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Digital Humanities 2010

La misión de las humanidades digitales

Las mejores sesiones del congreso y las más polémicas fueron el sábado. Retengo tres: Open vs. Closed: Changing the Culture of Peer Review de Kathleen Fitzpatrick en el que expuso las implicaciones de un proyecto como MediaCommons en el futuro de la publicación académica. La exposición discutía las ventajas que ofrece una revisión por pares de manera abierta, dentro de un proceso de publicación también abierto, frente al modelo tradicional de revisión anónima y cerrada. La propuesta causó polémica, porque toca uno de los ejes de la estructura de poder académico actual. El mayor argumento en contra de la propuesta es que el modelo de revisión por partes actual es un modo de acreditar el valor del académico más que del texto, relevante para tejerse un prestigio en el medio universitario. La discusión, sin embargo, quedó abierta, y muestra el carácter alternativo que las humanidades digitales tienen hoy en día dentro de la academia.
Reading Darwin Between the Lines: A Computer-Assisted Analysis of the Concept of Evolution in The Origin of Species de Maxime B. Sainte-Marie; Jean-Guy Meunier, una exposición de resultados del análisis de los patrones de uso del término evolución y otros relacionados con el en las distintas ediciones del Origen de las especies, dio lugar a un interesante debate sobre la profundidad de este tipo de estudios. Los autores del trabajo afirmaron no haber leído el libro de Darwin, pero tenían conclusiones fuertes, resultado del procesamiento del texto, sobre el modo en que el concepto avanza en las sucesivas ediciones de la obra.
Finalmente, la plenaria final, con el sugerente título de Present, Not Voting: Digital Humanities in the Panopticonuna, de Melissa Terras. Excelente exposición sobre la situación de las humanidades en Europa –tan maltrechas como en todas partes- y el lugar que en ellas ocupan las humanidades digitales: present, not voting. Las conclusiones fueron un catálogo de acciones a emprender por la humanidades digitales en el futuro para mostrar su viabilidad y valía. Si te interesa, puede verse completa aquí.
(14 julio 2010)

El día del póster

Finalmente hoy fue el día para presentar el póster. En un salón espacioso te asignan un stand, que tiene un biombo para colocar el póster y enfrente una mesita para poner la computadora. Al iniciar la sesión, el asunto es parase enfrente para que la gente pase a preguntarte por lo que tienes expuesto, aunque en realidad, pueden llegarte a preguntar lo que sea. Quizás lo más interesante es que, más que para presentar el proyecto, porque muy pocos realmente leen los póster, es un lugar para hacer relaciones públicas y a eso van quienes te visitan. En mi caso, quienes organizan el siguiente DH en Stanford, porque están interesados en que haya participación en Español, pero también un finlandés que tiene un proyecto semejante.
En cuanto al resto de la  conferencia, ayer fue un día flojo. Las mejores mesas estaban todas puestas de manera simultánea. Decidí ir a una sobre social media y educación, que resultó un desastre. Primero porque el análisis del uso del social media era artificial, es decir, sobre un grupo en Facebook que no tenía más que 50 miembros, y porque la presentadora no quería ser escuchada.
Después asistía a dos muy buenas presentaciones sobre anotación y otologías. Las presentaba un proyecto muy ambicioso de buscaba poner en relación las con el objeto que anotaban. El Open Annotation Collaboration. Por ejemplo, el comentario hecho en twiter, o en un blog, o en algún otro mecanismo de  sobre un libro, una pintura, un objeto de museo, un texto en una biblioteca etcétera. El otro, fue una discusión intensa sobre las ontologías, que son las notaciones para clasificar un cierto objeto, (texto, palabra, documento… ) y que es uno de los temas centrales en la parte de descripción de los objetos digitales. Muy técnica para mi, que comprendí poco del fondo de la discusión, pero sin duda, una de las más apasionantes. (9 julio 2010)

