#SinLugar

Hoy participé en #SinLugar, un encuentro que tuvo su sede en internet o lo que es lo mismo, en cualquier parte. Yo asistí a él desde un Samborn’s en Coyoacán, después desde el Café del Instituto de Cultura Italiano y finalmente desde mi casa. Moviéndome de un lugar a otro, presencié las distintas presentaciones (por desgracia no puede verlas todas), que me sorprendieron por su temática, su calidad, su fuerza… (hoy en la noche completaré la experiencia viendo los que me quedaron pendientes). Yo hablé de humanidades digitales y me sorprendió la reacción y un debate. No pensé que fuera a ser tan inesperado, pero a veces, en un entorno no académico, la academia acaba por ser curiosamente sorprendente… Las demás presentaciones abordaron temas como el Copyright (ya estamos hartos de él), la vida en la frontera (Tijuana/San Diego), la defensa de los derecho humanos en México y el caso de la Guardería ABC a partir de las palabras que se han dicho al rededor de ella. Lo más interesante, además de los contenidos, fue ver que no hacía falta un lugar para discutir los temas marginales. Que los encuentros y los debates pueden suceder virtualmente, y generar una dinámica, y una reacción enormemente valiosas.
Si quiere ver las presentaciones y conocer más del evento, visita el sitio de #SinLugar

Guía de Perplejos

Después de años de evadirlo, terminó en mis manos el libro de Jorge Portilla, la Fenomenología del relajo. La obra me decepcionó, y no encuentro aun razones que expliquen su continua publicación y relativa fama, salvo quizás la tratar un tema popular como el relajo, con una de las metodologías más obtusas que ha dado la filosofía, la fenomenología. Sospecho que si no fuera por esta monstruosidad, difícilmente hubiera despertado algún interés. Portilla, sin embargo, es uno de los representantes del grupo Hiperión, y en un pequeño texto publicado en Excélsior y recogido en la Fenomenología del relajo responde a la insidiosa pregunta de para que sirve la filosofía.

 

Jorge Portilla

Artículo sin titulo originalmente publicado en

Excélsior, 18 de enero de 1959.

 

Un inteligente amigo me espetó hace días esta pregunta: ¿Para qué sirve la filosofía? Yo me quedé de una pieza y confieso que estuve a punto de contestar: “para nada”. Creo que si no lo hice fue porque una elemental vergüenza inconsciente me lo impidió. En realidad la respuesta es sencillísima y constituye también un escandaloso lugar común. La filosofía sirve para comprender. Sucede que el hombre es un ser de tal índole que no puede vivir si no comprende su vida. Pero sucede también que la filosofía es una comprensión en la que desempeña un papel esencial la persona misma que la ejercita. La pregunta de mi amigo podía ser contestada de una manera por Carlos Marx o Vladimiro “Lenin”. La Unión Soviética es hija y nieta de una filosofía particular. Es tal vez una de las pocas realidades auténticamente oriundas de la filosofía que podemos encontrar en el mundo actual. La misma pregunta hubiera podido ser contestada desde otra región de la cultura, por ejemplo, por Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz. La mística española es una experiencia fundada en una concepción filosófica del universo. El Mahatma Ghandi hubiera podido contestar también a la pregunta de mi amigo. Toda su obra está fundada sobre el principio de la más crasa elementalidad filosófica, a saber: que la realidad  sólo es accesible a través de la verdad y que por lo tanto, sólo estando en la verdad nos es dable modificar la realidad. Tal parece que la filosofía es un instrumento cuya eficacia depende de quién lo maneja. Por otra parte creo que sería imposible encontrar un hombre que no ejercite de alguna manera una comprensión filosófica de las cosas. Los únicos hombres a los que la filosofía no parece enseñarles nada son ciertos profesores de filosofía.

Comentario

Preguntarse para qué sirve la filosofía es más bien tonto. Pero en este país, la tontería es de lo mas frecuente. De vez en vez, y de tanto en tanto, alguien que cree estar poniendo en entredicho a tradición humanista occidental, la formula para regatearle unos cuantos pesos a quienes la producen o la cultivan. Por eso yo siempre la he tomado como una pregunta impertinente, que inquiere por una justificación que es tan estúpida como innecesaria. Primero porque es el tipo de justificación que demanda alguien que no comprende el sentido y el valor de la cultura en su conjunto, y por lo tanto será incapaz de comprender cualquier respuesta que se le dé, incluso aquellas en la que se muestre que la filosofía, como cualquiera del resto de las humanidades o de las artes, no es que sea necesaria para algo sino que se da como resultado de la propia existencia de los pueblos. Segundo, porque su intención al formular la pregunta es más bien mezquina y pragmática, y espera una respuesta en pesos y centavos, y no una larga reflexión sobre el pensamiento y la vida. Por eso, al igual que Portilla, yo quisiera poder responder a la pregunta sobre para qué sirve la filosofía, con la sencilla fórmula: para nada, con la intención evidente de ridiculizar la pregunta misma.

Portilla, como antes Caso y con él los Ateneístas como Pedro Henriquez Ureña, o incluso previamente, personajes como José María Luis Mora, se sintió con la obligación de ofrecer una respuesta. Una respuesta tan breve como elocuente, pero que a fin de cuentas responde a una misma mala conciencia: la del filósofo que cree que este país aun exige que probemos nuestra valía y nuestra relevancia, que justifiquemos nuestra existencia ¿Por qué no podemos renunciar a esa mala conciencia? ¿Por qué seguimos cultivando la idea de que donde hay una enorme pobreza o problemas sociales complejísimos, no debe haber filosofía? ¿Por qué seguir pensando que somos una especie de “privilegio” innecesario en una nación que necesita tanto?

La integridad del héroe

El punto de partida de Avatar y Cómo entrenar a tu dragón es muy parecida: dos tipos diferentes de seres vivos inteligentes se encuentran en guerra (no olvidar nunca que los dragones son seres inteligentes en casi toda la tradición). El protagonista, en ambas, no comparte las habilidades bélicas de sus semejantes y esa condición lo pone en contacto con miembros del enemigo. Ese contacto le permite al héroe conocerlos y relacionarse amistosamente con ellos y, en un punto, enfrentarse a sus propios compañeros, en defensa de los opositores.

 

 

A pesar de todas estas similitudes, que incluyen elementos anecdóticos, como volar en el lomo de un dragón, Avatar y Cómo entrenar a tu dragón representan dos visiones completamente diferentes de la comprensión del otro. Avatar supone una asimetría entre los seres inteligentes: el más débil desde el punto de vista bélico es, sin embargo, espiritualmente el más avanzado. De modo que el protagonista cumple la función de dotar a los más débiles de los elementos estratégicos para una defensa victoriosa en la guerra. Pero lo paradójico es que esa victoria de los débiles contra los fuertes no es espiritual sino bélica, pero además no es propia, sino prestada: el héroe termina como gobernante de los desvalidos seres espirituales. Avatar es una historia de conquista y de derrota, que no ofrece a la raza espiritualmente superior una superioridad real, sino completamente subordinada: son liberados por quien los oprime.
En Cómo entrenar a tu dragón, la situación es otra: ninguno de los dos seres es débil, y ninguno es tampoco espiritualmente superior. En todo caso, ambos son víctimas de un ser más poderoso. Así que la relación entre el protagonista y su dragón es de colaboración. Uno aprende del otro y saca ventaja de lo que el otro sabe.  No es únicamente el dragón quien se entrena. Lo hace también el hombre. Y por ello la película no tiene como tema la guerra y la superioridad, sino el aprendizaje, el conocimiento del otro, que es siempre, también, conocimiento de uno mismo: de los miedos, las limitaciones, y las propias virtudes. No es, pues, una película sobre el dominio de unos sobre otros, sino del valor del conocimiento mutuo para, a un tiempo, liberarse e integrarse. Cómo entrenar a tu dragón es, me parece, una película sobre la liberación por el conocimiento y la colaboración.
Este contraste entre una y otra, sin embargo, se agudiza, en cuanto a la integridad del héroe. En Avatar, el protagonista, lisiado en el inicio, alcanza al final un cuerpo íntegro y perfecto aunque sea solo un avatar. Tiene una epifanía espiritual mediante el sometimiento del otro. En Cómo entrenar a tu dragón, el cuerpo íntegro del protagonista terminará mutilado: la imperfección es el precio de conocerse a sí mismo.
A mi interpretación del Cómo entrenar a tu dragón se le podría objetar que en realidad se trata de una película sobre cómo domesticar dragones. Pero me temo que no. Como lo sabe muy bien Ged el archimago de Terramar, los dragones no se domestican. 

