Brevedad, fragmentación, sabiduría

Presentación dada en Social Media México, Tecnológico de Monterry,

Campus Ciudad de México, 9 de diciembre 2010

 

 

La brevedad y la fragmentación son una característica común a todas las redes sociales. Cierto, no son las únicas, quizás tampoco son las más representativas, ni siquiera las más importantes. Aun así, detenerse en ellas puede ser útil. A fin de cuentas, el que los textos dentro de las redes sociales sean cada vez más breves y fragmentarios, despierta algunas interrogantes. ¿Qué cualidades hay en la brevedad que la hacen una forma más eficiente de comunicar socialmente? ¿Qué deja hacer la brevedad que la extensión no permite? ¿Cuáles son, pues, sus ventajas para la comunicación y el conocimiento? Pero, al mismo tiempo, ¿qué implica la fragmentación en términos de la conformación de la textualidad digital? Es decir, ¿qué dice del texto digital? ¿Qué condiciones establece para su escritura, transmisión y despliegue?  Y finalmente, ¿cómo la brevedad y la fragmentación se conforman como cualidades del pensamiento? En otras palabras, ¿qué clase de estructura del pensar estamos desarrollando al producir mensajes con esas características? ¿Cuáles son las reglas que gobiernan esa forma de pensamiento?
Por supuesto, no se trata de preguntas que se resuelvan fácilmente. Tanto por su complejidad, como por la dinámica de transformación que experimentan internet y las redes sociales prácticamente cada día, es difícil dar cosas por establecidas. De modo que me propongo hacer sólo una especulación. Ensayar algunas respuestas, apuntar caminos y senderos posibles, tal vez rectificar alguna idea. El terreno es movedizo, y la suerte de esta reflexión dependerá de qué tan bien encuentre asideros dónde detenerse. No puedo garantizar, pues, otra cosa, que ejercitarnos en la indagación de esas inquietudes.

 

Brevedad

Brevedad es una palabra de dos filos. En uno de sus lados, es concreción, concentración, unidad completa dónde se encuentra todo sin que sobre nada. Es la característica esencial del resumen y de la conclusión. Por el otro, brevedad es carencia y falta. Implica que algo se queda corto, y por tanto es insuficiente. Por eso pensamos el fragmento también como algo breve. A fin de cuentas, las ideas asociadas con la brevedad son contradictorias. De un lado la concisión de la otra la limitación.
Por las redes sociales circulan todos los días, por igual, fragmentos que conclusiones. Esa es, en general, la forma de la comunicación en ellas. Es, si se me permite decirlo así, la forma de comunicación que más les conviene. ¿Pero en qué estriba esa conveniencia? Es decir, ¿qué deja hacer la brevedad que no permite la extensión?
La extensión es, casi por definición, la forma de expresión de la totalidad en su despliegue. Es decir, permite dar detalles de cómo se desenvuelve el todo en cada una de sus partes. Es el modelo de las prolijas sumas medievales, tratando, como escribe Santo Tomás, “de investigar por medio de la razón todo cuanto la razón humana nos puede llegar a descubrir acerca de Dios”. (Suma contra gentiles1, IX p. 10).  Es el mismo caso de la Enciclopedia en la Ilustración y es una característica de ciertas obras del siglo XIX y la primera mitad del XX. Pienso por ejemplo en The History of Magic and Experimental Science de Lynn Thorndike, escrita en ocho volúmenes entre 1923 y 1958, que resume cerca de 25 siglos de pensamiento mágico y científico. Y, por supuesto, es el caso de la novela, como Cien años de soledad de García Marquez, la Guerra y la Paz de Tolstoi, José y sus hermanos de Thomas Mann. Totalidades desplegadas hasta en sus mínimos detalles.
En todas estas obras la extensión es sinónimo de completitud y exhaustividad. El punto principal es que en ellas no hay cabida para huecos o vacíos. La extensión, llena, con abundantes detalles, todos los espacios en blanco. Se concibe, pues, como el despliegue desde un solo punto, de una sola dimensión, de la que se describe sobre todo sus conexiones. Los puntos de unión, las bisagras.
La brevedad, por el contrario, representa la totalidad en su concreción expresada como un punto de vista fragmentario. La idea es un poco más compleja que la de la extensión, porque no se trata de describir cómo la totalidad se despliega, sino cómo se concentra y se ve reflejada, completa, en múltiples puntos. La brevedad corresponde a una estructura monádica del mundo, que es la contraparte de la extensión que reflejan la novela y la suma. En ella no se describen los puntos de unión, sólo se asume su posibilidad.
Lo que hago aquí es trazar una analogía entre la forma de las redes sociales, la brevedad de los mensajes que la componen, con las Mónadas de Leibiniz. Este filósofo de origen alemán, concibió en el siglo XVII, la idea de un universo formado por sustancias simples que, enteramente autónomas una de otra, podían construir sus relaciones porque, en particular, cada una reflejaba la totalidad del universo. En esa maravillosa metafísica de la brevedad que es la Monadología, Leibiniz lo describe así:

Se podría dar el nombre de Entelequias a todas las substancias simples, o Mónadas creadas, porque tienen en sí mismas una cierta perfección, se da en ellas una suficiencia que las convierte en origen de sus acciones internas y, por así decir, en Autómatas incorpóreos. (Monadología 18)

Y en otro apartado

Este enlace o acomodamiento de todas las cosas creadas a cada una y de cada una a todas las demás, hace que cada sustancia simple tenga relaciones que expresen todas las demás, y que ella sea, por consiguiente, un espejo viviente y perpetuo del universo. (Monadología 56)