Futbol, inscripciones y TEI

Ayer no escribí porque, en esencia, solo estuve brevemente en la inauguración del congreso y me salí antes de la intervención principal. Ni modo. Jugaban Alemania/España. Pero hoy, desde las 9:00 he estado escuchando proyectos e ideas sobre la convergencia de cómputo y humanidades. Comenzaré por hablar de la presentación de Digitizing the Act of Papyrological Interpretation de Ségolène M. Tarte. A mi juicio una brillante presentación de qué es leer una inscripción, y una propuesta muy interesante de cómo crear una  herramienta tecnológica para registrar el proceso de estudio e interpretación del texto. Como ignorante del tema, la sola exposición de los problemas que enfrenta alguien que trabaja con inscripciones me cautivó, pero la manera en que la comprensión de esos problemas se vertía en la construcción de una herramientas dónde registrar el trazo que el investigador hace de la inscripción para definir patrones de movimiento y un marco analítico de por qué optó por ese trazo fue luminoso. La idea básica es que la tecnología no sustituye al investigador, sino que extiende sus habilidades y registra, o lo intenta, el acto mismo de interpretar, que sin duda, es lo más complejo.
Su intervención fue precedida por la de los integrantes de eAqua, que se propusieron hacer un sistema para sistematizar electrónicamente las rimas de Plauto. Proyecto complejo, que prueba la dificultad de automatizar la interpretación, pero que explora el camino de producir una automatización en un terreno tan difícil como el de la filología clásica.
Por la mañana, estuve en mesas menos espectaculares y más técnicas. Una dedicada a la documentación con TEI, otra sobre cómo recuperar de los e-journals la información para crear otra forma de lectura, más semejante a la de un periódico mural… Y luego me metí a algo llamado Stilometría… es decir, cómo computar las palabras para poder estudiar y comprender el estilo. En este caso, la exposición era sobre unos diarios de finales del siglo XIX sin autor que habían sido atribuidos tradicionalmente a un autor, y que después de computar más de 30,000 páginas de autores probables y textos de control (como en las ciencias) se llegó a la conclusión de atribuirlos a otro. En esencia estas son las tres grandes áreas que dominan el congreso: los que marcan texto (para investigar, preservar…), los que procesan el texto y, unos que no vi, los que se interesan por la visualización.
En la noche habló uno de los fundadores de las humanidades digitales. Una paradoja que uno de los fundadores hablar del futuro de la humanidades digitales. Sus ideas eran claras, y llenas de optimismo… quizás en demasía. Pero es bueno creer que lo que se hace, trasforma el mundo hacia mejor.. (8 julio 2010)

Digital Humanities Lab y ThatCamp: pudo haber sido mejor

Las actividades de hoy anticipaban un buen día. Taller sobre cómo construir un laboratorio de humanidades digitales, y el ThatCamp que se propone como una alternativa lúdica, productiva y de colaboración para las humanidades digitales. Asistí a la presentación del ThatCamp, hecha por Dan Cohen. En ella se discutieron algunos temas y algunas ideas que serían las dominantes durante el día. Después me fui al taller, que resultó ser más bien una presentación del Townsend lab del centro Townsend de la Universidad de Berkeley. Hecha sin mucho entusiasmo por una joven docente, me dejo poco convencido de que se tratara efectivamente de un laboratorio. Mi impresión es que, más bien, se trata de un sitio hecho en Drupal para la distribución de información de proyectos. A pesar de ello, algunas ideas interesantes escuchadas tienen que ver, primero, con la idea de que un laboratorio de humanidades digitales no es, necesariamente, un espacio físico. Que puede desarrollarse a partir de la selección y uso de un determinado grupo de herramientas por una comunidad dada, y que puede funcionar, precisamente, como precursor de un uso más extensivo de herramientas digitales en la investigación. ThatCamp, por su parte, me desilusionó. Asistía a la sesión de Comic y Story telling que se centró en la discusión de los derechos de autor coordinada por el propio Cohen. Para comenzar, tenía ese toque de “campamento” de verano: el monitor en shorts y con camiseta del evento. Y luego, la dinámica no fue más allá de una simple discusión, que puede ser mejor o peor, más rica o más pobre, pero a la que no le vi mayor diferencia. Una promesa de informalidad, que terminó siendo formal. PEro que tiene logo y es marca registrada. Lástima. (6 de julio 2010)

