la propia existencia de los pueblos. Segundo, porque su intención al formular la pregunta es más bien mezquina y pragmática, y espera una respuesta en pesos y centavos, y no una larga reflexión sobre el pensamiento y la vida. Por eso, al igual que Portilla, yo quisiera poder responder a la pregunta sobre para qué sirve la filosofía, con la sencilla fórmula: para nada, con la intención evidente de ridiculizar la pregunta misma.

Portilla, como antes Caso y con él los Ateneístas como Pedro Henriquez Ureña, o incluso previamente, personajes como José María Luis Mora, se sintió con la obligación de ofrecer una respuesta. Una respuesta tan breve como elocuente, pero que a fin de cuentas responde a una misma mala conciencia: la del filósofo que cree que este país aun exige que probemos nuestra valía y nuestra relevancia, que justifiquemos nuestra existencia ¿Por qué no podemos renunciar a esa mala conciencia? ¿Por qué seguimos cultivando la idea de que donde hay una enorme pobreza o problemas sociales complejísimos, no debe haber filosofía? ¿Por qué seguir pensando que somos una especie de “privilegio” innecesario en una nación que necesita tanto?