Cada mensaje dentro de una red social comparte, en su brevedad, las dos categorías básicas de las Mónadas: son entidades autónomas y perfectas, porque son plenas de sentido y completas, y a la vez, son un “espejo viviente del universo” porque se conciben como un haz de relaciones posibles. Eso es exactamente ser un punto en una red, lo mismo de mensajes que de personas: el mensaje como la persona es concebido como una entelequia (un fin en sí mismo), que a la vez es la posibilidad de una infinidad de relaciones. Eso es lo que permite la brevedad en su doble filo. La concentración en un punto y la limitación que supone la existencia de reelecciones que completan ese punto, pero que no son expresadas.
Si, la brevedad es condición de fugacidad, ligereza y prontitud –atributos todos que buscan las redes sociales- pero sobre todo, es condición de multiplicidad y descentralización. La brevedad conviene a las redes sociales y a su estructura de comunicación, porque es la cualidad que supone la unidad de sentido y una constelación de relaciones a partir de su insuficiencia.

Fragmentación

Basta con mirar hacia las primeras publicaciones en Internet para darnos cuenta que lo que comenzó como el despliegue continuo del texto, al no poderse representar adecuadamente en la pantalla, desde un principio, la página de papel, se ha ido volviendo cada vez más un proceso de fractura del texto.
De hecho, desde que fue posible representar la página en el monitor, el texto se dividió y se hizo accesible ya no de un modo continuo, sino a través de un grupo de pantallas que se presentaban como secuencia. Sin embargo, esta fragmentación del texto tuvo consecuencias distintas a las que se produjeron cuando el continuo en el rollo de papiro se rompió para dar lugar a la página de papel.
La página de papel no es una hoja suelta, sino que se define precisamente por formar parte de un conjunto. En este sentido, una página es la relación de una parte con su conjunto, dentro del cual cobra valor y sentido. Por eso, si bien la aparición de la página en el siglo XII fracturó el texto, mantuvo la unidad material de la obra, al referir la página, siempre, a su conjunto. Pero con la página en pantalla no ha ocurrido lo mismo. En el monitor de la computadora cada página es una hoja suelta, una entidad independiente que no se define por su relación con un conjunto, sino por su propia autosuficiencia. Es decir, la página digital fractura no sólo el texto sino también la unidad de la obra. O, quizás, con una mayor precisión, la página digital establece límites a la unidad del texto: esta no puede ir más allá de la página que la contiene.
Esta fractura del texto es la lógica que encontramos en la base de dos fenómenos: la conformación de una escritura para las pantallas y el diseño y desarrollo de nuevos sistemas de comunicación textual en Internet.
No existe aun una escritura estándar para las pantallas, pero el punto de partida de toda escritura web tiene como premisa la máxima de que en internet “no se lee”. Afirmación, por supuesto falsa, pues la lectura es un componente esencial de la comunicación digital, pero que se ajusta, de un modo curioso, a la realidad de la lectura en pantalla, pues revela dos cosas sobre ella: por un lado, que se trata de un acto distinto a la lectura en papel (por eso no se lee), y por otro, que se trata siempre de una lectura que se interrumpe.
Es en función de esto que se aconseja escribir de manera breve y concisa para la pantalla y además, invertir la pirámide tradicional de la escritura para comenzar siempre con las conclusiones, pues no podemos determinar hasta que punto el lector interrumpirá su lectura. En todo caso, el mensaje es claro: el valor primordial del texto digital es su brevedad. De ella depende que pueda ser contenido y visto en la actualidad de la pantalla, al tiempo que evita la interrupción de la lectura.