eAqua

Hoy asistí a un taller sobre el proyecto eAqua de la Universidad de Lepzin. Vimos operar tres diferentes herramientas. Una que permite el rastreo de citas a partir del reconocimiento del texto, cuya novedad más importante es que presenta los resultados en forma de diagramas y líneas de tiempo. Así, con respecto al Timeo de Platón, por ejemplo, el sistema muestra qué autores citan ese texto, en qué época y qué páginas o pasajes del texto son citados. La segunda es una herramienta de búsqueda que asocia palabras por contigüidad, a partir de distintos algoritmos, y que los presenta a modo de mapa mental. La última herramienta es el uso del modelo de “completar” palabras que conocemos, para aplicarlo tanto a textos griegos, latinos como a los papiros.
En sí mismas, cada una de estas herramientas parece enormemente útil. Yo en particular, quedé asombrado por la primera. Pero lo más interesante de ellas es que están hechas para explotar una base de datos ya existente y en ese sentido constituyen un segundo nivel en cuanto a la generación de recursos digitales. Junto a ello se discutió la importancia que tiene la presentación de la información para hacerla más útil. Es decir, que existen otras formas gráficas, no sólo textuales, que facilitan el uso de la información contenida en los textos. La idea más relevante, a mi juicio fue que investigar es también una forma de buscar, pero buscar lo que no conozco. Esa es la diferencia entre quien busca normalmente en Google a partir de términos cuya relación ya conoce, y quién busca una relación entre términos que, en realidad, no sabe aun que existe.(5 de julio 2010)
El póster
Del 5 al 11 de julio asistiré a dos eventos: el ThatCamp London 2010 y el congreso Digital Humanities 2010. Voy a ambos por mi interés y mi trabajo en las humanidades digitales. De hecho, asisto porque me fue aceptado un póster, resultado del trabajo hecho en laBiblioteca Digital del Pensamiento Novohispano, en el Digital Humanities y eso me abrió la puerta para participar también en el evento ThatCamp. Es la primera vez que presento un póster en un congreso, y voy con la sensación del niño que participa en la Feria de ciencias.
Hacer el póster ha sido muy entretenido y mucho menos dramático que escribir una ponencia. Elaborar un cartel de 120 por 90 centímetros, más o menos, resultó al final ser menos conflictivo que preparar el abtract para someterlo a dictamen. Como lo importante es presentar información, mostrar las lecciones y lo aprendido, uno se preocupa mucho menos por ser inteligente, que por ser claro. Además, como al final será una imagen, uno termina por recortar la prosa, precisar las palabras, pero sobre todo por idear las imágenes que acompañarán todo lo que se dice, el trabajo es mucho menos angustioso.
Por supuesto, no hice yo sólo. Colaboraron participantes en la Biblioteca, como Isabel Galina y Ali Martínez, y quién diseñó el póster Iván Mejía, cómplices, como han sido, de muchas cosas relativas al esfuerzo de construir un proyecto en el campo de las humanidades digitales en México y en la UNAM.
Pero la idea de estar parado frente a mi póster, en un salón, para dar explicaciones a los concurrentes, me causa aun un cierto conflicto. (Julio 2,  2010)
ThatCamp
Leo en Dirt a cerca de ThatCamp (The Humanities and Technology Camp) una “unconference” sobre Humanidades digitales. Se trata de una reunión académica con una metodología diferente a cualquier otra reunión tradicional. En primer lugar, como se lee en el propio sitio de ThatCamp, no se trata de un evento al que uno asista como espectador, sino en el que se va a participar, y la agenda del día es establecida por los propios asistentes, en cada sesión. Las sesiones, por otro lado, se hacen públicas de manera simultánea porque todos twitean y blogean al tiempo que discuten los proyectos. En esencia, uno se inscribe proponiendo un proyecto, y la reunión ha de servir para ayudar a desarrollarlo, mediante la colaboración de los participantes, algo más o menos semejante a los los DevHouse organizados para desarrolladores. Todo esto es muy interesante, pero quizás el punto más valioso en esto, es el cambio de metodología en el trabajo. No se trata de asistir a una reunión con colegas con resultados terminados sino quizás, solo con la simiente, y el desarrollo no es necesariamente individual y personal, sino fruto de un modelo de colaboración abierta.

 

Guía de Perplejos

Regresas a la ciudad de México ha significado en parte, un reencuentro con infinidad de cosas casi olvidadas. En el trajín de la limpieza y la selección di con este texto de Alberto Constante en el que reflexiona sobre qué es filosofía a partir de una intervención de Heidegger de 1955. El texto, me parece, tiene la suerte de hacernos extraña la palabra filosofía –que pensamos siempre tan cotidiana- y conducirnos y confrontarnos con el origen griego del término. Dos efectos sobre los que vale la pena reparar.

Al comentario

 

 

Comentario de Carlos Vargas al texto de Alberto Constante

 

¿Cuál final, cuál comienzo para la filosofía?

