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¿Filosofía en la red? ¿Filosofía en español?

Cómo busco
Puesto que la vía de acceso a ese mar de opciones que es Internet son los buscadores, el primer problema a afrontar es cómo busco sitios relativos a la filosofía en uno de ellos. La primera opción evidente, es escribir la palabra filosofía. En google, cuando uno lo hace, aparece estos resultados:

 

 

Fue una sorpresa encontrar que los dominios filosofía.comfilosofía.netfilosofía.org, pertenecen todas al mismo Proyecto de filosofía en español, pero también, que fuera de esas primeras selecciones, el resto de los sitios resultarán ser o definiciones del concepto, o páginas sueltas con algo de información general, pero básicamente, sin utilidad para un estudiante o un profesor del bachillerato.

Pero esta no fue, por supuesto, la única opción. Google ofrece una lista de conceptos alternativos al final de la página, que aparecen de la siguiente manera.

 

Búsquedas relacionadas con: filosofia

 

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Filósofos e Historia de la Filosofía fueron los conceptos que arrojaron un resultado aprovechable, en las tres primeras páginas de resultados. Ahí aparecieron dos sitios dedicados a la historia de la filosofía y a los filósofos, auspiciados por alguna institución gubernamental: El gobierno de canarias, o por una universidad española: Webdianoia. Pero poco más. En realidad, la mayoría, eran páginas poco afines a la filosofía.
Me queda claro que los buscadores difícilmente tienen más sustancia. A menos que uno tenga una paciencia de oro para recorrer páginas, o para buscar con nuevas alternativas, la búsqueda en ellos se agota con cierta facilidad.
El siguiente paso es recorrer los sitios detectados para encontrar, ahora si, sitios verdaderamente relevantes. Y eso hago. Comienzo por filosofía.com. Es una página de vínculos sin contenido propio. Esta me lleva a filosofía.net, que es un listado de sitios sin contenido propio. De ellos, sólo dos parecen significativos. Un diccionario de filosofía y unaenciclopedia. Nada más útil para mis propósitos.
Vuelvo a los sitios detectados en el buscador y entro a Boulesis.com. Tardo un rato en entender dónde aparecen los resultados. El diseño de la página es escalofriante, por absurdo e incomprensible. Pero finalmente, es la primera que abre la puerta a páginas más especificas. Comienzo a navegar. Y entonces, sólo entonces, con cierta claridad, se impone la segunda pregunta, ahora si ante el enorme volumen de páginas porsibles: ¿cómo selecciono los sitios?

 

De Íngrima

Copio de la editorial de Íngrima, la nueva revista de filosofía dirigida por Josu Landa.

Hoy en día, la jurisdicción de la filosofía casi se reduce al estrecho coto de la academia: exiguos y escasos departamentos de algunas universidades, algún instituto de investigación, ciertas editoriales y bibliotecas destinadas a surtir de libros y revistas a quienes la cultivan en esos espacios, unas cuantas publicaciones especializadas y poco más.
….
¿Se debe imputar ese hecho a la propia filosofía, es decir, a ese modo de vivir en procura del sentido -esa “vida contemplativas (bíos theorethikos), como la llamaba Aristóteles- o estamos ante la victoria de fuertes y prolongados embates desde algunas religiones, ciertas ideas de la ciencia, determinado modo de entender la política y la producción cultural, también algunas maneras más que discutibles de entender el pensamiento filosófico?

Quienes nos lanzamos a esta aventura llamada Íngrima nos inclinamos por esa segunda posibilidad: siglos de economicismo, ciencismo, tecnisimo y pragmatismo jurídico político -visiones, doctrinas, actitudes y prácticas que anulan por exceso las bondades potenciales de todas las ciencias y las artes, en principio comprometidas con la buena vida de todos- han mellado la más genuina tradición filosófica.

El saldo de esa persistente arremetida es obvia: en su mayor parte, lo que hoy se ofrece como filosofía es una serie de discursos lastrados por el especialismo, el academicismo, la lógica mediática (eso que la lucidez de un Nietzsche o un Karl Kraus condenaron con el genérico membrete de “periodismo”) y sobre todo, por la falta de vínculos estimables con la vida.

Es difícil no estar más de acuerdo y mi coincidencia con los términos de la editorial es plena. Pero yo enfatizaría todavía más eso de “la falta de vínculos con la vida”. Pues encuentro que muchos de mis colegas son portadores de ideas singularmente anacrónicas sobre lo que es ser filósofo –hay en general una imagen bastante conservadora del intelectual- y ésta se manifiesta a la hora de explorar sus relaciones con ciertas fuentes de la reflexión y de expresión. Y me refiero a una en particular, pero podrían ser muchas otras:  su vínculo con internet, es pobre y desconfiado, y sobre todo lleno de prejuicios.