Guía de Perplejos

Una nueva sumergida en la biblioteca me llevó al encuentro de un libro de Fernando Salemerón, La filosofía y las actitudes morales, publicado por primera vez por siglo XXI en 1971 y reeditado en 1978. Es un texto extraño y un tanto atípico formado por tres distintos ensayos al rededor de la investigación filosófica. De uno de ellos, “Filosofía, Ciencia y Sociedad”, escrito para un encuentro sobre el papel de la ciencia y la tecnología en el desarrollo económico de México en 1967, tomo un texto en el que se traza una retrato de la investigación filosófica en México entonces, y un programa para su desarrollo. En él aparece de nuevo el tema de la desatención a la filosofía en México, pero también un programa para la profesionalización de la filosofía y que enfatiza su necesaria orientación hacia la ciencia.

Al comentario

 

Comentario de Carlos Vargas al texto de Fernando Salemerón.

Fernando Salmerón.

Del fortalecimiento de la investigación filosófica

Durante los últimos sesenta años han dominado la vida académica de México algunas de las corrientes filosóficas menos favorables al desarrollo de la investigación científica, no sólo por sus métodos peculiares, sino sobre todo por su temática, muy alejada de los problemas filosóficos que surgen de la marcha de la ciencia…
Existen ahora ciertas condiciones que no se daban tan claramente hace algunos años, y estas condiciones hacen posible el fortalecimiento de la investigación filosófica en aquellos campos cercanos al trabajo de las ciencias que son las que interesan en este ensayo. Desde luego, el estudio de la lógica moderna y el de las corrientes filosóficas contemporáneas que mantienen un nivel científico se ha convertido en el punto de mayor atracción para los grupos más distinguidos de las nuevas promociones surgidas en nuestras escuelas de filosofía. Se trata de un esfuerzo inicial, que no por modesto carece de importancia y que de alguna manera se puede interpretar como respuesta al estímulo derivado del trabajo de los científicos mexicanos que en los últimos años han logrado triunfos de cierta resonancia en sus disciplinas particulares.
A este cambio de actitud en las nuevas generaciones filosóficas no son ajenas, por supuesto, las publicaciones del Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos y del Centro de Estudios Filosóficos, ahora Instituto de Investigaciones filosóficas, de la Universidad Nacional. Ambas series de publicaciones han contribuido a crear un clima propicio para la colaboración de científicos y filósofos.
La necesidad de esta colaboración se ha hecho patente también a niveles institucionales. En 1962 la Universidad Veracruzana estableció la Escuela de Física y Matemáticas dentro de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias, poniendo en práctica, acaso en forma prematura, las carreras mixtas que conducirían al estudiante a una formación filosófica, simultáneamente a su preparación en otra disciplina científica. La reforma que la Universidad Nacional puso en práctica el año de 1967 para la Facultad de Filosofía y Letras se encuentra en la misma línea al diversificar la formación del estudiante en varios campos de trabajo filosófico bien delimitados –lógica y epistemología; historia de la filosofía, estética e historia del arte; ética y filosofía de las ciencias sociales- que obligan al alumno a ligar su preparación filosófica con una determinada área de conocimientos científicos particulares.
Ni las escuelas ni los institutos de ciencias ni los institutos tecnológicos han dado pruebas todavía de abrir su atención a los problemas filosóficos….
A pesar de las condiciones favorables, el desarrollo de los estudios filosóficos tropieza en México con serios obstáculos. Aunque la filosofía no exige disponer de instalaciones especiales ni de equipos costosos –salvo la existencia de buenas bibliotecas-, reclama como cualquier ciencia su institucionalización como parte de la estructura social en organismos que garanticen la libre investigación. Además, el progreso de la investigación filosófica exige, tal vez de una manera más acentuada que la ciencia, un conjunto de requisitos culturales bajo la forma de un estado adecuado de conocimientos, que a su vez se apoye en una tradición cultural de base más amplia. Y los avances serán más seguros mientras más fácil y directa sea la vinculación de la filosofía con la marcha de las ciencias y mientras mejor se cultive la línea más viva y más rigurosa de la propia tradición cultural.
Las recomendaciones que pueden hacerse en relación con el fortalecimiento de la enseñanza y de la investigación filosófica pueden agruparse en torno a tres cuestiones que en verdad son inseparables: las que se refieren propiamente a los organismos que participan en la investigación; las que se refieren a la docencia en cuanto preparación del personal para incrementar y mantener aquellos organismo, y las acciones aisladas que vendrían a reforzar momentáneamente las tareas anteriores y sus actividades de difusión.
Si nos atenemos al volumen de las publicaciones y al número de personas dedicadas íntegramente a la tarea, podemos decir que en México la investigación filosófica se lleva a cabo casi exclusivamente en dos instituciones: el Instituto de Investigaciones Filosóficas y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Pueden citarse también otras facultades de la misma Universidad, la de Derecho y la de Ciencias Políticas que trabajan en el campo de la filosofía sus respectivas áreas especializadas, y un par de universidades de provincia que en los últimos años mostraron cierta actividad, Jalapa y Monterrey. Pero existen además El colegio de México y el Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, en que se hace investigación filosófica a pesar de que no poseen departamentos ni escuelas de filosofía a nivel superior –en instituciones privadas, en escuelas normales superiores, en universidades de provincia-, pero a uzgar por las publicaciones no se hace en ellas investigación.
Frente a este panorama verdaderamente desolador, lo primero que se ocurre como medida aconsejable es la creación de nuevos centros que aumente la densidad y la potencialidad de la actividad filosófica. A largo plazo ésta puede ser una medida indispensable para mantener una relación de equilibrio entre la investigación filosófica y el desarrollo de las ciencias, que además de tener repercusiones favorables en los diversos niveles de la enseñanza superior hará posible la participación de nuestro país en la vida filosófica internacional. Sin embargo, el primer paso deberá ser el fortalecimiento de las estructuras existentes, mejorando cuanto sea posible los niveles de trabajo académico en aquellos sitios en que ya está funcionando aunque sea con un mínimo de eficacia.
Tratándose de nuevos centros, la localización es en verdad un punto decisivo. Nuevas cátedras o nuevos departamentos deben abrirse solamente en aquellas instituciones de alto nivel que pueden ofrecer puntos de apoyo en la enseñanza y en la investigación científica. Las escuelas y los institutos de ciencias, los institutos tecnológicos y el propio Colegio de México serían los lugares adecuados para el establecimiento, en cada caso de acuerdo con las condiciones propias, por ejemplo, de cátedras o departamentos de lógica, epistemología o filosofía de las ciencias sociales…
Pero todo lo anterior supone el problema de la preparación de investigadores y maestros de alto nivel, que se encargue de incrementar las labores actuales, es decir, no sólo de mantener la organización sino de preparar a los sucesores y a los fundadores de otros centros.
Entre nosotros, la preparación de un maestro productivo o de un investigador en filosofía requiere más años de lo que normalmente se supone. Las experiencias más recientes permiten afirmar que, después del paso pro la facultad que lleva al grado de licenciado en unos cuatro años, son indispensables los cursos y seminarios de posgradudado, bajo la guía de un buen maestro que sepa ayudar en la investigación y en la práctica docente a nivel de facultad, tareas que en conjunto pueden llevar a otros dos o tres años. Y después de esto todavía resulta aconsejable hacer estudios en alguna universidad extranjera que, cuando incluyen la obtención de un doctorado, suelen durar otros cuarto años. Esto no excluye, desde luego, la excepción a la regla del estudiante a media autodidacta que en determinadas condiciones puede saltar algunas etapas. Pero, de todas manera, contribuye a explicar que en una actividad tan falta de estímulos como es la docencia o la investigación en filosofía el número de los que alcanzan la meta señalada es verdaderamente escaso.
Sin entrar a otro tipo de problemas, que están a la espera de un estudio detenido… es indiscutible que un plan de becas adecuado, es decir, orientado generosamente a campos tradicionalmente desatendidos como la filosofía, puede ser decisivo para la formación de nuevos profesores…
Es necesario advertir, sin embargo, que en este tipo de recomendaciones no consideramos los problemas complejos que afectan a la enseñanza superior en todas sus especialidades, si se la contempla en escala nacional. Baste declarar solamente que los programas de becas para la preparación de profesores, como todas las disposiciones relativas a la docencia –designación, promoción, escalafón académico, etcétera- permanecen como soluciones parciales mientras no puedan operar a nivel nacional y dar protección al profesorado de carrera de todas las instituciones de enseñanza superior…
Finalmente, debemos decir que también es útil toda acción aislada y a corto plazo que se proponga simplemente reforzar las investigaciones filosóficas o la difusión de los resultados mediante la edición de libros y revistas especializadas. El incremento de las bibliotecas y de su funcionamiento eficaz. La invitación sistemática a profesores extranjeros para enseñar y colaborar en los trabaos de los organismos nacionales… en una palabra, el estímulo a todo intento serio por dar a la filosofía el nivel de profesionalismo que requiere el desarrollo de las ciencias en nuestro país, y el sentido de actualidad que permita a los profesores mexicanos participar en la actividad filosófica internacional y colaborar en el avance de los conocimientos.