Sabiduría

Las máximas, los aforismos, los apotegmas, los refranes, las adivinanzas, todos ellos pensamientos breves y fragmentarios, fueron la forma de transmisión de la sabiduría en un origen. Su existencia inicial, corresponde más a la enseñanza oral que a la escrita. Y tiene más una función mnemotécnica que literaria. Las máximas son, en todo caso, la forma de sobrevivencia de la sabiduría cuando no había otra forma más de registro, que su paso de una persona a otra, de una generación a otra.
Todas estas formas de la sabiduría, sin embargo, también pasan a la escritura. Ello implica, por supuesto, cambios y transformaciones significativas. Y el primero de ellos, pues, es dejar de ser algo dicho y luego escrito, a ser algo escrito y luego dicho.
Aunque es posible establecer la reaparición de los textos breves en la Edad Media, en los resúmenes o tesis con que se sintetizaba un largo texto, y que se añadían al principio o al final para ayudar al lector, lo cierto es que no es sino hasta el Renacimiento, que la escritura de textos breves se vuelve un género tanto editorial como literario. No sólo aparecen las colecciones de sentencias de sabiduría que perduran hasta nosotros, sino que de manera intencional hay autores que comienzan a producir máximas, sentencias y aforismos.
Al dar este paso hacia la escritura, el texto breve se convierte precisamente en una producción original, en un modo específico de escribir que supone una forma de pensar orientada, justamente, a ese fin.
Hay que considerar, para comprender mejor cuál es esta forma, que la característica principal de los textos de sabiduría breve del Renacimiento es su orientación hacia las cuestiones morales. Lo que define al aforismo renacentista y moderno, pues, no es sólo la brevedad sino el que ésta forma sea considerada mas apropiada para hablar de eso. Todavía en el siglo XIX, al definir el aforismo, Samuel Johnson dice que se trata de un precepto contraído en una sentencia corta, que debe comprenderse por sí misma, ser breve y tratar un tema moral. (Morson 2003, p. 409)
El proceso de reflexión que constituye el aforismo moderno puede describirse del siguiente modo. El aforismo es producto de la observación de la vida social, la destilación de las impresiones que causa y la revelación de sus vicios. Tiene como función al mismo tiempo que mostrar lo oculto, educar. El ingenio puesto en la producción de esos fragmentos, es el de causar una impresión duradera sobre un desnudamiento de la vida social, que sin embargo no es obsceno. La elegancia de las máximas morales es precisamente eso: enseñar sin ofender, edificar sin destruir. Los ejemplos, por supuesto abundan Pascal, La Rochefoucault, el propio Johnson, Wilde.
Sin embargo, hacia finales del XIX y principios del XX, las sentencias, aforismos y máximas se liberan del imperio del moralismo, y pasan a ocupar un lugar central en la expresión filosófica: Nietzsche, Wittgestein y Roland Barthres, llevan la sentencia breve a otros terrenos.
Según Vanderndorpe, “para Roland Barthes el fragmento conduce al juego de las diferencias y de lo indecidible, creando “explosiones” de lectura que claramente pertenecen al orden de un texto para la escritura, que de un texto para la lectura, dominado por la demanda de la escritura tradicional por la coherencia y la plenitud.”
Los términos claves aquí son diferencia e indecidible. Pues en buena medida, la escritura breve contemporánea busca invertir el proceso del ingenio moderno. Si este sacaba a la luz lo que estaba en la oscuridad, y colocaba a las costumbres precisamente en el centro de su temática, por ser ese el ámbito donde lo oscuro puede aflorar. El aforismo contemporáneo coloca en la oscuridad, algo de lo que está a la luz.  Al suprimir los conectores, al renunciar a la explicación, la sentencia enfatiza lo diferente y lo coloca en el terreno de lo que no puede ser decido. En el punto ambiguo de lo que no puede ser dictaminado como verdadero ni falso. Se trata de una escritura que ilumina solo una parte del todo, deja en la oscuridad el resto.

De lo que pasa a lo que piensas

Cada vez que cambiamos el estatus en Facebook, cuando introducimos un nuevo hecho en twitter hacemos una operación que es un acto breve, de fragmentación de la escritura y que sirve para iluminar una parte y oscurecer otra.
En su brevedad, cada estatus, intenta referir a la totalidad desde un solo punto. No importa de que se trate: referir un hecho, retrasmitir una información, apuntar hacia un texto o una imagen, sintetizar un sentimiento, externar una valoración, transmitir un pensamiento. Cada uno refleja, de manera absolutamente concentrada, una forma de mirar el todo. En abstracto, el despliegue de todos las actualizaciones, más sus conectores, es una definición completa de una entidad que mira al mundo, pero de la que, en realidad, vemos solo fragmentos.
El fragmento tiene, sin embargo, la función de ser presente. ¿Que otra forma de representar la actualidad, el hecho de que miro a la pantalla en este instante, sino como fragmentación? Uno de los mayores valores del texto digital es que pueda ser contenido en su totalidad en la pantalla. Y ajustarse al ritmo de mi atención, acabarse cuando he perdido el interés. Se ha descrito mucho la escritura en la pantalla como un diálogo. El diálogo solo tiene sentido cuando es presente, actual, cuando está ocurriendo. La fragmentación del texto en las redes sociales, obedece a esta necesidad de comunicación en un tiempo real, suspendido, y que se activa, cuando poso mis ojos en la pantalla.
Es una escritura, pues que ilumina solo una parte del todo, deja en la oscuridad el resto. Que supone, como parte suya, un infinito mundo de conexiones que no declara, pero que no niega. Una infinitud de alternativas a su propio decir, que no niega, pero tampoco declara.
Las redes sociales viven en el extremo de la diferencia. En la imposibilidad epistémica de dar cuenta de la totalidad. Suponen una sabiduría construida de pedazos y claro oscuros, donde nos permitimos sólo iluminar cada parte una vez. Es el todo, repetido en una infinidad de partes.

Bibliografía

Texto citados
Murray S. Davis. “Aphorisms and Cliches: The Generation and Dissipation of Conceptual Charisma”. Annual Review of Sociology Vol. 25, (1999), pp. 245-269 Published by: Annual Reviews
http://www.jstor.org/stable/223505
Gary Saul Morson. “The Aphorism: Fragments from the Breakdown of Reason”. New Literary History.  Vol. 34, No. 3, Theorizing Genres II (Summer, 2003), pp. 409-429 Published by: The Johns Hopkins University Press http://www.jstor.org/stable/20057791
Santo Tomás de Aquino. Suma contra gentiles. Introducción general por José M. de Garganta. Madrid, Editorial Católica, 1967
Leibniz. Monadología. Edición trilingüe introducción de Gustavo Bueno. Traducción de Julián Velarde. Pentalfa ediciones, España, 1981.
Vanderndorpe, Christian. From Papyrus to Hypertex. University of Illinois Press 2009. Traducción Phyllis Aronoff y Howard Scott.

Anima: danza y chat

A los 45 minutos, un mensaje aparece en el chat: “por qué intelectualizan siempre el tema del alma”. Durante todo ese tiempo, tres “chateadores” nos afanábamos en discutir el alma para que nuestras frases irrumpieran desplegadas en una pantalla durante la función del espectáculo dancísitico Anima de Camerino 4.

