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Cadena áurea. Una nueva aventura de difusión de la filosofía

A veces el azar -si es que existe- parece conducir a conjunciones perfectas. Fue gracias a un amigo en común que conocí a Alejandro Martinez Gallardo, editor de Pijama Surf y apasionado del conocimiento hermético, alquímico y neoplatónico. Lo que comenzó como una conversación terminó como una idea. Qué tal si nos metíamos a grabar algunas conversaciones de nuestro entusiasmo común, el hermetismo, el neoplatonismo, la alquimia, la magia y ofrecíamos un acercamiento a todo ello a un publico abierto, interesado como nosotros en esos temas. Y así fue como nació Cadena Áurea, que todavía es un experimento, un entusiasmo, pero que poco a poco, se está convirtiendo en algo más, que es posible gracias también a la complicidad de Ignacio Bazán, productor de todos los episodios, como lo es también de las Ráfagas de pensamiento.

Por lo pronto, aquí puedes leer una presentación de lo que es Cadena Áurea.

Los episodios no están disponibles de manera pública por ahora, pero si tienes interés por alguno te lo podemos hacer llegar. Solo escríbeme un correo a través de esta página.

No es necesario merecer la felicidad

Leo Profanaciones de Giorgio Agamben. Me encuentro con un párrafo que me desarma:

Contra esta sabiduría infantil que afirma que la felicidad no es algo que pueda merecerse, la moral ha levantado desde siempre su obsesión. Y lo ha hecho con las palabras del filósofo que menos que cualquier otro ha entendido la diferencia entre vivir dignamente y vivir feliz. “Aquello que en ti tiende con ardor a la felicidad”, escribe Kant, “es la inclinación; aquello que después somete esta inclinación a la condición de que tu debes primero ser digno de la felicidad, es tu razón”. Pero una felicidad de la cual pudiéramos ser dignos nosotros (o el niño en nosotros), no sabemos en realidad cómo construirla. Qué desastre que se ame a una muchacha porque lo merecemos! Y qué aburrida la felicidad como premio o recompensa a un trabajo bien hecho!

Confieso que me desarma porque (quizás como muchos) de manera por lo demás irreflexiva, he creído que la felicidad es un merecimiento. Y si no lo es, ¿cómo separamos el campo de la moral y de la felicidad? Habrá que reaprender a vivir…

 

¿Quiénes tienen sueños verdaderos?

En su Liber somniorum, Gerolamo Cardano explica quienes tienen sueños verdaderos y quienes no. Curiosamente, la jerarquía de quienes pueden soñar sueños con revelaciones del propio destino coincide con la jerarquía que otorga, tanto la edad, como la posición social, como de condición moral. Sólo en este último caso, también quienes son crueles, tienen sueños verdaderos.

 

Dado que todas las cosas que llegan hasta nosotros son conocidas a través de los sentidos, con mayor razón procede también de los sentidos la distinción entre los diversos sueños. De todas formas, la razón desempeña una función importante y contribuye a este conocimiento estableciendo distinciones y diferencias. Las señales que permiten llevar a cabo las distinciones son de tres clases: especificas, comunes y conjeturales. Averroes ha reagrupado las señales específicas en dos categorías: la primera se reconoce en el sueño, la segunda en la vigilia. La señal específica del sueño es la de una impresión fuerte, clara y distinta, mediante la cual nos parece ver y oir verdaderamente, mientras que en la vigilia la señal es el estupor que se apodera del alma. Se revela así la fuerza y la constancia de la causa que genera los sueños. Las señales comunes se refieren por ejemplo a la naturaleza de las personas, la edad, las acciones, los usos, las costumbres, el clima, las estaciones, la estructura del sueño, la causa y la hora. Tienen por naturaleza sueños verdaderos quienes sueñan pocas veces, y falsos los que sueñan con frecuencia. En razón de la edad, los ancianos tienen sueños verdaderos con más facilidad que los jóvenes, pues los sueños de los niños son inconstantes y de ordinario falsos y se refieren a cosas insignificantes. Además, los que están empeñados en acciones o negocios importantes, desprecian la comida y la bebida, y no están turbados por el temor o la tristeza, tienen sueños más verdaderos; y falso los que son de condición opuesta. Por eso los sueños de los príncipes son más verdaderos. Y las personas piadosas y de carácter franco tienen sueños veraces, mientras que quien no es piadoso, pero es cruel, no tiene sueños mentirosos, sino verdaderos, aunque no ocurre así si es supersticioso.