Fernando Salmerón. La filosofía y las actitudes morales. Siglo XIX, segunda edición 1978. pp 98 a104.

Comentario

Más que una reflexión sobre la filosofía y la filosofía en México, el texto de Salmerón parece más bien un programa que se plantea a futuro el desarrollo de la filosofía, en el ámbito institucional y profesional. Solo que, claramente, se propone el desarrollo de un cierto tipo de reflexión: la ligada directamente al desarrollo de la ciencia. Pero más allá de esa visión programática de la filosofía en un de sus ramales, el texto aporta otros datos sobre la situación de la filosofía en México. Primero, el número de centros en el que se lleva a cabo: la UNAM, Veracruz y Monterrey, después la carencia de programas de formación, pero sobre todo, de estudios de posgrado que considera algo que de manera particular debe desarrollar el filósofo.
El retrato hecho por Fernando Salmerón en 1967 nos permite hoy no sólo ver cómo el programa de la filosofía de la ciencia se ha desarrollado con éxito, al menos dentro del ámbito de la filosofía, pero sobre todo y sorpresivamente, del éxito en el crecimiento y en la expansión del estudio de la filosofía en México.
Este dato es el que, me parece, resulta más revelador frente a la crisis de significación y relevancia de la filosofía en México, pues ya no son sólo cuatro centros dónde se produce reflexión filosófica sino muchos más, no únicamente en la ciudad de México, sino también en los estados. A pesar de las crisis, y de un país que naufraga, sobre todo en materia educativa, la reflexión filosófica ha crecido. El hecho confunde y pone en alerta: ¿Qué significa exactamente que sean más los centros y las instituciones en que se hace filosofía? ¿Es que, en efecto, la filosofía ha cobrado más importancia, se ha vuelta de cierto modo más vigorosa?
Es, por supuesto, difícil saberlo. Pero sorprende que, en lugar de estar mermar, la filosofía parece tener un curioso vigor. Un rasgo cultural –peculiar- que quizás explique la reacción contra la decisión de la SEP.

 

Porno para plantas

Encontré la historia de Jon Keats, productor de programas de televisión para plantas, en el número del 15 de marzo de The New Yorker. Leerlo me despertó la misma ilusión que me despertó la primera vez Ghostbusters: imaginar un trabajo cuyo objeto fuera completamente fantástico. 
Amante del Club de los negocios rarosde Chesterton, me interesa sobre todo la paradoja de un mainstream que sirve para formar una periferia, donde los instrumentos primarios del mundo mediático (o de la ciencia, como enGhostbuster) son puestos al servicio de una actividad absurda, carente de sentido, que aparece como un acto destinado a desmontar la lógica del sistema. En el fondo, no importa que Jon Keats se vea a sí mismo como un honrado miembro del status quo, con una misión noble; tampoco importa que su visión del porno para las plantas o de la televisión de viajes para ellas, sea ingenua y claramente antropocéntrica. Al contrario, precisamente por ello, por ser alguien que parece representar como nadie los valores al uso en nuestra sociedad: porno, televisión, ecología, interés por los seres no humanos, libre mercado, éxito (está en The New Yorker), representa tan bien la profunda contradicción del sistema en que nos movemos.

 

 

Bright Ideas
Plant TV
Adam Gopnik
The New Yorker March 15, 2010


Jon Keats –that really is his given name- has mastered an expression so sincere that one begins to suspect him of irony. With that look embossed on his face, he explained to a visitor, the other day, that television for plants was an extension of an earlier project to make pornography for plants. “Pornography is where every filmmaker starts out”, he said evenly, “and in my case I was making pornography for plants by filming bees pollinating flowers”. There were two different shows of plants porn: one in Chico, California, for about a hundred rhododendrons, and one at Montana State University, for as many zinias. “I knew that the act of pollination was the most titillating experience for plants”, Keats said. “So I spend a couple of days on the ground, seeing how light and shadow were experienced from their perspective. Once I had a very stark black-and-white image sun up high, bees flying by. I let people stand at the periphery and giggle nervously.”
He continued, “So I decided to go on to other plants subjects, and to me the subject that would be most interesting to plants is travel. Plants don’t get to go anywhere. They’re rooted in the ground. But if you’re plant you’re not going to get excited about Eiffel Tower –instead, you’re going to be excited about the sky”.
Keats filmed an Italian sky over two months. “We know that plants experience light very differently in different parts of the spectrum,” he said. “Both NASA and the Soviet-ers agronomy schools studied this problem closely, because of their interest in how to grow plants in space or indoors in Siberia. I wanted to think of it not as manipulation of plants but as entertainment and edification for them. I knew that they could experience color, and –knowing that where you are in the world will have a great effect on what color relationships you experience -I wanted to bring that whole specific set of color experiences to plants, which would otherwise never bee able to get to Italy.” (Keats also included jet trails in the video, because “I didn’t want to be to pastoral. I didn’t want to idealize Italy for the plants. These are travel documentaries, not advertisements to get plants to travel.”