 


Yo chatee sin saber qué pasaba en el teatro, ni cuántas veces se desplegaba el chat durante la función, ni qué efecto tenía en los espectadores. De modo que mi primera experiencia fue la de un intenso intercambio de ideas con otros dos debatientes frente a un público imaginario que, al menos yo esperaba,  apreciaran el ingenio, la mordacidad y la oportunidad de los comentarios.
Fue agotador. Sentado en mi estudio, buscaba información en la red, twitteaba y chateaba, con la esperanza de lograr una participación digna por qué difícil es, de hecho, mantener la atención y venir pronto con la mejor idea .
Al día siguiente, asistí a la función de Anima y descubrí (ya me lo habían dicho, claro) que el chat se desplegaba unas cuatro veces durante unos 5 minutos. Lo hacía literalmente, en los momentos en que no había danza: durante el acceso al teatro, en las dos pausas que marcaban el cambio de escena en el espectáculo, durante las cuales los bailarines miraban el chat junto con los espectadores, y al final, cuando el público abandona la sala.
Mi primera impresión fue que el chat no estaba integrado con la danza. Sino que la interrumpía (o que la danza interrumpía el chat, dependiendo de lo que uno quisiera ver). Esta sensación se acentuó por el contraste entre la “ligereza” de las discusiones en el chat… Risas, chistes, frases ingeniosas… y la “solemnidad” de la danza, siempre bajo una luz de costado, tenue, que proyectaba más las sombras que resaltar los cuerpos, y una escenografía curiosamente mecánica: dos grandes ventiladores y aparatos de iluminación.
Adicionalmente, me fue difícil prestarle atención a chat. Algo me decía que lo que pasaba ahí era ajeno a lo que estaba viendo, que no tenía relación alguna, que era, literalmente, la invasión de unos cuates que ni siquiera sabían qué estaba pasando.
No me atrevo a decir nada de la danza y los bailarines porque mi conocimiento al respecto es muy limitado. Mi reflexión es más bien sobre el uso de la tecnología en el espectáculo y el doble papel de participante y espectador.

 

Anima: chat de la función

Anima es un espectáculo de danza de Camerino 4, qeu incuye una discusión por chat sobre el alma que se proyecta en pantallas a la entrada y dentro del teatro. Fui invitado a la función del 2 de octubre. Este es el chat.

 

Filosofía en Discutamos México

La verdad son pocas las ocasiones en que los filósofos y la filosofía pueden llegan a la televisión. Por eso mi interés por la participación de Juliana González, Margarita Vera, Carlos Pereda y Guillermo Hurtado en el programa de televisión de la serie Discutamos México cuyo tema fue precisamente ese, la filosofía. Una oportunidad para mostrar qué aporta y qué relevancia tiene la filosofía para discutir México, sobre todo en el marco de la crisis de identidad y relevancia que hoy está sufriendo la filosofía en este país.

El programa, emitido el 6 de septiembre por Canal Once, me pareció, sin embargo, una oportunidad perdida. El problema central fue la ausencia de debate y de crítica. Una visión de la historia de las ideas muy rígida, y quizás incluso ya superada en muchos aspectos. Y una imagen de la filosofía solemne, verbosa y aburrida. La filosofía se abordó al rededor de la influencia de las ideas filosóficas en los dos movimientos revolucionarios mexicanos y los filósofos optaron por hacer una exposición didáctica de las tesis sobre la influencia de la ilustración o la tradición jurídica española en los independentistas o la influencia o no de los ateneístas en la Revolución, en un formato muy profesoral.

Si, mucho fue el problema de no hacer concesiones al medio, el olvidar que se está delante de la cámara y no frente a un aula, así como una producción muy pobre y limitada. Pero una parte sustancial lo fueron también los vicios inherentes a nuestra comunidad filosófica. La dificultad real de diálogo, y sobre todo de diálogo y debate crítico público y abierto –de por si inexistente, pero que el SNI ha terminado por sepultar. La consecuente inmovilidad de ciertas metodologías y de ciertas formas discusivas, –la reducción de la filosofía a un puñado de temas y modos que se toman como los únicos legítimos y a partir de los cuales se practica sistemáticamente la exclusión. Finalmente, la pompa y la solemnidad como signos de autoridad.

En fin, el programa reprodujo otros dos vicios más: el UNAM centrismo, (todos los presentes eran profesores de la UNAM); el reparto de cuotas (hasta en esto hubo una paridad de investigadores del Instituto de Investigaciones Filosóficas y profesores de la Facultad de Filosofía y Letras).

Al final, comparto la opinión de @colbriesca, quien lo dijo así en Twitter: “Creo que el programa dejó mucho que desear, además de que hizo parecer a la filosofía como una mera acompañante de la historia.”

Lástima.

La verdad son pocas las ocasiones en que los filósofos y la filosofía pueden llegan a la televisión. Por eso mi interés por la participación de Juliana González, Margarita Vera, Carlos Pereda y Guillermo Hurtado en el programa de televisión de la serie Discutamos México cuyo tema fue precisamente ese, la filosofía. Una oportunidad para mostrar qué aporta y qué relevancia tiene la filosofía para discutir México, sobre todo en el marco de la crisis de identidad y relevancia que hoy está sufriendo la filosofía en este país.