Alberto Constante

Was ist das-die philosophie? Preguntaba Heidegger en un coloquio celebrado en Francia en agosto de 1955. Comenzar con una interrogación forma parte de la tradición de la exposición filosófica y remite a la temible dialéctica socrática. No obstante, la pregunta, tal y como la establece Heidegger, nos sugiere un claro en el bosque donde siempre se titubea y uno se siente desvalido porque ahí no hay certezas. El énfasis está puesto tanto en el ist y en das como en Philosohie. Es decir, antes de nombrar el objeto de la investigación que es la filosofía, el pensador de la Selva Negra hace que resalte lo problemático de los procesos de predicación y de objetivación. Insinúa, y la insinuación constituye al mismo tiempo la fuente el núcleo de su pensamiento, que el ist, el postulado de existencia, precede y determina cualquier interrogación significativa, y sugiere que el das, el quid est, como dirían los académicos, a la cual está dirigida la pregunta, y de hecho cualquier pregunta de carácter grave, es un postulado de enorme complejidad. Al poner de relieve die Philosophie, Heidegger nos obliga a reconocer un hiato y a hacer una pausa entre la forma más general de la interrogación ontológica (“¿qué es esto o aquello o cualquier cosa?”) y el objeto específicamente enfocado. Es decir, Heidegger logra un doble efecto de enorme sutileza. Hace del concepto de filosofía, del cual todos podríamos pretender tener un dominio cotidiano y seguro, algo extraño y distante.
Esta distancia es necesaria, porque al sernos aparentemente tan cercana no damos con ella sino dificultosamente. Preguntamos qué es esto llamado filosofía y al preguntar le pedimos a una palabra que se revele a sí misma. Pero ¿cómo puede haber revelación si no escuchamos atentamente, si tratamos de imponerle al objeto de nuestra investigación fórmulas analíticas apriorísticas o prefabricadas? Si escuchamos “la palabea ‘filosofía’, como dice Heidegger, está hablando griego. La palabra, en tanto que palabra griega, es un camino”. Es claro que en la palabra filosofía está el poder y la fuerza del argumento. El lenguaje es el que habla, y no, no exclusivamente al menos, al ser humano. ¿Y qué nos dice la palabra? “La palabra philosophía nos dice que la filosofía es algo que, por primera vez, determina la existencia del mundo griego. No sólo esto: la philosophía determina también el rasgo fundamental más profundo de nuestra historia occidental europea”.
La philosophía constituye, por lo tanto, la fundación y el ímpetu formativo de la historia de Occidente. La filosofía exige que aquellos que la aprehenden, de aquellos cuyo “camino de cuestionamiento” es verdaderamente profundo y desinteresado, por el hecho mismo de que su naturaleza y la única articulación que puede darle un auténtico significado y una existencia ininterrumpida son griegas, que se replanteen todo el alcance de sus implicaciones como si éstas fueran vividas y expresadas por los griegos.
Estoy persuado con Heidegger de que no sólo la filosofía es griega sino que griega es “también la manera como preguntamos; la manera como aún se pregunta es griega”. Cuando hablamos de filosofía la palabra misma nos re-convoca, nos re-clama al lugar donde comenzamos a ser, donde nos crearon; que es el discurso y el pensamiento griegos. Cuando preguntamos ¿qué es esto, la filosofía?, la pregunta encuentra su procedencia histórica, una dirección y un futuro histórico. El quid del asunto radica en si, a través de los siglos hemos sido capaces de crear las condiciones necesarias para poder seguir preguntando en griego. Es decir, ¿podremos seguir preguntando por aquello que merece ser preguntado, no en el sentido de tener una garantía de respuesta, sino por lo menos la seguridad de una réplica orientadora? Hay, al menos así se percibe, este gran reto de la propia filosofía, una clara posibilidad de que estas preguntas ya no admitan respuesta alguna.
La más cruel de las paradojas de la desconstrucción consiste en que apenas intuimos qué sea eso de filosofía en medio de nuestra pequeña tiniebla griega, frente a la evidencia de que hay un punto en el que todo acaba. Una cosa parece clara, y es que el desafío de poder seguir no puede ser eludido.

Alberto Constante
¿Cuál final, cuál comienzo para la filosofía?
Theoría Numero 18. Julio de 2007

 