 

Digital Humanities 2010

La misión de las humanidades digitales

Las mejores sesiones del congreso y las más polémicas fueron el sábado. Retengo tres: Open vs. Closed: Changing the Culture of Peer Review de Kathleen Fitzpatrick en el que expuso las implicaciones de un proyecto como MediaCommons en el futuro de la publicación académica. La exposición discutía las ventajas que ofrece una revisión por pares de manera abierta, dentro de un proceso de publicación también abierto, frente al modelo tradicional de revisión anónima y cerrada. La propuesta causó polémica, porque toca uno de los ejes de la estructura de poder académico actual. El mayor argumento en contra de la propuesta es que el modelo de revisión por partes actual es un modo de acreditar el valor del académico más que del texto, relevante para tejerse un prestigio en el medio universitario. La discusión, sin embargo, quedó abierta, y muestra el carácter alternativo que las humanidades digitales tienen hoy en día dentro de la academia.
Reading Darwin Between the Lines: A Computer-Assisted Analysis of the Concept of Evolution in The Origin of Species de Maxime B. Sainte-Marie; Jean-Guy Meunier, una exposición de resultados del análisis de los patrones de uso del término evolución y otros relacionados con el en las distintas ediciones del Origen de las especies, dio lugar a un interesante debate sobre la profundidad de este tipo de estudios. Los autores del trabajo afirmaron no haber leído el libro de Darwin, pero tenían conclusiones fuertes, resultado del procesamiento del texto, sobre el modo en que el concepto avanza en las sucesivas ediciones de la obra.
Finalmente, la plenaria final, con el sugerente título de Present, Not Voting: Digital Humanities in the Panopticonuna, de Melissa Terras. Excelente exposición sobre la situación de las humanidades en Europa –tan maltrechas como en todas partes- y el lugar que en ellas ocupan las humanidades digitales: present, not voting. Las conclusiones fueron un catálogo de acciones a emprender por la humanidades digitales en el futuro para mostrar su viabilidad y valía. Si te interesa, puede verse completa aquí.
(14 julio 2010)

El día del póster

Finalmente hoy fue el día para presentar el póster. En un salón espacioso te asignan un stand, que tiene un biombo para colocar el póster y enfrente una mesita para poner la computadora. Al iniciar la sesión, el asunto es parase enfrente para que la gente pase a preguntarte por lo que tienes expuesto, aunque en realidad, pueden llegarte a preguntar lo que sea. Quizás lo más interesante es que, más que para presentar el proyecto, porque muy pocos realmente leen los póster, es un lugar para hacer relaciones públicas y a eso van quienes te visitan. En mi caso, quienes organizan el siguiente DH en Stanford, porque están interesados en que haya participación en Español, pero también un finlandés que tiene un proyecto semejante.
En cuanto al resto de la  conferencia, ayer fue un día flojo. Las mejores mesas estaban todas puestas de manera simultánea. Decidí ir a una sobre social media y educación, que resultó un desastre. Primero porque el análisis del uso del social media era artificial, es decir, sobre un grupo en Facebook que no tenía más que 50 miembros, y porque la presentadora no quería ser escuchada.
Después asistía a dos muy buenas presentaciones sobre anotación y otologías. Las presentaba un proyecto muy ambicioso de buscaba poner en relación las con el objeto que anotaban. El Open Annotation Collaboration. Por ejemplo, el comentario hecho en twiter, o en un blog, o en algún otro mecanismo de  sobre un libro, una pintura, un objeto de museo, un texto en una biblioteca etcétera. El otro, fue una discusión intensa sobre las ontologías, que son las notaciones para clasificar un cierto objeto, (texto, palabra, documento… ) y que es uno de los temas centrales en la parte de descripción de los objetos digitales. Muy técnica para mi, que comprendí poco del fondo de la discusión, pero sin duda, una de las más apasionantes. (9 julio 2010)

Futbol, inscripciones y TEI

Ayer no escribí porque, en esencia, solo estuve brevemente en la inauguración del congreso y me salí antes de la intervención principal. Ni modo. Jugaban Alemania/España. Pero hoy, desde las 9:00 he estado escuchando proyectos e ideas sobre la convergencia de cómputo y humanidades. Comenzaré por hablar de la presentación de Digitizing the Act of Papyrological Interpretation de Ségolène M. Tarte. A mi juicio una brillante presentación de qué es leer una inscripción, y una propuesta muy interesante de cómo crear una  herramienta tecnológica para registrar el proceso de estudio e interpretación del texto. Como ignorante del tema, la sola exposición de los problemas que enfrenta alguien que trabaja con inscripciones me cautivó, pero la manera en que la comprensión de esos problemas se vertía en la construcción de una herramientas dónde registrar el trazo que el investigador hace de la inscripción para definir patrones de movimiento y un marco analítico de por qué optó por ese trazo fue luminoso. La idea básica es que la tecnología no sustituye al investigador, sino que extiende sus habilidades y registra, o lo intenta, el acto mismo de interpretar, que sin duda, es lo más complejo.
Su intervención fue precedida por la de los integrantes de eAqua, que se propusieron hacer un sistema para sistematizar electrónicamente las rimas de Plauto. Proyecto complejo, que prueba la dificultad de automatizar la interpretación, pero que explora el camino de producir una automatización en un terreno tan difícil como el de la filología clásica.
Por la mañana, estuve en mesas menos espectaculares y más técnicas. Una dedicada a la documentación con TEI, otra sobre cómo recuperar de los e-journals la información para crear otra forma de lectura, más semejante a la de un periódico mural… Y luego me metí a algo llamado Stilometría… es decir, cómo computar las palabras para poder estudiar y comprender el estilo. En este caso, la exposición era sobre unos diarios de finales del siglo XIX sin autor que habían sido atribuidos tradicionalmente a un autor, y que después de computar más de 30,000 páginas de autores probables y textos de control (como en las ciencias) se llegó a la conclusión de atribuirlos a otro. En esencia estas son las tres grandes áreas que dominan el congreso: los que marcan texto (para investigar, preservar…), los que procesan el texto y, unos que no vi, los que se interesan por la visualización.
En la noche habló uno de los fundadores de las humanidades digitales. Una paradoja que uno de los fundadores hablar del futuro de la humanidades digitales. Sus ideas eran claras, y llenas de optimismo… quizás en demasía. Pero es bueno creer que lo que se hace, trasforma el mundo hacia mejor.. (8 julio 2010)

Digital Humanities Lab y ThatCamp: pudo haber sido mejor

Las actividades de hoy anticipaban un buen día. Taller sobre cómo construir un laboratorio de humanidades digitales, y el ThatCamp que se propone como una alternativa lúdica, productiva y de colaboración para las humanidades digitales. Asistí a la presentación del ThatCamp, hecha por Dan Cohen. En ella se discutieron algunos temas y algunas ideas que serían las dominantes durante el día. Después me fui al taller, que resultó ser más bien una presentación del Townsend lab del centro Townsend de la Universidad de Berkeley. Hecha sin mucho entusiasmo por una joven docente, me dejo poco convencido de que se tratara efectivamente de un laboratorio. Mi impresión es que, más bien, se trata de un sitio hecho en Drupal para la distribución de información de proyectos. A pesar de ello, algunas ideas interesantes escuchadas tienen que ver, primero, con la idea de que un laboratorio de humanidades digitales no es, necesariamente, un espacio físico. Que puede desarrollarse a partir de la selección y uso de un determinado grupo de herramientas por una comunidad dada, y que puede funcionar, precisamente, como precursor de un uso más extensivo de herramientas digitales en la investigación. ThatCamp, por su parte, me desilusionó. Asistía a la sesión de Comic y Story telling que se centró en la discusión de los derechos de autor coordinada por el propio Cohen. Para comenzar, tenía ese toque de “campamento” de verano: el monitor en shorts y con camiseta del evento. Y luego, la dinámica no fue más allá de una simple discusión, que puede ser mejor o peor, más rica o más pobre, pero a la que no le vi mayor diferencia. Una promesa de informalidad, que terminó siendo formal. PEro que tiene logo y es marca registrada. Lástima. (6 de julio 2010)