Un periodismo de élites

La información en México es un bien escaso. Lo es porque su producción permanece centralizada en el Estado, por herencia y continuidad de un pasado autoritario, y porque las fuentes que deberían ser independientes, principalmente los medios de comunicación, reproducen el mismo esquema de hacer de la información el privilegio de unos cuantos.
El tránsito hacia la democracia en México no hay ido acompañada por una democratización de la información. Y quizás la mayor deuda en este aspecto no es la del Estado y los gobernantes, a fin de cuentas renuentes siempre a cambiar, sino la de los medios de comunicación que no han asumido la responsabilidad plena de hacerse fuentes autónomas de información, porque no han reflexionado y actuado, con suficiente amplitud y perfil crítico, sobre la profesionalización y democratización de sus estructuras, (dos cosas que van de la mano), y sobre la necesidad de distinguir, o al menos transparentar y aclarar, sus intereses como grupos económicos de su trabajo en el ejercicio informativo. 
El caso del secuestro de Diego Fernandez de Cevallos es un ejemplos muy claro de cómo el manejo de la información dentro los medios de comunicación reproduce esa estructura de privilegios, por la cual se convierten en mensajeros de élites políticas, al tiempo que renuncian a constituirse en fuentes autónomas de información.
Llamo, ante todo, la atención sobre el papel que juegan en todo esta estructura, los columnistas políticos. Desde que, en principio, la principal televisora mexicana, Televisa, hizo pública su decisión de no informar sobre el secuestro (en coincidencia con la decisión del Estado de renunciar menos públicamente a investigar ese delito) la información sobre cualquier aspecto del tema desapareció de prácticamente todos los segmentos noticiosos de los medios, pero no de las columnas políticas, donde una y otra vez, cada semana, un columnista hace afirmaciones sobre quiénes, dónde, cómo se está negociando el secuestro. Al igual que ocurrió en el caso de Paulette, una vez que la autoridad decidió renunciar a informar sobre los avances, las columnas políticas se convirtieron en el único medio en que se proporcionaba algún indicio en cuanto a qué pasaba.
Las razones por la que sólo los columnistas pueden informar sobre estos temas “secuestrados” por la autoridad y por los medios mismos, son varias. La primera es que “confiar” información privilegiada a un columnista es un de las estructuras de privilegio que existen dentro de los medios y de la forma de relacionarse del Estado con los medios. Recibir esa información privilegiada tiene menos que ver con la calidad del trabajo de investigación periodística de medio o del columnista, como con su eficacia y confiabilidad en la circulación de los mensajes que al gobierno le interesa enviar. Además, el columnismo, tal como se practica en México, lo permite especialmente, porque es un espacio en el que la emisión de una opinión y el ofrecer información, se confunden. Y eso resulta particularmente conveniente porque permite presentar la información ya con un los matices y las interpretaciones que quien emite el mensaje quiere ver circular, para calibrar a la opinión pública, medir la reacción de las élites, controlar el efecto probable de un información, etcétera. Además, al tratarse de un espacio de opinión, cualquier información vertida ahí adquiere, inmediatamente, el valor de una mera opinión, y por lo tanto puede ser negado por cualquier parte del gobierno o de un grupo privado.
Así, se nos ha informado que Fernández de Cevallos no está muerto, que está secuestrado, que lo tiene un grupo guerrillero, que la negociación es muy profesional, que llevará tiempo, que se manejan muchos millones de dólares, que está fuera de México… En realidad, no importa quién lo afirma, nadie puede validar esa información por el simple hecho de que no hay fuente, se presenta como una especulación, aunque eleva al columista –en la medida en que las filtraciones sean confiables- a la calidad de élite privilegiada de la información.
En el caso de Paulette, uno de los beneficiado con las filtraciones fue Loret de Mola, quien anticipó en una columna el que sería el resultado final de la investigación. Su columna sirvió para que el gobierno del Estado de México midiera el efecto mediático de los resultados de la investigación y fuera, ella misma, un reconocimiento de que Loret de Mola opera de manera conveniente a juicio del gobierno del Estado de México. Además, dado que lo presentaba como una especulación, que el mismo Loret de Mola valoraba y sopesaba, podía cambiarse sin que fuera afectada en demasía la credibilidad de la columna o del gobierno… fin de cuentas, la columna (o la opinión expresada ahí) “podría” hacer hecho cambiar de parecer al gobierno. El juego de complicidades, como se ve, es casi perfecto…
El nacimiento del periódico Reforma, que reconoció las columnas políticas el principal valor competitivo del periodismo meixcano y el medio hacia un periódico democrático fue rápidamente imitado por el resto de los medios por ser un modelo exitoso, desde el punto de vista comercial e informativo.
Pero si eso significó en un principio una ruptura con el viejo periodismo y le dio una cara más democrática a la actividad periodística en México, porque las columnas podían al fin, los medios podían ser divergentes con la información oficial, y manifestar distintos puntos de vista… lo cierto es que con el tiempo se ha convertido en un mecanismo que el propio Estado y sus estructuras han sabido aprovechar para volverlo a su favor: un sistema de prebendas informativas y beneficios comerciales, que los medios han aceptado como parte de su propia estructura y que han explotado con éxito los periodistas privilegiados que han ido multiplicando su presencia en los distintos medios: radio, televisión, prensa. Hoy ellos constituyen la élite que informa, la élite que media entre el publico y la información. Y no son más que un puñado que administran el privilegio de la información.
Para mi es claro: el proceso democrático en México requiere del nacimiento de otros medios, y de otro tipo de trabajo periodístico que sea, él mismo, mucho más democrático (y necesariamente mucho más profesional). Por ahora, sin embargo, no se ve claramente cómo o dónde pueda nacer. En todo caso, es una tarea urgente.