Celebremos, pues la aparición de esta revista (ya con más de un mes de haberlo hecho, y agradezcamos la decisión de discutir y de crear un nuevo espacio, para una nueva forma de pensar la filosofía.

Ingrima no tiene página web, pero si un correo: revistaingrima(en)gmail.com (8/6/2008)

 

Nuevo estudiante de filosofía

¿Un rapto de lujuria por la filosofía? No, me temo que no. Y aun así, salones saturados, con alumnos sentados en cualquier parte y sin bancas suficientes, mientras otros premanecen inexplicablemente desiertos, han dado nacimiento a estudiantes como el de la fotografía, que portan un banquito igual que lo harían para esperar horas en una cola para comprar boletos para el futbol.

Callar o decir

Ser filósofo significa renunciar a la comprensión de los demás. Y esa renuncia es a la vez un tormento:
“Debo confesar –escribe David Hume- que me asusta y confunde el desamparado aislamiento al que me reduce mi filosofía. Cuando vuelvo la mirada a mi interior y no hallo sino duda e ignorancia.”
Y es que, en efecto, conforme uno se va cruzando con miradas de desinterés o de incomprensión mientras intenta ir a fondo con el pensamiento, más tiende a confundirse y asustarse: “¿realmente dice algo todo este silencio al rededor?”
Lo que prevalece, en realidad, es una tensión: el filósofo desea ser comprendido a pesar de que no le sea fácil hacerse comprender. Por eso en occidente hay una tradición filosófica que ha convertido esta renuncia en una suerte de vocación hermética y otra que ha preferido la reflexión abierta, en ocasiones a costa de su profundidad. Si bien las dos son, en realidad, espejo de esa inquietud profunda que produce la indiferencia y el deseo de decir.
En lugares donde el filósofo no tiene reconocimiento social, este dilema es en ocasiones más radical. El silencio o la comunicación se vuelven dos posiciones a la vez de defensa y de ataque, para sostener la elección de una vida filosófica.
El caso es no rendiste nunca. Saber que uno es, como diría Giordano Bruno, uno de esos individuos que “…en virtud de su mente despierta, alcanza una sabiduría más profunda, de suerte que no sólo resta inmune a las turbaciones de los necios, sino al temor mismo del vulgo: no cree en lo que éste cree, no teme lo que a este conturba, desprecia lo que él ambiciona.”
Pero también, no renunciar a la palabra y callar. No ceder la voz a los ignorantes ni a quienes la urgencia del presente les cierra la vista. Al final, es bueno pensar con Salutati, aquello de “No creas que huir de la gente, evitar la vista de las cosas placenteras, encerrarse en un claustro o apartarse a un yermo constituya el camino de la perfección”.

Filosofo enamorado

El filósofo enamorado I

La figura del filósofo enamorado es extraña. Y lo es, no tanto porque los filósofos no se enamoren –en el nombre, filósofo, está ya supuesto el amor- sino porque el enamoramiento del filósofo es muy distinto al de los demás. Para empezar, el filósofo no puede enamorarse como el poeta –y en general, como la mayoría de los hombres-, pues no está bien que se vea envuelto en el entusiasmo producto del deseo por el otro, al que se busca por fines que en general considera menores como la amistad, el placer o la generación. El filósofo en realidad se reserva para amar algo que se quiere notablemente más alto, más legítimo, mejor y más hermoso que todo eso: la verdad, lo divino, la belleza misma, la perfección de las cosas. Ejemplos de esta renuncia del filósofo por el amor menor, por el amor de la Venus terrestre abundan. Uno es este pasaje de la introducción a los Heroicos furores en donde Giordano Bruno declara que:

“Pretendo que las mujeres sean amadas y honradas como es justo que amadas y honradas sean las mujeres; en la medida y proporción, por tanto, de su poquedad, de movimiento y la ocasión, ya que no tienen otra virtud que la natural…”

No es por eso extraño que casi no encontremos en la larga historia de la filosofía relatos que abunden en el enamoramiento mundano del filósofo. Excepciones hay, claro, y por ejemplo, Lucrecio es uno del que se dice que había pedido la razón por amor –aunque se sospecha que esa locura erótica fue producto, en realidad, de una pócima mágica. Hay otros casos, como el de Kierkegaard en que el relato del frenesí amoroso acaba por constituir ejemplo de ascesis filosófica. Qué extraño que sea precisamente aquel que tiene por vocación el amor, quien lo desprecie. Al final, ¿cuánto no hemos perdido filósofos por eso?