eAqua

Hoy asistí a un taller sobre el proyecto eAqua de la Universidad de Lepzin. Vimos operar tres diferentes herramientas. Una que permite el rastreo de citas a partir del reconocimiento del texto, cuya novedad más importante es que presenta los resultados en forma de diagramas y líneas de tiempo. Así, con respecto al Timeo de Platón, por ejemplo, el sistema muestra qué autores citan ese texto, en qué época y qué páginas o pasajes del texto son citados. La segunda es una herramienta de búsqueda que asocia palabras por contigüidad, a partir de distintos algoritmos, y que los presenta a modo de mapa mental. La última herramienta es el uso del modelo de “completar” palabras que conocemos, para aplicarlo tanto a textos griegos, latinos como a los papiros.
En sí mismas, cada una de estas herramientas parece enormemente útil. Yo en particular, quedé asombrado por la primera. Pero lo más interesante de ellas es que están hechas para explotar una base de datos ya existente y en ese sentido constituyen un segundo nivel en cuanto a la generación de recursos digitales. Junto a ello se discutió la importancia que tiene la presentación de la información para hacerla más útil. Es decir, que existen otras formas gráficas, no sólo textuales, que facilitan el uso de la información contenida en los textos. La idea más relevante, a mi juicio fue que investigar es también una forma de buscar, pero buscar lo que no conozco. Esa es la diferencia entre quien busca normalmente en Google a partir de términos cuya relación ya conoce, y quién busca una relación entre términos que, en realidad, no sabe aun que existe.(5 de julio 2010)
El póster
Del 5 al 11 de julio asistiré a dos eventos: el ThatCamp London 2010 y el congreso Digital Humanities 2010. Voy a ambos por mi interés y mi trabajo en las humanidades digitales. De hecho, asisto porque me fue aceptado un póster, resultado del trabajo hecho en laBiblioteca Digital del Pensamiento Novohispano, en el Digital Humanities y eso me abrió la puerta para participar también en el evento ThatCamp. Es la primera vez que presento un póster en un congreso, y voy con la sensación del niño que participa en la Feria de ciencias.
Hacer el póster ha sido muy entretenido y mucho menos dramático que escribir una ponencia. Elaborar un cartel de 120 por 90 centímetros, más o menos, resultó al final ser menos conflictivo que preparar el abtract para someterlo a dictamen. Como lo importante es presentar información, mostrar las lecciones y lo aprendido, uno se preocupa mucho menos por ser inteligente, que por ser claro. Además, como al final será una imagen, uno termina por recortar la prosa, precisar las palabras, pero sobre todo por idear las imágenes que acompañarán todo lo que se dice, el trabajo es mucho menos angustioso.
Por supuesto, no hice yo sólo. Colaboraron participantes en la Biblioteca, como Isabel Galina y Ali Martínez, y quién diseñó el póster Iván Mejía, cómplices, como han sido, de muchas cosas relativas al esfuerzo de construir un proyecto en el campo de las humanidades digitales en México y en la UNAM.
Pero la idea de estar parado frente a mi póster, en un salón, para dar explicaciones a los concurrentes, me causa aun un cierto conflicto. (Julio 2,  2010)
ThatCamp
Leo en Dirt a cerca de ThatCamp (The Humanities and Technology Camp) una “unconference” sobre Humanidades digitales. Se trata de una reunión académica con una metodología diferente a cualquier otra reunión tradicional. En primer lugar, como se lee en el propio sitio de ThatCamp, no se trata de un evento al que uno asista como espectador, sino en el que se va a participar, y la agenda del día es establecida por los propios asistentes, en cada sesión. Las sesiones, por otro lado, se hacen públicas de manera simultánea porque todos twitean y blogean al tiempo que discuten los proyectos. En esencia, uno se inscribe proponiendo un proyecto, y la reunión ha de servir para ayudar a desarrollarlo, mediante la colaboración de los participantes, algo más o menos semejante a los los DevHouse organizados para desarrolladores. Todo esto es muy interesante, pero quizás el punto más valioso en esto, es el cambio de metodología en el trabajo. No se trata de asistir a una reunión con colegas con resultados terminados sino quizás, solo con la simiente, y el desarrollo no es necesariamente individual y personal, sino fruto de un modelo de colaboración abierta.

 

Guía de Perplejos

Regresas a la ciudad de México ha significado en parte, un reencuentro con infinidad de cosas casi olvidadas. En el trajín de la limpieza y la selección di con este texto de Alberto Constante en el que reflexiona sobre qué es filosofía a partir de una intervención de Heidegger de 1955. El texto, me parece, tiene la suerte de hacernos extraña la palabra filosofía –que pensamos siempre tan cotidiana- y conducirnos y confrontarnos con el origen griego del término. Dos efectos sobre los que vale la pena reparar.

Al comentario

 

 

Comentario de Carlos Vargas al texto de Alberto Constante

 

¿Cuál final, cuál comienzo para la filosofía?

Alberto Constante

Was ist das-die philosophie? Preguntaba Heidegger en un coloquio celebrado en Francia en agosto de 1955. Comenzar con una interrogación forma parte de la tradición de la exposición filosófica y remite a la temible dialéctica socrática. No obstante, la pregunta, tal y como la establece Heidegger, nos sugiere un claro en el bosque donde siempre se titubea y uno se siente desvalido porque ahí no hay certezas. El énfasis está puesto tanto en el ist y en das como en Philosohie. Es decir, antes de nombrar el objeto de la investigación que es la filosofía, el pensador de la Selva Negra hace que resalte lo problemático de los procesos de predicación y de objetivación. Insinúa, y la insinuación constituye al mismo tiempo la fuente el núcleo de su pensamiento, que el ist, el postulado de existencia, precede y determina cualquier interrogación significativa, y sugiere que el das, el quid est, como dirían los académicos, a la cual está dirigida la pregunta, y de hecho cualquier pregunta de carácter grave, es un postulado de enorme complejidad. Al poner de relieve die Philosophie, Heidegger nos obliga a reconocer un hiato y a hacer una pausa entre la forma más general de la interrogación ontológica (“¿qué es esto o aquello o cualquier cosa?”) y el objeto específicamente enfocado. Es decir, Heidegger logra un doble efecto de enorme sutileza. Hace del concepto de filosofía, del cual todos podríamos pretender tener un dominio cotidiano y seguro, algo extraño y distante.
Esta distancia es necesaria, porque al sernos aparentemente tan cercana no damos con ella sino dificultosamente. Preguntamos qué es esto llamado filosofía y al preguntar le pedimos a una palabra que se revele a sí misma. Pero ¿cómo puede haber revelación si no escuchamos atentamente, si tratamos de imponerle al objeto de nuestra investigación fórmulas analíticas apriorísticas o prefabricadas? Si escuchamos “la palabea ‘filosofía’, como dice Heidegger, está hablando griego. La palabra, en tanto que palabra griega, es un camino”. Es claro que en la palabra filosofía está el poder y la fuerza del argumento. El lenguaje es el que habla, y no, no exclusivamente al menos, al ser humano. ¿Y qué nos dice la palabra? “La palabra philosophía nos dice que la filosofía es algo que, por primera vez, determina la existencia del mundo griego. No sólo esto: la philosophía determina también el rasgo fundamental más profundo de nuestra historia occidental europea”.
La philosophía constituye, por lo tanto, la fundación y el ímpetu formativo de la historia de Occidente. La filosofía exige que aquellos que la aprehenden, de aquellos cuyo “camino de cuestionamiento” es verdaderamente profundo y desinteresado, por el hecho mismo de que su naturaleza y la única articulación que puede darle un auténtico significado y una existencia ininterrumpida son griegas, que se replanteen todo el alcance de sus implicaciones como si éstas fueran vividas y expresadas por los griegos.
Estoy persuado con Heidegger de que no sólo la filosofía es griega sino que griega es “también la manera como preguntamos; la manera como aún se pregunta es griega”. Cuando hablamos de filosofía la palabra misma nos re-convoca, nos re-clama al lugar donde comenzamos a ser, donde nos crearon; que es el discurso y el pensamiento griegos. Cuando preguntamos ¿qué es esto, la filosofía?, la pregunta encuentra su procedencia histórica, una dirección y un futuro histórico. El quid del asunto radica en si, a través de los siglos hemos sido capaces de crear las condiciones necesarias para poder seguir preguntando en griego. Es decir, ¿podremos seguir preguntando por aquello que merece ser preguntado, no en el sentido de tener una garantía de respuesta, sino por lo menos la seguridad de una réplica orientadora? Hay, al menos así se percibe, este gran reto de la propia filosofía, una clara posibilidad de que estas preguntas ya no admitan respuesta alguna.
La más cruel de las paradojas de la desconstrucción consiste en que apenas intuimos qué sea eso de filosofía en medio de nuestra pequeña tiniebla griega, frente a la evidencia de que hay un punto en el que todo acaba. Una cosa parece clara, y es que el desafío de poder seguir no puede ser eludido.