La Hipatia de Amenábar

Yo tenía ganas de ver en Agora, la película de Alejandro Amenábar. Me ilusionaba que la asombrosa filósofa neoplatónica Hipatia fuera reivindicada al menos frente a esa parte de la sociedad que va al cine. Sobre todo si de pasada, pudiera atisbarse algo de los problemas de la escuela neoplatónica no cristiana, a la que ella pertenecía.

No fue así. La película es entretenida y efectiva, pero se conforma sólo con tocar la superficie, sin correr el riesgo de pensar con cierta profundidad, al rededor de ella y de lo que era filosofar dentro de la escuela neoplatónica en el siglo IV en Alejandría.

Amenábar se queda con los elementos de la tragedia. Subraya la intolerancia y el fanatismo religioso cristiano contra la mujer y contra toda creencia que no sea la suya, lo que sin duda aplaudo, pero muestra a una Hipatia entregada a su propia búsqueda, indiferente a la confrontación de fe que ocurre al rededor, para hacerla la víctima más inocente y menos poderosa, en un mundo convulsionado por el cambio.

Pero al hacerlo así, Amenábar pierde la ocasión de indagar ciertos temas o problemas que la figura de Hipatia muestra. Me limito a uno sólo, cómo un neoplatónico –que no sólo sostenía una doctrina, sino que practicaba un cierto modo de vida heredado de la antigüedad- se enfrentaba a la emergencia de formas de vida y sabidurías que acabarán, a la vez, por destruir y absorber el neoplatonismo. Festejo, sin embargo, que se hagan películas sobre pensadores, sobre todo, al rededor de pensadores que no forman parte del canon de occidente. Aquellos desplazados sobre los que se ha levantado el pensamiento dominante en occidente, y que merecen también ser comprendidos y cuestionados.

Correspondencia

16 de febrero 2010
Los días transcurren y las ideas se acumulan. Hoy, éstas luchan entre sí para abrirse paso y ser atendidas. Como ocurre con tantas otras cosas en la vida, las ideas nacen acompañadas de un entusiasmo que, cuando no son trasladadas por una acción al áspero mundo de los hechos, poco a poco van perdiendo fuerza y energía, y fácilmente pasan al olvido.
He querido escribir primero de dos planteamientos hechos por mis alumnos en sus trabajos de maestría a propósito de la aparición del humanismo en México. El de Alejandra Avila Cortés sostiene la tesis de que el humanismo no puede haber aparecido antes en el horizonte cultural de México por una razón simple: no había una nación. Por eso el proyecto educativo de Juárez no puede ser humanista sino positivista. A fin de cuentas, el positivismo resultó ser una herramienta mucho más útil tanto para fundar una educación pública no religiosa, como para la construcción de una cultura cívica. El segundo trabajo es el de Ana María Rosas Muciño. Se ocupa de estudiar los primeros congresos educativos en México entre 1900 y 1910. La discusión en torno a la conveniencia de conservar una educación cívica en lugar de una educación moral en la escuelas públicas, revela el temor por invadir, en los albores del siglo, una esfera entonces (y quizás aun) privativa de la educación religiosa: la vida moral.
La decisión de dejar la educación cívica y suprimir la moral, define claramente que el Estado mexicano optó en ese momento (y de hecho hasta ahora), por formar ciudadanos pero no hombres, reduciendo el proyecto de nación a una dimensión jurídica y no moral.
Lo contrario ocurre en los Discursos a la nación alemana, segunda idea de la que quería ocuparme. Fichte argumenta ahí a favor de una educación pública donde se forme al hombre en la moral. La tesis es simple: defender la nación alemana en un momento en que ésta se encuentra supeditada a otra, implica convertirla en una forma de habitar el mundo. Volverla un ethos. Lo alemán, pues, como expresión de una forma de la condición humana.
Al leer el artículo de Heriberto Yepes sobre el El mejor filósofo mexicano vivo, que de inmediato se convirtió en una urgencia por aceptar la provocación y discutirlo, no pude sino enmarcarlo en este contexto. Uno de los tres pilares de idea de nación alemana de Fichte es precisamente la filosofía, la existencia de una tradición filosófica alemana. Atrás de la estridencia de Yepes está la evidencia de la inquietud por uno de los proyectos incompletos (¿?) del humanismo en México: construir una filosofía mexicana… El texto de Yepes puede leerse, pues, como la claudicación del proyecto humanista en la misma dimensión que como su “redefinición” en un mundo globalizado.  En todo caso, que no existe nación mexicana como dimensión moral, sino como diagnóstico de vacío.