Comentario

El texto me hace reaccionar en lugar de reflexionar. Me rebelo ante la idea de una filosofía definida como griega, donde la manera de preguntar sea también griega. Sometida la filosofía a su origen, a donde la palabra nos “re-convoca y nos re-clama”, me siento un extraño frente a ella. ¿Qué tengo que ver yo hoy con los griegos? ¿Remite mi actividad, mi forma de reflexionar, inevitablemente a Grecia y a Occidente?
Por supuesto, sería una ingenuidad responder no. Las raíces griegas y occidentales de la filosofía están ahí, existen, y volvemos a ellas una y otra vez como a una fuente que mana eternamente. Pero me pregunto si lo griego del origen agota toda filosofía. Si acaso es imposible una separación radical de la filosofía de su origen. Si, en un periplo que la lleva a otras tierras y otros mundos, en el espacio y en el tiempo, la filosofía no construye por otros senderos, una invención de sí misma dónde, por qué no, incluso niegue su estirpe.
Reparo que el texto usa tres grafías diferentes de la palabra en cuestión: Philosophie, philosophía, filosofía. Intuyo la existencia de un significado en la mutación gráfica, pero también idiomática de la palabra. Hay ahí una historia de continuidades y rupturas. Me digo, la palabra “filosofía” no está en griego aunque remita, a través de la filología, a esa la lejana Atenas de Pericles. Pero tampoco ignoro que los primeros filósofos criollos de la Nueva España, se referían a México como la Atenas americana, tal vez para crear “las condiciones necesarias para poder seguir preguntando en griego”.
Por estos derroteros, el texto de Alberto Constante me conduce a reflexionar sobre las dificultades presentes de hacer preguntas filosóficas en México. Sobre la sensación de extrañeza e indudable falta de identidad de quienes formulamos esas preguntas. Acaso filosofar no es hoy como querer preguntar precisamente en griego. Enunciar las inquietudes en un idioma que excluye a quienes no lo hablan. Hacerlo te vuelve un extraño, y esa extrañeza conduce a menudo a dudar del dominio de la lengua tanto como de su fidelidad al origen. A fin de cuentas, en nosotros filosofar es un traslado y una reinvención, y no la seguridad de una casa y un origen. Filosofar implica el esfuerzo de la construcción de las condiciones para su existencia. Es decir, no podemos dar nada por sentado.
Si bien hoy el campo más fértil para ella es la academia –con sus asegunes y problemas-, es una tierra que se seca si no se alcanzan nuevas zonas de sembradío. Sí, la tarea es ardua. No basta el discurso ni el comentario, es necesaria y mucho la traducción, pero también la formación del espacio cultural en que la pregunta filosófica tiene sentido. Esto no sólo es labor de difusión. Es el trabajo de creación espacios de vida filosófica, de colectividades en donde la preguntas, al menos, tengan réplica.
Hay que darse pues, a la tarea de imaginar un espacio para la filosofía entre las peceras y los balazos de los narcos, las telecomedias y el futbol, el inglés y la computación. Y habrá que pensar si ese lugar está en griego…

 

El presente en el pasado: Life on Mars

Hay una mirada escéptica que, desde el pasado, mira al presente para ponerlo en entredicho. ¿Qué pensarían de nosotros, de nuestros prejuicios y modas, los hombres de, digamos, 1973?

La llegada de Sam Tyler, un detective del año 2006, a la estación de policía comandada por Gene Hunt, en Manchester en 1973, desata un conflicto que, primero es visto como una constante crítica a los procedimientos policiales de 1973 (que en México, por cierto, no han cambiado mucho), pero poco a poco comienza a convertirse en una crítica a la mayoría de los supuestos –cientificistas, buena onda, comprometidos- que son moneda común de nuestra era.

Juego de ida y vuelta, en que puestos frente a frente con nuestros antepasados más inmediatos, no hay razón para ser optimistas, Life on Mars, la serie producida por la BBC en 2006 con una continuación en 2007, construye otra dimensión del viaje hacia el pasado: la de tomar distancia de un presente que se asume siempre como mejor, pero que se revela también como una desviación, una ruptura negativa, respecto al pasado. Recuento de aciertos y daños, mirar al pasado no puede ser solo confortarse con la alegría del “progreso” .

 

 

Esto último fue, sin embargo, lo que hizo la cadena ABC en Estados Unidos, al lanzar en el 2008 su versión de la serie: convertir Life on Mars en una constante reivindicación de los éxitos del presente, de la indudable superioridad de nuestros valores, del radical optimismo sobre el presente. En ella, Sam Tyler no es un igual entre extraños, a quienes juzga y por quienes es juzgado. Es un ser superior entre inferiores y el viaje al pasado se vuelve el más bien individualista, trillado y aburrido viaje en busca de la propia identidad.

 

 

La versión americana desperdicia así el que es un acierto en la versión inglesa: la cercanía del pasado. En 2006, e inclusive, en 2009, un porcentaje alto de los que estamos vivos, vivimos algo de los 70. Yo, por ejemplo, era un adolescente. Pero otro porcentaje alto no lo vivió en ningún sentido. Y nada sabe de él, salvo por referencias y anécdotas. Compararnos con ese pasado es confrontar dos generaciones… los que aun están y los que vienen. Los que construyeron y los padecen esos resultados. Y el ejercicio, creo, al final, es interesante. Qué veríamos aquí si, como Sam Tyler, un día nos despertáramos en 1973, con Echeverría en el gobierno, la guerrilla secuestrando empresarios, la muerte de Allende en Chile y todo eso de lo que, hoy… somos todavía deudores.