Alberto Constante
¿Cuál final, cuál comienzo para la filosofía?
Theoría Numero 18. Julio de 2007

 

Comentario

El texto me hace reaccionar en lugar de reflexionar. Me rebelo ante la idea de una filosofía definida como griega, donde la manera de preguntar sea también griega. Sometida la filosofía a su origen, a donde la palabra nos “re-convoca y nos re-clama”, me siento un extraño frente a ella. ¿Qué tengo que ver yo hoy con los griegos? ¿Remite mi actividad, mi forma de reflexionar, inevitablemente a Grecia y a Occidente?
Por supuesto, sería una ingenuidad responder no. Las raíces griegas y occidentales de la filosofía están ahí, existen, y volvemos a ellas una y otra vez como a una fuente que mana eternamente. Pero me pregunto si lo griego del origen agota toda filosofía. Si acaso es imposible una separación radical de la filosofía de su origen. Si, en un periplo que la lleva a otras tierras y otros mundos, en el espacio y en el tiempo, la filosofía no construye por otros senderos, una invención de sí misma dónde, por qué no, incluso niegue su estirpe.
Reparo que el texto usa tres grafías diferentes de la palabra en cuestión: Philosophie, philosophía, filosofía. Intuyo la existencia de un significado en la mutación gráfica, pero también idiomática de la palabra. Hay ahí una historia de continuidades y rupturas. Me digo, la palabra “filosofía” no está en griego aunque remita, a través de la filología, a esa la lejana Atenas de Pericles. Pero tampoco ignoro que los primeros filósofos criollos de la Nueva España, se referían a México como la Atenas americana, tal vez para crear “las condiciones necesarias para poder seguir preguntando en griego”.
Por estos derroteros, el texto de Alberto Constante me conduce a reflexionar sobre las dificultades presentes de hacer preguntas filosóficas en México. Sobre la sensación de extrañeza e indudable falta de identidad de quienes formulamos esas preguntas. Acaso filosofar no es hoy como querer preguntar precisamente en griego. Enunciar las inquietudes en un idioma que excluye a quienes no lo hablan. Hacerlo te vuelve un extraño, y esa extrañeza conduce a menudo a dudar del dominio de la lengua tanto como de su fidelidad al origen. A fin de cuentas, en nosotros filosofar es un traslado y una reinvención, y no la seguridad de una casa y un origen. Filosofar implica el esfuerzo de la construcción de las condiciones para su existencia. Es decir, no podemos dar nada por sentado.
Si bien hoy el campo más fértil para ella es la academia –con sus asegunes y problemas-, es una tierra que se seca si no se alcanzan nuevas zonas de sembradío. Sí, la tarea es ardua. No basta el discurso ni el comentario, es necesaria y mucho la traducción, pero también la formación del espacio cultural en que la pregunta filosófica tiene sentido. Esto no sólo es labor de difusión. Es el trabajo de creación espacios de vida filosófica, de colectividades en donde la preguntas, al menos, tengan réplica.
Hay que darse pues, a la tarea de imaginar un espacio para la filosofía entre las peceras y los balazos de los narcos, las telecomedias y el futbol, el inglés y la computación. Y habrá que pensar si ese lugar está en griego…

 

El presente en el pasado: Life on Mars

Hay una mirada escéptica que, desde el pasado, mira al presente para ponerlo en entredicho. ¿Qué pensarían de nosotros, de nuestros prejuicios y modas, los hombres de, digamos, 1973?

La llegada de Sam Tyler, un detective del año 2006, a la estación de policía comandada por Gene Hunt, en Manchester en 1973, desata un conflicto que, primero es visto como una constante crítica a los procedimientos policiales de 1973 (que en México, por cierto, no han cambiado mucho), pero poco a poco comienza a convertirse en una crítica a la mayoría de los supuestos –cientificistas, buena onda, comprometidos- que son moneda común de nuestra era.

Juego de ida y vuelta, en que puestos frente a frente con nuestros antepasados más inmediatos, no hay razón para ser optimistas, Life on Mars, la serie producida por la BBC en 2006 con una continuación en 2007, construye otra dimensión del viaje hacia el pasado: la de tomar distancia de un presente que se asume siempre como mejor, pero que se revela también como una desviación, una ruptura negativa, respecto al pasado. Recuento de aciertos y daños, mirar al pasado no puede ser solo confortarse con la alegría del “progreso” .

 

 

Esto último fue, sin embargo, lo que hizo la cadena ABC en Estados Unidos, al lanzar en el 2008 su versión de la serie: convertir Life on Mars en una constante reivindicación de los éxitos del presente, de la indudable superioridad de nuestros valores, del radical optimismo sobre el presente. En ella, Sam Tyler no es un igual entre extraños, a quienes juzga y por quienes es juzgado. Es un ser superior entre inferiores y el viaje al pasado se vuelve el más bien individualista, trillado y aburrido viaje en busca de la propia identidad.

 

 

La versión americana desperdicia así el que es un acierto en la versión inglesa: la cercanía del pasado. En 2006, e inclusive, en 2009, un porcentaje alto de los que estamos vivos, vivimos algo de los 70. Yo, por ejemplo, era un adolescente. Pero otro porcentaje alto no lo vivió en ningún sentido. Y nada sabe de él, salvo por referencias y anécdotas. Compararnos con ese pasado es confrontar dos generaciones… los que aun están y los que vienen. Los que construyeron y los padecen esos resultados. Y el ejercicio, creo, al final, es interesante. Qué veríamos aquí si, como Sam Tyler, un día nos despertáramos en 1973, con Echeverría en el gobierno, la guerrilla secuestrando empresarios, la muerte de Allende en Chile y todo eso de lo que, hoy… somos todavía deudores.

Criterios de evaluación de publicaciones digitales

La producción científica, especialmente en las ciencias sociales y en las humanidades, ha girado en torno a la publicación de libros y artículos. En gran medida, la acreditación del valor y la calidad científica de esas publicaciones ha sido, y continua siendo, dependiente del proceso de publicación editorial tradicional: el proceso de selección de los textos por un editor o comité editorial o grupo de pares, la periodicidad obligada por la forma de producción de la revista, el prestigio de la casa editorial y su capacidad de distribución, etcétera. Hoy sin embargo, la aparición de Internet ha venido a poner en cuestión este modelo, abriendo una serie de debates cuyo final es aun incierto, pero que en los hechos han comenzado a discutir desde la continuidad del libro (y la revista impresa) como dispositivo de lectura, la permanencia de la industria editorial bajo el modelo que hoy conocemos, hasta la forma de llevar a cabo el proceso de revisión por pares. Esto significa, para la acreditación del valor y la calidad científica de las publicaciones, un desafío enorme, no sólo por la necesidad de adecuar los modelos actuales de validación a los cambios de soporte (como se ha hecho parcialmente en el caso de las revistas), sino por la necesidad de encontrar formas de evaluación de calidad científica para formatos y modos de publicación que no corresponden ni al libro ni al artículo, y que siguen un proceso de elaboración y difusión completamente diverso. Sin la pretensión de ser exhaustivo, me refiero a los blogs, a las producción de ediciones académicas en línea, la generación de bibliotecas digitales, los sistemas de colaboración bajo el modelo de redes sociales y, para dejarlo abierto, todas las que de un modo u otro, están aun por venir. Las reflexiones que presento a continuación intentan presentar los problemas de evaluación a los que nos confrontan estas nuevas producciones científicas, así algunas propuestas de criterios de evaluación y validación, de estas publicaciones.