Coincidencias inquietantes

En los últimos años he ido encontrando coincidencias que unen dos hechos al parecer distantes entre sí. El que transcribo, tomado del libro The man who thought he was Napoleon de Murat Laure, parte del hecho fortuito de que Philipe Pinel, médico francés y padre de la siquiatría, había sido elegido para acompañar el carruaje que llevó a Louis XVI a la Plaza de la Revolución donde fue guillotinado.

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This unexpected convergence between the legendary liberator of the mentally ill and the beheading of Louis XVI goes beyond mere anecdote. Similarly, the perfect coincidence of the birth of psychiatry with the invention of the guillotine stems not so much from chance as from historical correlation -including a semantic one, as suggested by the literal and figurative connection between “losing your head” and “losing your mind”. As far removed as treating the mentally ill may seem from beheading enemies of the Revolution -as distant as the development of a death-dealign machine- psychiatry and the guillotine share an attachment to the link between head and body (whether joined or separated), to de integrity of self and consciousness. Both were conceived and delivered by the medical corps, both were part of a political project seeking to reform humankind and make society healthier.

Esta encuentro entre la guillotina y la psiquiatría me recuerda la correspondencia entre la aparición del telégrafo y el espiritismo.  Y la documentada en el “Problema de los tres cuerpos y el fin del mundo”, de Hillel Schwartz, publicado en Fragmentos para una historia del cuerpo humano, donde se describe cómo la aparición de la báscula y el detective en los centros comerciales en Londres en el siglo XIX, coincide con el diagnóstico de la cleptomanía de parte de la siquiatría. 

Las correspondencias deben implicar algo más que meros hechos fortuitos, porque el enlace en el tiempo, es también, la creación de correspondencias dentro de un campo común y semejante, en que se mezclan, tecnología y fantasía.

 

El sueño de Frankenstein

Mary Shelley tuvo un sueño antes de escribir Frankenstein. Luego de  escuchar a las charlas que su padre esposo (gracias, Lydia), Percy Bysshe Shelley, tenía con su amigo Lord Byron sobre el origen de la vida, una noche tuvo una pesadilla que no era sino la imagen borrosa, un apunte, de lo que sería en realidad su mayor obra. La descripción del sueño aparece en la introducción a la segunda edición de la obra, que se ha considerado una explicación cultural de la creación de Frankenstein, que contrasta con el prefacio de la primera edición, breve y directo para dar entrada a la narración. No es extraño que ella atribuya a un sueño el germen de la idea de la obra. Era muy propio de la época pensar que había sueños verdaderos, que anticipaban de alguna forma el futuro, porque revelaban al soñante una verdad superior y eran a menudo confundidos con visiones. De hecho, lo que el sueño le ofrece a Mary Shelley es una gran visión horrorosa de lo que una tecnología poderosa era capaz de producir: la vuelta a la vida de un cadaver y la forma en que esta criatura se vuelve contra su creador. 

A continuación la transcripción del sueño en su versión original tomado del sitio Romantic Circles

 

Many and long were the conversations between Lord Byron and Shelley, to which I was a devout but nearly silent listener. During one of these, various philosophical doctrines were discussed, and among others the nature of the principle of life, and whether there was any probability of its ever being discovered and communicated. They talked of the experiments of Dr. Darwin, (I speak not of what the Doctor really did, or said that he did, but, as more to my purpose, of what was then spoken of as having been done by him,) who preserved a piece of vermicelli in a glass case, till by some extraordinary means it began to move with voluntary motion. Not thus, after all, would life be given. Perhaps a corpse would be re-animated; galvanism had given token of such things: perhaps the component parts of a creature might be manufactured, brought together, and endued with vital warmth.