Criterios de evaluación de publicaciones digitales

La producción científica, especialmente en las ciencias sociales y en las humanidades, ha girado en torno a la publicación de libros y artículos. En gran medida, la acreditación del valor y la calidad científica de esas publicaciones ha sido, y continua siendo, dependiente del proceso de publicación editorial tradicional: el proceso de selección de los textos por un editor o comité editorial o grupo de pares, la periodicidad obligada por la forma de producción de la revista, el prestigio de la casa editorial y su capacidad de distribución, etcétera. Hoy sin embargo, la aparición de Internet ha venido a poner en cuestión este modelo, abriendo una serie de debates cuyo final es aun incierto, pero que en los hechos han comenzado a discutir desde la continuidad del libro (y la revista impresa) como dispositivo de lectura, la permanencia de la industria editorial bajo el modelo que hoy conocemos, hasta la forma de llevar a cabo el proceso de revisión por pares. Esto significa, para la acreditación del valor y la calidad científica de las publicaciones, un desafío enorme, no sólo por la necesidad de adecuar los modelos actuales de validación a los cambios de soporte (como se ha hecho parcialmente en el caso de las revistas), sino por la necesidad de encontrar formas de evaluación de calidad científica para formatos y modos de publicación que no corresponden ni al libro ni al artículo, y que siguen un proceso de elaboración y difusión completamente diverso. Sin la pretensión de ser exhaustivo, me refiero a los blogs, a las producción de ediciones académicas en línea, la generación de bibliotecas digitales, los sistemas de colaboración bajo el modelo de redes sociales y, para dejarlo abierto, todas las que de un modo u otro, están aun por venir. Las reflexiones que presento a continuación intentan presentar los problemas de evaluación a los que nos confrontan estas nuevas producciones científicas, así algunas propuestas de criterios de evaluación y validación, de estas publicaciones.

II
Comenzaré refiriéndole, muy brevemente, al tema de las revistas digitales, como primer paso para introducir los problemas centrales a los que se enfrenta la formulación de criterios de evaluación científica para las nuevas publicaciones.
La aceptación de revistas en formato electrónico por parte del Conacyt ha sido relativamente resiente y producto, como puede saberse, de la sistemática migración de las revistas académicas a formatos digitales, la aparición de nuevas revistas en este formato y la aparición de los repositorios digitales de artículos académicos, que han generalizado el uso de archivos en vez de revistas.
En esencia, el reconocimiento de las revistas digitales se ha hecho, como cabría esperar, bajo el mismo modelo de las publicaciones en papel. Los criterios de valoración académica son, en esencia idénticos y solo hay dos requisitos en donde se reconoce que se está ante un sistema diferente de publicación. Uno es la exigencia de hacer públicas las estadísticas de distribución (numero de visitantes, artículos descargados, etcétera) y la otra, el establecimiento de la periodicidad a la que se comprometa la revista. Hay que decir, sin embargo, que sin hacerlo explícito, estos criterios asumen también, de manera relevante, que las revistas digitales deben ser repositorios de archivos y que los artículos no son documentos HTML o XML, sino archivos descargables, txt, pdf, doc, rtf.
En principio, podemos calificar estos criterios de valoración como conservadores respecto a las posibilidades de edición electrónica. Básicamente, exigen a la revista digital comportarse como una revista de papel escaneada. Esto no constituye en sí mismo un problema. Pero muestra, sin embargo, que no se toman en cuenta ciertas características fundamentales de la publicación digital que deberían conformar criterios centrales de valoración para una publicación científica y académica. Enunciaré dos que me parecen centrales hoy: uno es la habilidad de búsqueda dentro de las revistas, dos, es la inclusión de protocolos para compartir información, como OAI, que permitan la indexación de la información por otros sistemas.
En realidad, una revista no es digital porque ofrezca a través de internet un índice plano y resúmenes, o incluso descargas de PDF o archivos HTML de su contenido. Sin habilidades de indexación, búsqueda y recuperación de la información, es como si siguieran siendo de papel, pues en un punto serían “mudas” para la red. Un cajón más donde buscar en lugar de un sistema realmente integrado a la circulación de conocimientos.
Lo que hace que los repositorios de artículos académicos sean tan populares y cada vez más necesarios como herramienta de investigación, es precisamente porque indexan mucha información de los artículos a su disposición y ofrecen herramientas sofisticadas de búsqueda. Y el valor de los repositorios sobre las revistas es precisamente que facilitan el encuentro de la información apropiada, en bases de datos amplísimas.
Lo que ocurre es que Internet es mucho más que un canal de distribución. Internet es sobre todo una gran herramienta de búsqueda y recuperación de información, y en estos momentos, cada vez más, un vehículo de socialización de la información. Para que una revista científica cumpla su cometido científico debe poder colocar información para su circulación en internet. Y esa circulación debe contemplar, precisamente, habilidades de búsquedas dentro de su sitio, tanto como capacidades de compartir la información. Incluir estos como criterios elementales de valoración científica en las revistas digitales deberá conducir a eliminar algunos formatos de archivo (txt, rtf, docs) por ser inoperantes para compartir información e incluir otro formato además del PDF, como es XML, para que la búsqueda pueda ser más sofisticada.