II
Comenzaré refiriéndole, muy brevemente, al tema de las revistas digitales, como primer paso para introducir los problemas centrales a los que se enfrenta la formulación de criterios de evaluación científica para las nuevas publicaciones.
La aceptación de revistas en formato electrónico por parte del Conacyt ha sido relativamente resiente y producto, como puede saberse, de la sistemática migración de las revistas académicas a formatos digitales, la aparición de nuevas revistas en este formato y la aparición de los repositorios digitales de artículos académicos, que han generalizado el uso de archivos en vez de revistas.
En esencia, el reconocimiento de las revistas digitales se ha hecho, como cabría esperar, bajo el mismo modelo de las publicaciones en papel. Los criterios de valoración académica son, en esencia idénticos y solo hay dos requisitos en donde se reconoce que se está ante un sistema diferente de publicación. Uno es la exigencia de hacer públicas las estadísticas de distribución (numero de visitantes, artículos descargados, etcétera) y la otra, el establecimiento de la periodicidad a la que se comprometa la revista. Hay que decir, sin embargo, que sin hacerlo explícito, estos criterios asumen también, de manera relevante, que las revistas digitales deben ser repositorios de archivos y que los artículos no son documentos HTML o XML, sino archivos descargables, txt, pdf, doc, rtf.
En principio, podemos calificar estos criterios de valoración como conservadores respecto a las posibilidades de edición electrónica. Básicamente, exigen a la revista digital comportarse como una revista de papel escaneada. Esto no constituye en sí mismo un problema. Pero muestra, sin embargo, que no se toman en cuenta ciertas características fundamentales de la publicación digital que deberían conformar criterios centrales de valoración para una publicación científica y académica. Enunciaré dos que me parecen centrales hoy: uno es la habilidad de búsqueda dentro de las revistas, dos, es la inclusión de protocolos para compartir información, como OAI, que permitan la indexación de la información por otros sistemas.
En realidad, una revista no es digital porque ofrezca a través de internet un índice plano y resúmenes, o incluso descargas de PDF o archivos HTML de su contenido. Sin habilidades de indexación, búsqueda y recuperación de la información, es como si siguieran siendo de papel, pues en un punto serían “mudas” para la red. Un cajón más donde buscar en lugar de un sistema realmente integrado a la circulación de conocimientos.
Lo que hace que los repositorios de artículos académicos sean tan populares y cada vez más necesarios como herramienta de investigación, es precisamente porque indexan mucha información de los artículos a su disposición y ofrecen herramientas sofisticadas de búsqueda. Y el valor de los repositorios sobre las revistas es precisamente que facilitan el encuentro de la información apropiada, en bases de datos amplísimas.
Lo que ocurre es que Internet es mucho más que un canal de distribución. Internet es sobre todo una gran herramienta de búsqueda y recuperación de información, y en estos momentos, cada vez más, un vehículo de socialización de la información. Para que una revista científica cumpla su cometido científico debe poder colocar información para su circulación en internet. Y esa circulación debe contemplar, precisamente, habilidades de búsquedas dentro de su sitio, tanto como capacidades de compartir la información. Incluir estos como criterios elementales de valoración científica en las revistas digitales deberá conducir a eliminar algunos formatos de archivo (txt, rtf, docs) por ser inoperantes para compartir información e incluir otro formato además del PDF, como es XML, para que la búsqueda pueda ser más sofisticada.

II
Pero dejemos ahora las revistas y pasemos a hablar de eso a lo que se le llama “libro electrónico”. Desde mi punto de vista, hay varios factores que están influyendo para que el PDF se esté convirtiendo en un “libro electrónico”. Por un lado, existen una serie de condiciones que están empujando el mundo de la edición especializada hacia la publicación electrónica. Una es el hecho de que mientras los presupuestos para la edición en papel se mantienen o, incluso, van en declive, la presión para que investigadores y profesores generen publicaciones va al alza. Por otro lado, las limitaciones en el número de ejemplares que se autorizan para cada tiraje con presupuestos universitarios (500) y las deficiencias en la distribución de los libros, hacen que el impacto de éstos sea, en realidad, mínimo, y que la distribución en internet de archivos electrónicos se vuelva mucho más interesante. Se sabe por otro lado, que los artículos publicados en internet tienen un índice de citación mayor que los publicados en papel. (Christine L. Borgman. The Digital Future is Now: A Call to Action for the Humanities. Fall 2009 Volume 3 Number 4)
Por otro lado, hay una serie de hechos que han ido haciendo del PDF la metáfora electrónica del libro. Uno, la circulación de libros escaneados en formato PDF como práctica académica común, que ha venido a sustituir la circulación de fotocopias. Y, como ya se mencionó antes, la adopción del PDF como formato para la circulación de artículos especializados..
Sin embargo, el hecho determinante, en del terreno simbólico, para que los archivos PDF se estén convirtiendo, de la noche a la mañana, en libros electrónicos, ha sido la aparición de los dispositivos de lectura como el Kindle de Amazon y todas sus variantes comerciales, hasta el Ipad de Mac.
En realidad, no importa que los dispositivos no estén disponibles en México, y que su llegada, si alguna vez ocurre –en realidad, es aun muy pronto para saber si será la tecnología y el modelo que prevalecerá al final- pueda darse, de forma masiva, hasta dentro de algunos años. Pero el término libro electrónico, y la asociación de dispositivos con librerías virtuales como Amazon y casas editoriales, ha venido a ser clave para que, súbitamente, algunos bites se conviertan el libros.
Ahora bien, definir criterios de evaluación en estas publicaciones es urgente, porque ya se están produciendo libros electrónicos y una forma importante de producción científica pasará en muy poco tempo a aparecer en este formato. De hecho, uno de los problemas fundamentales al definir los criterios de valoración de las publicaciones académicas, es que el sistema tiene que cambiar una posición conservadora, por una posición activa de producción de políticas para la evaluación y el reconocimiento de los productos digitales, no sólo para valorar los que de hecho ya se están produciendo, sino para no frenar el desarrollo científico al quedar atado a modelos y sistemas de valoración que no corresponden a lo que está produciendo la comunidad científica.
El desafío principal que plantea el libro en PDF es que no es necesaria una casa editorial para producirlo y que la confianza depositada en la producción del libro como un gasto que solo se justifica a partir del valor de la publicación, desaparece. El problema, si embargo, aquí es idéntico al de las revistas. El libro no será más que un artículo grandote. Y el problema debe plantearse en términos muy semejantes a los de las revistas. Cómo deben ser los repositorios y cómo deben operar, dictaminar, elegir la inclusión de un archivo, los repositorios de libros electrónicos para que sean reconocidos académicamente.
De hecho, los criterios aplicados a las revistas, pueden aplicarse aquí también y, de nueva cuenta, solo habría que insistir en que deben contemplar formas de búsqueda y de indexación para que realmente tengan un valor científico como distribuidores de conocimiento.
Quizás en este momento se pueda ver con más claridad, que lo que antes llamábamos libros y revistas, y casas editoriales, ahora pueden llamarse repositorios electrónicos. De hecho, la discusión más intensa en la industria editorial norteamericana tiene como fondo esto: la creciente importancia de quien distribuye digitalmente, frente a las casas editoriales que, como las disqueras, están perdiendo la batalla de hacer llegar a los lectores los textos de manera más eficiente. (Cf. Publish or Perish Can the iPad topple the Kindle, and save the book business? by Ken Auletta)
Esto quiere decir que debe contemplarse trasladar los criterios académicos hacia un nuevo instrumento que son los repositorios digitales institucionales. Esto llevará todavía cierto tiempo, pero es importante que comencemos a pensar en ellos, para definir criterios y modelos de valoración, y para estimular la creación de repositorios institucionales.