El filósofo enamorado II

Los platónicos han dicho siempre que hay dos Venus y que por eso:

Esta belleza de los cuerpos el alma del hombre la aprehende por lo ojos; y esta alma tiene dos potencias en sí: la potencia de conocer, y la potencia de engendrar. Estas dos potencias son en nosotros dos Venus; las cuales están acompañadas por dos Amores. Cuando la belleza del cuerpo humano se representa ante nuestros ojos, nuestra mente, la cual es en nosotros la primera Venus, concede reverencia y amor a dicha belleza, como a imagen del divino ornamento… (Marsilio Ficino, Sobre el amor)

Y es que para los filósofos el amor no es, o no debería ser, sino como aquel principio que lleva a las cosas más altas. Como el amor de Alcibíades por Sócrates, que no se basa en las apariencias, pues este:

“Decía aquel que así era Sócrates (como el Sileno) porque, viéndolo por defuera y estimándolo por su exterior apariencia, no hubiese dado por él ni un aro de cebolla, hasta tal punto era feo de cuerpo y ridículo de porte… Mas, destapando esa caja, hubiese hallado en sus adentros una celeste e impagable droga: entendimiento más que humano, maravillosa virtud, coraje invencible….” (Rabelais, Gargantúa).

Y pues, así, los filósofos están condenados a amar: despertando como Sócrates el amor por las cosas más altas, ofreciéndose a sí mismos como señuelos. La esperanza está puesta en que no se ame lo exterior sino lo que el filósofo esconde tras esa imagen contrahecha: una virtud maravillosa…Pero y qué pasa con Sócrates, ese médium. ¿Ama él a Alcibíades? Y si lo hace, ¿lo hace por su apariencia, como piensa Foucault? Y, si es así, ¿qué siente cuando éste lo desprecia por la virtud? ¿Que siente cuando lo deja atrás queriendo en él algo que no es es su apariencia? Y esta bien podría ser la tragedia del filósofo: despertar en otros el amor por lo alto, sin ser él nunca, realmente amado.

El filósofo enamorado III

Aseguraba yo que la tragedia del filósofo es despertar en otros el amor por lo alto, sin ser él nunca, realmente, amado por sí mismo.Con la ambigüedad propia de quien se aproxima a un misterio, Livi responde que quien es como Alcibíades, puede “amar lo divino sin amar a su iniciador, o puede amar lo divino y lo profano que hay dentro de él.” Y concluye “Dejemos a los hados hacer su labor.”Pero, ¿qué es eso profano del filósofo? O, quizás, mejor, ¿qué es eso divino en él?Porque Livi cree que el filósofo está sustancialmente constituido por lo sagrado pero yo estoy confundido. Pienso en Giordano Bruno, por ejemplo, quién dice que los filósofos, poseídos por el furor erótico son ellos: “… más dignos, más potentes y eficaces, y son divinos… (en ellos) se considera y se ve la excelencia de la propia humanidad” (Heroicos Furores, Diálogo III).Pero esta divinidad del filósofo en Bruno significa una ruptura con lo que hay de mundano en él. De hecho, el problema es que el ascenso hacia lo sagrado –aunque yo prefiero los términos hacia lo “alto”, hacia la “luz” o hacia la “verdad”- está siempre mediado por una suerte de ascesis. La verdad no se alcanza sino mediante el autocontrol. Hay, el filósofo y el que aspira a la filosofía, ha de renunciar de alguna manera a lo profano –en aras, claro de no profanar el silencioso santuario de lo que persigue.Y nos topamos aquí con un nuevo callejón sin salida. El filósofo no puede dejar que los hados hagan su labor porque eso sería tanto como renunciar a la ascesis que es a la vez la puerta de entrada a la luz.Así, oscurece su camino aquél que cree que se puede amar a la vez lo profano y lo divino, y no sólo lo divino…Lo contrario es caer en la tentación de hacer del filósofo objeto de posesión, él mismo, y no medio para poseer lo que en realidad se busca. Así, de nuevo, el filósofo ha de renunciar al amor, sobre todo, a la inmediata pasión corporal, como precio a pagar para la contemplación.Pero debería, podría ser de otro modo. ¿No?