II
Pero dejemos ahora las revistas y pasemos a hablar de eso a lo que se le llama “libro electrónico”. Desde mi punto de vista, hay varios factores que están influyendo para que el PDF se esté convirtiendo en un “libro electrónico”. Por un lado, existen una serie de condiciones que están empujando el mundo de la edición especializada hacia la publicación electrónica. Una es el hecho de que mientras los presupuestos para la edición en papel se mantienen o, incluso, van en declive, la presión para que investigadores y profesores generen publicaciones va al alza. Por otro lado, las limitaciones en el número de ejemplares que se autorizan para cada tiraje con presupuestos universitarios (500) y las deficiencias en la distribución de los libros, hacen que el impacto de éstos sea, en realidad, mínimo, y que la distribución en internet de archivos electrónicos se vuelva mucho más interesante. Se sabe por otro lado, que los artículos publicados en internet tienen un índice de citación mayor que los publicados en papel. (Christine L. Borgman. The Digital Future is Now: A Call to Action for the Humanities. Fall 2009 Volume 3 Number 4)
Por otro lado, hay una serie de hechos que han ido haciendo del PDF la metáfora electrónica del libro. Uno, la circulación de libros escaneados en formato PDF como práctica académica común, que ha venido a sustituir la circulación de fotocopias. Y, como ya se mencionó antes, la adopción del PDF como formato para la circulación de artículos especializados..
Sin embargo, el hecho determinante, en del terreno simbólico, para que los archivos PDF se estén convirtiendo, de la noche a la mañana, en libros electrónicos, ha sido la aparición de los dispositivos de lectura como el Kindle de Amazon y todas sus variantes comerciales, hasta el Ipad de Mac.
En realidad, no importa que los dispositivos no estén disponibles en México, y que su llegada, si alguna vez ocurre –en realidad, es aun muy pronto para saber si será la tecnología y el modelo que prevalecerá al final- pueda darse, de forma masiva, hasta dentro de algunos años. Pero el término libro electrónico, y la asociación de dispositivos con librerías virtuales como Amazon y casas editoriales, ha venido a ser clave para que, súbitamente, algunos bites se conviertan el libros.
Ahora bien, definir criterios de evaluación en estas publicaciones es urgente, porque ya se están produciendo libros electrónicos y una forma importante de producción científica pasará en muy poco tempo a aparecer en este formato. De hecho, uno de los problemas fundamentales al definir los criterios de valoración de las publicaciones académicas, es que el sistema tiene que cambiar una posición conservadora, por una posición activa de producción de políticas para la evaluación y el reconocimiento de los productos digitales, no sólo para valorar los que de hecho ya se están produciendo, sino para no frenar el desarrollo científico al quedar atado a modelos y sistemas de valoración que no corresponden a lo que está produciendo la comunidad científica.
El desafío principal que plantea el libro en PDF es que no es necesaria una casa editorial para producirlo y que la confianza depositada en la producción del libro como un gasto que solo se justifica a partir del valor de la publicación, desaparece. El problema, si embargo, aquí es idéntico al de las revistas. El libro no será más que un artículo grandote. Y el problema debe plantearse en términos muy semejantes a los de las revistas. Cómo deben ser los repositorios y cómo deben operar, dictaminar, elegir la inclusión de un archivo, los repositorios de libros electrónicos para que sean reconocidos académicamente.
De hecho, los criterios aplicados a las revistas, pueden aplicarse aquí también y, de nueva cuenta, solo habría que insistir en que deben contemplar formas de búsqueda y de indexación para que realmente tengan un valor científico como distribuidores de conocimiento.
Quizás en este momento se pueda ver con más claridad, que lo que antes llamábamos libros y revistas, y casas editoriales, ahora pueden llamarse repositorios electrónicos. De hecho, la discusión más intensa en la industria editorial norteamericana tiene como fondo esto: la creciente importancia de quien distribuye digitalmente, frente a las casas editoriales que, como las disqueras, están perdiendo la batalla de hacer llegar a los lectores los textos de manera más eficiente. (Cf. Publish or Perish Can the iPad topple the Kindle, and save the book business? by Ken Auletta)
Esto quiere decir que debe contemplarse trasladar los criterios académicos hacia un nuevo instrumento que son los repositorios digitales institucionales. Esto llevará todavía cierto tiempo, pero es importante que comencemos a pensar en ellos, para definir criterios y modelos de valoración, y para estimular la creación de repositorios institucionales.