III
Paso ahora a la parte que me parece más relevante, y que son todas los productos académicos que no tienen un equivalente en papel, y cuyos ejemplos son muy escasos en la producción académica mexicana, en gran medida por encontrarnos con dos fenómenos simultáneos: una comunidad científica conservadora y sin conocimiento real de las nuevas tecnologías, y la falta de estímulos para la exploración de nuevos modelos de producción de conocimiento en humanidades y ciencias sociales por parte de instituciones como el Conacyt y el propio SNI, al carecer de formas para su acreditación, valoración y reconocimiento. Me refiero, en primer lugar, a las ediciones académicas de textos. Hay ediciones académicas –para no discutir aquí si son efectivamente ediciones críticas- de textos relevantes para su estudio como la edición del Codex Sinaicus  http://www.codexsinaiticus.org/en/, o las 900 tesis de Pico della Mirandola, http://www.stg.brown.edu/projects/pico/index.php, por citar sólo dos que yo frecuento. Ambas son ediciones muy especializadas en formato digital, sustentadas en una serie de procedimientos académicos ya estandarizados en buena parte del mundo, a partir de los cuales es posible reconocer la calidad académica de la publicación. Los criterios son similares a los utilizados en bibliotecas digitales (que son distintas a las bibliotecas digitalizadas) como el Perseus project (http://www.perseus.tufts.edu/hopper/) de textos clásicos, o la biblioteca Bivio de textos renacentistas http://bivio.signum.sns.it/. Estos tienen que ver con el modo de representación de los textos (trascripción, imagen), su marcado utilizando estándares de XML como TEI de la Text Encoding Iniciative, el uso de estándares de interoperatividad como OAI para la difusión de su contenido a otros sistemas, y buenas prácticas como la documentación publica de los procedimiento seguidos, la acreditación académica de los participantes, el respaldo de instituciones al proyecto. En México ya hay en desarrollo, algunos incluso respaldados por el Conacyt, proyectos de esta naturaleza. Pero no hay, ya no digamos criterios de valoración, sino formas de acreditar este trabajo.
Es decir, el formato de captura de información del SNI en informes y solicitudes, no incluye un la posibilidad de documentar proyectos digitales como ediciones académicas. Además, en mi experiencia personal, en los criterios seguidos por los evaluadores, los proyectos digitales simplemente no son considerados, ni siquiera enumerados como parte de la producción científica evaluada. En otras palabras, no existen.
Se sabe, sobre todo en el área de humanidades, que algunos evaluadores han recomendado hacer una “obra de largo aliento” , lo que de suyo es académicamente incomprensible, pero que expresa claramente a mi juicio, una cultura centrada en un modelo que no es ni colaborativo ni digital, sino claramente centrado en el libro y en la imagen del investigador solitario que es, precisamente, la que está cambiando.
La preparación, diseño y ejecución de un proyecto de edición académica, como las mencionadas arriba, es un trabajo extraordinario que exige tanto rigor como el más complejo de los libros, y es necesariamente un trabajo de colaboración. Su valor como medio para socializar el saber y multiplicar su explotación colaboración, es infinita. Por eso considero que tenemos que avanzar, en este terreno, en dos direcciones: la primera es en la forma de acreditar este trabajo en los informes y en los medios de evaluación tanto en el SNI como en las instituciones académicas. La segunda, es que tenemos que colaborar en la difusión de estos productos como productos de alto valor académico, lo que implica a la vez, un esfuerzo de reconocimiento y de promoción de una cultura digital en todos los miembros del sistema.
Hay otros productos que pueden incorporarse a esta discusión. Por ejemplo, los sitios web de investigación. No me refiero a los sitios de grupos académicos o de instituciones que anuncian lo que trabajan y lo que hacen, sino los que son resultado de la investigación. Por ejemplo, el sitio sobre las noticias en la época de los derechos civiles de la Universidad de Virginia, o sobre la emigración de afro americanos a Liberia en el siglo XVIII. Estos son productos de investigación y formas de comunicación científica que como los dos anteriores, también requieren de un espacio para su acreditación y de la estandarización de criterios para su evaluación académica. En el mismo sentido, su reconocimiento académico debe ser difundido entre los miembros de las comisiones evaluadoras y del sistema todo, quizás a partir de los mismos criterios propuestos paa las ediciones académicas.
Dejo al final los blogs porque son más polémicos, y no me referiré a actividades tan resientes como el participar en redes sociales académicas. Decir que un blog puede ser una publicación académica quizás suena provocador. Pero no lo es. Los blogs académicos existen y algunos están alcanzando un prestigio muy alto, como medio de socialización del conocimiento y de diálogo académico. Pongo solo dos ejemplos de los muchos documentados por su continuo uso por la comunidad académica por bibliotecarios (Nancy L. Maron and Kirby Smith. Digital Scholarly Communication. A Snapshot of Current Trends), como son http://peasoup.typepad.com/ para el mundo de la filosofía o http://www.realclimate.org/ para el de las ciencias. ¿Puede la academia mexicana generar criterios para valorar y reconocer este tipo de producción académica y hacerlo rápidamente?
De entrada, no me atrevería a proponer aquí criterios específicos sino apertura. Sería interesante identificar primero qué blogs se están produciendo en el ámbito de la ciencia y las humanidades en México, y desde ahí, comenzar a establecer formas de reconocimiento del trabajo científico expresado por ese medio. El SNI, como el Conacyt, son instituciones con capacidad para promover la utilización de otros medios de comunicación científica, o simplemente frenarlos. Y en este caso, es importante que los blogs académicos encuentren un lugar dentro del sistema. Es importante que el sistema no sea indiferente a este tipo de producción que de manera privilegiada alimentan y mantienen los investigadores más jóvenes y que sin duda lo harán las generaciones que se están formando. Para decirlo de manera muy simple: los productos académicos están cambiando. Hay nuevas formas y modelos de producción de conocimiento que requieren ser reconocidas. El SNI, como el Conacyt, tiene, en este caso, que ser parte activa en el reconocimiento y promoción de esos esfuerzos.
Hay un dato importante a considerar. En relación con lo que se está haciendo en el mundo, México está más de 20 años atrás, por lo menos, en el conocimiento y uso de las tecnologías de la información para su aplicación en las humanidades y ciencias sociales. Y un dique definitivo ha sido la indiferencia del SNI ante estas nuevas formas de compartir el conocimiento. Simplemente, la carencia de herramientas para acreditarlas, reconocerlas e incorporarlas a los modelos de hacer ciencia, es el ejemplo más claro de esa indiferencia.
Termino diciendo. El proceso de sustitución de un modelo basado en el libro por un modelo basado en la socialización del conocimiento, se está acelerando. Y lo que ello implica, en muchos sentidos, es una fractura generacional. En un punto, llegarán a saber –o de hecho, ya saben más- los jóvenes que los experimentados. Ese es un punto de tensión y de dificultad sin duda. El desconocimiento de cómo operan los nuevos sistemas, la sensación de imposibilidad frente a su uso, son factores que agudizan el empecinamiento en el uso de un modelo que esta en proceso de caducidad. Pero a nosotros nos toca, como comunidad, ser generosos y abrir la puerta a la innovación.