Night waned upon this talk, and even the witching hour had gone by, before we retired to rest. When I placed my head on my pillow, I did not sleep, nor could I be said to think. My imagination, unbidden, possessed and guided me, gifting the successive images that arose in my mind with a vividness far beyond the usual bounds of reverie. I saw—with shut eyes, but acute mental vision, —I saw the pale student of unhallowed arts kneeling beside the thing he had put together. I saw the hideous phantasm of a man stretched out, and then, on the working of some powerful engine, show signs of life, and stir with an uneasy, half vital motion. Frightful must it be; for supremely frightful would be the effect of any human endeavour to mock the stupendous mechanism of the Creator of the world. His success would terrify the artist; he would rush away from his odious handywork, horror-stricken. He would hope that, left to itself, the slight spark of life which he had communicated would fade; that this thing, which had received such imperfect animation, would subside into dead matter; and he might sleep in the belief that the silence of the grave would quench for ever the transient existence of the hideous corpse which he had looked upon as the cradle of life. He sleeps; but he is awakened; he opens his eyes; behold the horrid thing stands at his bedside, opening his curtains, and looking on him with yellow, watery, but speculative eyes.

I opened mine in terror. The idea so possessed my mind, that a thrill of fear ran through me, and I wished to exchange the ghastly image of my fancy for the realities around. I see them still; the very room, the dark parquet, the closed shutters, with the moonlight struggling through, and the sense I had that the glassy lake and white high Alps were beyond. I could not so easily get rid of my hideous phantom; still it haunted me. I must try to think of something else. I recurred to my ghost story, my tiresome unlucky ghost story! O! if I could only contrive one which would frighten my reader as I myself had been frightened that night!

Swift as light and as cheering was the idea that broke in upon me. “I have found it! What terrified me will terrify others; and I need only describe the spectre which had haunted my midnight pillow.” On the morrow I announced that I had thought of a story. I began that day with the words, It was on a dreary night of November , making only a transcript of the grim terrors of my waking dream.

 

El acto de pensar

El otro día Tere Rodríguez y yo nos detuvimos en clase a observar que si bien los escritores han dado cuenta de muchas formas del acto de escribir -existen muchísimos documentos en que describen cómo, cuando, a qué hora, de qué forma se escribe- los filósofos han dejado muy pocos testimonios de qué se hace y qué debe hacerse para pensar.

Ambos impartimos una clase en posgrado sobre historiografía de la historia de la filosofía. Lo que nos ha llevado a detenernos, entre otras cosas, en el asunto de las biografías de los filósofos. En las que hemos examinado hasta ahora y en otras que tenemos en mente, no se explica cómo el filósofo piensa en términos de las condiciones materiales con las cuales se lleva a cabo el acto de pensar.

El asunto tiene que ver con un cuestionamiento de fondo a la historiografía de la filosofía que ha supuesto, al menos hasta hace muy poco, que pensar es una especie de acontecimiento atemporal (si, estamos, entre otros, echándole una mirada a Hegel), por lo que su historia, esa especie de “materialización” de su acontecer, solo tiene como ejes la vida de los filósofos y su asociación con la biología. El pensamiento madura, o es joven, o decae… Pero nada se dice cómo las circunstancias materiales de esa vida pueden condicionar el pensamiento: desde los dolores de cabeza, como el acceso a los libros, las herramientas de escritura, las formas de reconocimiento de la obra filosófica y tantas otras. Pensar, parece, es algo que ocurre más allá de este mundo.

Tere recordaba una anécdota contada sobre Luis Villoro en un homenaje reciente a este filósofo trasterrado. Este por las tardes llegaba a casa y se recostaba en un sillón y cerraba los ojos. Esa era la indicación de que estaba pensando -y no durmiendo una siesta, como creían sus hijos. Sus mejores ideas -si en efecto así pensaba- se le ocurrieron a la mitad de la sala.