 

 

Unas ideas sobre tecnología y humanidades. Reuniones sobre edición digital
29 de enero 2010
Hoy escribo después de haber dejado pasar una semana frenética. No tendría por qué ser así, pero al último momento descubrí que el protocolo escrito para ampliar mi proyecto de biblioteca digital, debía ser completamente distinto al redactado originalmente.
Como toda segunda oportunidad, la agradezco. Me ha permitido darle una nueva mirada a la propuesta y reconsiderar algunas cosas. La principal, el lugar asignado al desarrollo de tecnología en un proyecto de humanidades.
Yo estoy convencido desde hace tiempo que las tecnologías digitales deben dar cause a un nuevo modo de investigar y hacer humanidades. Pero muchos de mis colegas no lo piensan así. Prevalece la idea de que la investigación en humanidades debe permanecer intacta en sus formas tradicionales e incorporar la tecnología sólo como una vía de difusión –en el mejor de los casos- del producto final del estudio. Pasan por alto, pues, que el trabajo del investigador es completamente distinto por el solo hecho de que existe una herramienta como las bibliotecas digitales, y rara vez consideran que el desarrollo de sistemas orientados a las humanidades, para su uso como instrumentos de investigación, puede ser parte del trabajo del humanista.
Así, pues, en un afán de encontrar una convergencia entre un polo y otro, reconsideré mi proyecto para asignarle al trabajo tecnológico un papel modesto dentro de un proceso más tradicional de investigación. Una fracción, pues, en el estudio crítico de los textos.
Coincidentemente, la semana pasada tuve varias reuniones sobre el tema de la edición digital con diversas personas y grupos dentro de la Facultad de Filosofía y Letras de a UNAM. Descubrí que hay, efectivamente, una inquietud creciente en ese terreno, impulsada por las limitaciones presupuestales y, en general, por la dificultad para hacer publicaciones tradicionales en papel, pero también por el hábito cada vez más generalizado de trabajar con archivos digitales. El énfasis estuvo siempre puesto en la producción de libros o revistas en PDF, el escaneo de obras, pero ya aparecen en el horizonte, la idea de hacer revistas institucionales en web y blogs.
Esto me alienta. Es infinitamente mejor sentirse una isla a percibir que se está solo en el universo. En principio, abre la puerta a la colaboración, a compartir experiencia y recursos, a buscar el respaldo institucional para los proyectos digitales.

 

Como Internet ha cambiado la manera en que pensamos: artículo en Times Online

 

 

Donde se habla de Henríquez Ureña, el proyecto humanista y la moral de los mexicanos

15 de enero 2010
¿Quién puede preferir los días grises? La pregunta vino leyendo Los días alcióneos de Perdo Henríquez Ureña, pues me quedé con la idea, equivocada, de que éste oponía ahí a la estética (y ética) modernista, identificada como un bosque otoñal en medio de la monotonía del invierno, los días grises de esta última estación. Nada más falso, en una carta a Alfonso Reyes, cercana en fecha a la aparición de Los días, escribe:

“Me convenzo de que en invierno no podemos hacer nada. Aquí, en esta estación, la gente prefiere ver hacer: por eso va a los toros, al teatro, a los conciertos, al cinematógrafo no se diga, y a Plateros a verse unos a los otros ociando. ¡Pero la primavera¡ ¡Savia moderna, exposición, banquetes, conferencias, tés, protesta…¡ Mucho me temo que esta primavera resulte tempestuosa, con la manifestación antipositivista en honra del introductor del positivismo, o con cualquier otra cosa.”

Los días alcióneos no es, no podría ser, una exaltación del invierno sino el anuncio de una primavera antipositivista y antimodernista. Señal, sin decirlo, del desplazamiento de la cultura hacia un nuevo centro: el humanismo.
Se trata de un movimiento moral, porque detrás de la crítica estética y teórica, hay un posicionamiento de carácter eminentemente ético del intelectual, que quiere distinguirse a sí mismo de los modos de vivir católicos, positivistas o bohemios.
No estoy seguro que el humanismo haya tenido ya en México una primavera, pero cuando escucho la discusión sobre el aborto o, más en estos días que corren, sobre los matrimonios gay, echo de menos una discusión más general sobre la vida moral de los mexicanos, que vaya de los bordes hacia el centro.
¿Por dónde empezar? No tengo en este momento una respuesta. Sin embargo, pasa por mi cabeza la idea de que debemos comenzar por preguntarnos por la eficacia de la crítica humanística: ¿qué tan profundamente desmontó las fuentes católicas y positivistas que construyeron la moral del XIX? ¿Hasta dónde fue cómplice de unas y otras? ¿Hasta dónde fue un proyecto real?
Hasta ahora, un dato nos es evidente: no logró que la sociedad y las instituciones políticas mexicanas, reconocieran en la cultura y en la educación, el centro de la transformación y emancipación del país.

 

Donde se habla del humanismo, la editorial Sempere y la transmisión digital de los textos

 

8/enero/2010

En estos días leo la correspondencia entre Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña. Lo hago como parte de una investigación sobre la llegada del humanismo a México. Contrario a lo que muchos humanistas dicen y el propio término “humanismo” supone, no asumo que con esa palabra se describan unos ciertos principios doctrinales cuya tradición pude rastrearse de la antigüedad clásica hasta el presente. El vocablo “humanismo” es relativamente nuevo en todos los idiomas modernos –aunque no lo sea el sustantivo “humanista”. En realidad, no tiene más de dos siglos, y revela la aparición de una actitud inédita, que se construye al rededor del legado del mundo clásico y frente al sentido de preservar, estudiar y continuar éste, a partir de la emergencia de la universidad moderna, la creada por Humboldt.
La lectura, que brinda luz y datos importantes para lo que investigo, también ofrece otras cosas que tienen un valor más personal. Los corresponsales se recomiendan con frecuencia libros publicados por Sempere, editorial donde ambos han leído a Nietzsche. La editorial, que tenía su cede en Valencia, era propiedad de un abuelo de mi madre. Significativa en España por ser donde Blasco Ibañez publicó toda su obra, parece haber jugado en México, por la evidencia de las epístolas de éstos fundadores del humanismo, un papel quizás relevante.
Esto me place claro, aunque también me da qué pensar. Entre los proyectos impulsados por mi están varias bibliotecas digitales. Una, a punto de ser pública, intenta poner en circulación libros que no han visto una edición moderna desde que se publicaron originalmente en la Nueva España durante la segunda mitad del siglo XVII. Si hay un trabajo humanista donde todavía hay un enorme campo sobre el cual arar, es precisamente en el de la transmisión de los textos, en la importancia de hacerlo, y en la de estudiarla también como fenómeno, por su peso en la construcción del pensamiento.
En México hemos puesto poca atención en general a esto, a pesar de que el desarrollo de nuestra cultura, producto de una colonización que no se ha detenido, dependa de manera tan significativa de lo que circula y es accesible. Curiosamente, Internet, que está revolucionando tantas cosas en este campo, está conduciéndonos de nuevo hacia la cuestión de la conservación y transmisión de los textos, y hacia la paciente tarea del estudio de los textos –mucho más que a su interpretación. De esta forma, el florecimiento de lo que ha comenzado a llamarse humanidades digitales tiene como fuente el amor profundo por los textos y como materia el modo de legarlos al futuro.