Me es difícil, y puede que lo sea para todos, imaginar que pensar sea un acto, como el de besar a alguien o el de bañarse. Es cierto que pensamos en las circunstancias más singulares: cuando manejamos, al caminar, en la ducha -cuando no cantamos-, poco antes de dormir, al despertar… Pero muy pocas veces pensamos filosóficamente en esas circunstancias. La filosofía requiere de una cierta organización del pensamiento y por lo tanto de un tiempo determinado, de ciertas condiciones del entorno, de algunos instrumentos de registro, de insumos que lo propicien y lo enriquezcan (la conversación, la lectura, la contemplación). Por supuesto, últimamente hemos reducido el pensar al escribir -y reducimos la filosofía a género literario peculiar (a lo mejor eso es lo que ocurre hoy).

En todo caso, estoy convencido de que aprenderíamos mucho de una historia de la filosofía que se preguntara por las condiciones materiales en que se produce el pensamiento y los medios de los que se valían los filósofos para pensar.

 

Wittgestein Jr. y el sentido de la filosofía

Hace unos días terminé de leer la novela de Lars Iyer, Wittgestein Jr. publicado en inglés por Melville House. La descubrí leyendo una reseña de The Thelegraph, mientras buscaba qué leer. El título de la novela, como la descripción de su -podríamos decir- no trama, hizo que me interesara en ella. Wittgestein es una figura que ha dado lugar a muchas novelas con anterioridad. Desde el El caso del anillo de los filósofos, de Randall Colins, un caso de Sherlock Holmes en donde el conocido filósofo desaparece de Cambridge, hasta A philosophical Investigation, the Philip Kerr, una novela futurista de detectives donde, el filósofo ha ocupado la imaginación de muchos. Curiosamente, en ninguna de las novelas se había intentado dar cuerpo a una reflexión sobre la filosofía, sino mas bien utilizar el ícono para crear al rededor de él situaciones de ficción.

La novela de Lars Iyer es otra cosa. Iyers es un profesor de filosofía en inglaterra, y ha utilizado su literatura para satirizar la vida académica. Y así parece hacerlo también en Wittgestein Jr. Sin embargo, a pesar de hacer mofa de lo absurdo que pueden llegar a ser las clases de filosofía y el ambiente en la Universidad de Cambridge, Iyers va construyendo una reflexión sobre el porvenir de la filosofía.

A quien sus alumnos apodan Wittgestein Jr. es un exagerado representante de la casta de los filósofos. A él lo escuchamos afirmar sentencias cada vez más oscuras, mientras sus alumnos son la voz a través de la cual entramos a su casa, lo miramos, sabemos algo de él, y poco a poco comenzamos, si no a entenderlo, si a enamorarnos de este personaje que es, al mismo tiempo absurdo, anacrónico, incomprensible, pero también empecinado, sincero, de muchas formas frágil e indefenso.

Al final, me quedé con la idea de que la filosofía se parece mucho a él. Que mirada desde fuera, y más si es mirada desde fuera de las humanidades, se ve precisamente así. Es difícil saber si Wittgestein Jr. es el canto a un ocaso o una reivindicación de la filosofía, frente a un mundo que no la comprende. En todo caso, se lee con facilidad y te envuelve en el misterio de aquel que busca la verdad con el más imperfecto de los instrumentos: la razón.

Leer electrónico. Observaciones a una experiencia

Desde hace un par de años leo principalmente ebooks en mi Ipad. También suelo leer libros de filosofía en PDF, pero salvo un par de excepciones, uno porque me lo regalaron, el otro por que me pareció interesante intentarlo de nuevo, no he vuelto a leer en papel. He pensado que puede ser valioso dejar testimonio de las  diferencias y los cambios que esta nueva costumbre está produciendo en mi, no sólo en cuanto a la lectura en sí misma, sino en lo que leo, el lugar y la forma en que lo hago, etcétera.