 

Twitter y clase: primera lección

Este semestre propuse a mis alumnos comenzar a utilizar twitter dentro de la clase. Lo hice en dos de las asignaturas que tengo en la licenciatura en filosofía de la UNAM: la de Historia de la filosofía medieval, y otra relativa a Problemas de historia de la filosofía, en la que trabajamos sobre el tema de la producción y edición de textos para investigación. Al cierre del primer mes, la herramienta ha sido muy poco usada por ellos, que en un ochenta por ciento, más o menos, tienen una cuenta de Facebook. Quienes lo han hecho, son aquellos pocos (quizás cuatro o cinco) que ya utilizaban twitter como red social antes de la clase. Cierto que otro puñado de cinco o seis alumnos, han abierto cuenta y han intentado comunicarse por twitter, pero las participaciones son pocas y no han constituido un verdadero intercambio de ideas hasta ahora. Yo he twitteado con cierta regularidad cosas para ambas clases: ligas, preguntas, ideas, y respondido a los comentarios o a los requerimientos que se han puesto ahí, y si mi participación no ha sido mayor, es precisamente por no encontrar más eco.
Esto es un tanto decepcionante. Son grupos más o menos grandes, cincuenta en un caso, treinta en otro, por lo que mi expectativa era la de una participación ligeramente mayor, y esperaba, adicionalmente, un cierto entusiasmo por experimentar en una clase de filosofía con herramientas diferentes.
Tengo varias hipótesis de lo que podría estar sucediendo. Una es, por supuesto, la que tienen que ver directamente con una herramienta en la que es más o menos complejo iniciarse. Otra es la dificultad de los alumnos para disponer de una computadora (de un teléfono) conectada a internet mucho tiempo, lo que puede dificultar la iniciación y el goce del uso de la herramienta. También, quizás, el no tener muy claro clara cuál es la finalidad de su uso (por lo pronto su uso no es obligatorio y no se obtiene nada por usarla para la clase), en general, prevalece en apariencia la idea de que la clase comienza y acaba en sus horas, fuera de las cuales nada ocurre… Finalmente, el propio medio: que tanto el estudiar filosofía limita y obstaculiza el uso de la tecnología. Qué tanto la expectativa es más old fashon.

La ciencia no lo es todo

Rosaura Ruiz y Juan Manuel Rodríguez publicaron una reflexión a propósito de la encuesta que María de las Heras hizo para el El País, sobre la percepción de la ciencia en México. Tanto Ruiz y Rodríguez, como de las Heras, coinciden en señalar que, a pesar de la buena estima que en México tiene la actividad científica todavía un número importante de personas creen en cosas acientíficas como los milagros o la astrología. Incuso, para subrayar el caso, de las Heras recurre no a su propia encuesta, sino a otra del Conacyt del 2007 para asegurar que: “todavía seis de cada diez mexicanos piensan que la astrología y el conocimiento de los signos del zodiaco es una ciencia, y una proporción similar considera que la parasicología también lo es.”

La reflexión de todos ellos parte, sin embargo, de una premisa falsa: la difusión y el conocimiento de la ciencia hace que la gente no crea en los milagros, la astrología o el horóscopo. Debería ser claro que, después de 400 años de ciencia, ésta a llegado a convertirse en el epicentro del saber, y ha desplazado a otros saberes, otrora centrales, como la astrología, la parapsicologia o el espiritismo, hacia la periferia. Pero esto no significa que la ciencia haya probado que la astrología es falsa (ni siquiera lo ha hecho en el país de la ciencia por excelencia, como lo es Estados Unidos). En realidad,  esa es una de las falacias principales de la historia de la ciencia: suponer que esta elimina las creencias precientíficas. Lo que ha hecho, en realidad, es desplazar, colocar ciertos saberes en otro lugar, pero no eliminar.

Muchas prácticas como la astrología, la consulta al horóscopo, la creencia en los milagros y en la fe, se mantienen por razones completamente diversas a su grado de verdad o de demostración. Están ahí porque son entretenidas, dan consuelo, estimulan la esperanza, dan sentido a la existencia. Si, la ciencia no ha alcanzado a ocupar el espacio que estas mantienen. Hay una comprensión del hombre, y una sabiduría de la vida personal, que la ciencia no ha ocupado y quizás, no pueda ocupar nunca.