Mi paso de la lectura en papel a la lectura en pantalla fue relativamente lento. Comenzó hace unos cuatro años, que me compré una Kindle Fire, y después el Ipad en que ahora leo. Como es obvio, mi paso de un tipo de lectura a otro, está vinculado con la existencia de Amazon, pues mi interés en leer digital comenzó cuando quise ampliar el universo de mis lecturas con  lo que esa tienda en línea ofrecía. En esa época no encontraba propiamente qué leer. La oferta editorial en las librerías físicas que frecuento me parecía muy plana (aun me lo parece), de modo que buscaba nuevas alternativas. Así, lo primero que ha cambiado con mi lectura de libros electrónicos es dónde los compro y en qué idiomas los leo, pues previamente leía casi únicamente en español.

Empecé pues leyendo ebooks en inglés comprados en Amazon, pero después, y no si un cierto temor, probé a comprar libros electrónicos italianos en la librería IBS, lo que conseguí sin dificultad, y en la medida en que el catálogo de esta librería fue aumentando, comencé a leer más libros electrónicos en ese idioma. Busqué después comprar libros en español en Casa de Libro y en Gandhi, pero por políticas de venta o falta de catálogo he dejado de hacerlo. En su lugar, la mayoría de los libros electrónicos en español los he comprado a través de Itunes y un par de veces a través de Google play.

Un tema asociado a esto son las aplicaciones que uso para leer, pues comprar en diferentes librerías implica utilizar distintas plataformas. Por supuesto tengo el app de Amazon y el de Ibooks, uso Bluefire reader para los libros en italiano (aunque ahora la librería italiana ha lanzado su propia app de lectura) y tengo mi google play, por supuesto. Además de un Addobe reader para los PDF. De modo que hay una cierta asociación entre dónde compro, en qué idioma lo hago, y que aplicación utilizo para leer, lo que le da un orden peculiar a la lectura. Respecto a las apps de lectura, cada una tiene, por supuesto, sus ventajas, como el diccionario en Amazon que no está en los otros o no funciona igual, y algunas cosas menores, como ajustar el fondo para hacer contraste, mejor en Ibooks que en los demás y subrayar en algunas.

Leer libros electrónicos me ha enfrentado a un nuevo tema: cómo elegirlos. La apertura a una producción editorial mucho más amplia que la que encontraba en una librería en papel, siempre hace difícil cómo elegir. Este ha sido y es todavía un problema. He generado algunas estrategias, pero no ha terminado por resolverlo. Desde mi punto de vista, el comprar libros en una librería constriñe el universo de lo que tu lees y de lo que puede leer el grupo de tus conocidos. Cuando simplemente el universo se vuelve casi interminable no hay una comunidad, sino un montón de comunidades dependiendo de si lees en inglés, en italiano, en español, si buscas ficción o no ficción, si te interesa un género en particular. Dentro de las cosas que hago para encontrar nuevos libros están formar parte de una red social de lectura como goodreads, tener algunas paginas específicas donde consultar novedades, recomendaciones y sugerencias. Pero, sobre todo, pasarme horas en las librerías buscado libros, autores, y después navegando por internet para ver quienes son y qué tan interesantes pueden resultar, y preguntándole a los amigos qué cosas recomiendan.

Esto me ha permitido encontrar nuevos autores, algunos a los cuales me he hecho verdaderamente aficionado. Es verdad también que me he llevado muchas decepciones, quizás mas de las que me llevaba antes. De hecho, ha sido, si no una constante, si un hecho más o menos frecuente, que no termino algunos libros. Cosa que muy rara vez me pasaba cuando leía en papel. De algún modo, el acceso a tantos libros me ha llevado a comprar verdaderas tonterías y a dejarlas. A ello ha contribuido que los ebooks no tienen páginas sino porcentajes, o que las páginas que señalan no coinciden con las de los libros físicos, lo que hace que algunas lecturas se sientan interminables, mientras otras se perciban como sumamente ligeras, pues no hay una expectativa específica respecto al tamaño. Además, como no son libros que vengan precedidos de algunas reputación, es mucho más fácil dejarlos.

En ebook leo sobre todo novelas, aunque ya poco a poco comienzo a leer libros académicos. Estos últimos los leo normalmente como PDF, pues circulan así de manera mucho más frecuente en Internet. Además de que, me parece, los lectores de PDF se han orientado más hacia la la lectura de trabajo que hacia la recreativa y los lectores de ebooks más a la parte recreativa que a la de trabajo. Lo que ciertamente te orden el sentido y el fin de la lectura a partir de un ámbito de lectura propio. Ninguno de los dos modelos, sin embargo, te deja realmente explotar el texto facilmente: importar fragmentos, generar tarjetas, hacer comentario, archivar ideas.

Otra cosa que me he dado cuenta es que recuerdo con menos precisión los libros que leo. Al principio lo atribuía a la edad, después al hecho de que leía en dispositivos electrónicos, ahora creo más bien, que lo que ocurre es que no hay una comunidad cercana con quien generar una conversación. La mayoría no está leyendo el libro que leo -como no sea, claro, algunos de los que se venden muchísimo, o un clásico. Me ha dado cuenta que el recuerdo de los libros está asociado con el hecho de discutirlo con los demás, para dotar de significación a lo que pasó frente a tus ojos. Claro, para esto la alternativa es escribir en las redes o directamente aquí, una reseña de lo leído. Pero siento que eso es más un paliativo, un esfuerzo de valorar la lectura, cuando no hay una comunidad para vivirla en conjunto.

Finalmente, no leo en los mismo lugares que antes. Me cuesta todavía pensar en cargar mi ipad para leer donde lo hacía antes: antesalas, autobuses, metro, parque, la alberca, la playa… Pesan dos cosas: antes pensaba que nadie me querría arrebatar un libro y salir corriendo con él, y hoy no me arriesgo del todo al que alguien me arrebate la tableta. Por otro lado, no acabo de acomodarme a traerla en la mano, como antes traía un libro. Lo siento, no es lo mismo, ni pesa igual, ni se siente igual y todo el tiempo me preocupa que lo voy a perder. A veces leo en algunos de esos lugares en mi teléfono, pero la experiencia no es tan satisfactoria. Por alguna razón, sentarse en un café a leer, mientras se espera, no es lo mismo en la pantallita del celular. Así que leo en mi casa, en la cama o en la sala. Eso si, despatarrado como siempre,

Dos cosas que echo de menos, poder regalar libros (no todos los sistemas lo permiten), y prestarlos (a veces con la intención de que no vuelvan). Seguro se me escapa algo más. Pero hasta donde observo, eso está pasando ahora que solo leo ebooks.

 

 

Una ética en siete idiomas

Esta semana encontré por casualidad una edición electrónica de la Etica de Spinoza muy interesante coordinada por Julien Gautier. Por su estructura, organizada a parir de axiomas, proposiciones y demostraciones, relacionados de distintas maneras entre sí, la Etica de Spinoza es una obra muy propicia para aprovechar todas las posibilidades de na edición electrónica. Y así ocurre en esta edición , pues además de la transcripción completa de la obra en latin un sitio fácilmente navegable, cuenta con siete versiones a otros idiomas: francés (tres versiones diferentes), inglés, español, alemán, italiano, holandés, ruso, y permite la comparación de las versiones en los distintos idiomas.

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Además cuentra con tres herramientas de búsqueda, una general, una por proposiciones y una que ofrece los “Ancestros” de las proposiciones en cada uno de los idiomas. Posee también un Tesauro que se forma de manera colaborativa cada vez que alguien realiza una búsqueda específica, de modo que se forma a partir de los intereses de quienes consultan el sitio, y una sinopsis. Lo único que se echa de menos es una documentación del sitio, es decir, una descripción de las intenciones, la fuente del texto latino utilizado, los criterios de traducción, los criterios para el modelo digital. Es decir, una presentación a partir de la cual se pueda valorar mejor el trabajo hecho.

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Sin duda un trabajo bien hecho, que debe ser una herramienta muy útil para quienes trabajan Spinoza. Valioso, particularmente, el trabajo multilingue, que requiere de un esfuerzo muy amplio de voluntad y colaboración para lograrlo.