III
Paso ahora a la parte que me parece más relevante, y que son todas los productos académicos que no tienen un equivalente en papel, y cuyos ejemplos son muy escasos en la producción académica mexicana, en gran medida por encontrarnos con dos fenómenos simultáneos: una comunidad científica conservadora y sin conocimiento real de las nuevas tecnologías, y la falta de estímulos para la exploración de nuevos modelos de producción de conocimiento en humanidades y ciencias sociales por parte de instituciones como el Conacyt y el propio SNI, al carecer de formas para su acreditación, valoración y reconocimiento. Me refiero, en primer lugar, a las ediciones académicas de textos. Hay ediciones académicas –para no discutir aquí si son efectivamente ediciones críticas- de textos relevantes para su estudio como la edición del Codex Sinaicus  http://www.codexsinaiticus.org/en/, o las 900 tesis de Pico della Mirandola, http://www.stg.brown.edu/projects/pico/index.php, por citar sólo dos que yo frecuento. Ambas son ediciones muy especializadas en formato digital, sustentadas en una serie de procedimientos académicos ya estandarizados en buena parte del mundo, a partir de los cuales es posible reconocer la calidad académica de la publicación. Los criterios son similares a los utilizados en bibliotecas digitales (que son distintas a las bibliotecas digitalizadas) como el Perseus project (http://www.perseus.tufts.edu/hopper/) de textos clásicos, o la biblioteca Bivio de textos renacentistas http://bivio.signum.sns.it/. Estos tienen que ver con el modo de representación de los textos (trascripción, imagen), su marcado utilizando estándares de XML como TEI de la Text Encoding Iniciative, el uso de estándares de interoperatividad como OAI para la difusión de su contenido a otros sistemas, y buenas prácticas como la documentación publica de los procedimiento seguidos, la acreditación académica de los participantes, el respaldo de instituciones al proyecto. En México ya hay en desarrollo, algunos incluso respaldados por el Conacyt, proyectos de esta naturaleza. Pero no hay, ya no digamos criterios de valoración, sino formas de acreditar este trabajo.
Es decir, el formato de captura de información del SNI en informes y solicitudes, no incluye un la posibilidad de documentar proyectos digitales como ediciones académicas. Además, en mi experiencia personal, en los criterios seguidos por los evaluadores, los proyectos digitales simplemente no son considerados, ni siquiera enumerados como parte de la producción científica evaluada. En otras palabras, no existen.
Se sabe, sobre todo en el área de humanidades, que algunos evaluadores han recomendado hacer una “obra de largo aliento” , lo que de suyo es académicamente incomprensible, pero que expresa claramente a mi juicio, una cultura centrada en un modelo que no es ni colaborativo ni digital, sino claramente centrado en el libro y en la imagen del investigador solitario que es, precisamente, la que está cambiando.
La preparación, diseño y ejecución de un proyecto de edición académica, como las mencionadas arriba, es un trabajo extraordinario que exige tanto rigor como el más complejo de los libros, y es necesariamente un trabajo de colaboración. Su valor como medio para socializar el saber y multiplicar su explotación colaboración, es infinita. Por eso considero que tenemos que avanzar, en este terreno, en dos direcciones: la primera es en la forma de acreditar este trabajo en los informes y en los medios de evaluación tanto en el SNI como en las instituciones académicas. La segunda, es que tenemos que colaborar en la difusión de estos productos como productos de alto valor académico, lo que implica a la vez, un esfuerzo de reconocimiento y de promoción de una cultura digital en todos los miembros del sistema.
Hay otros productos que pueden incorporarse a esta discusión. Por ejemplo, los sitios web de investigación. No me refiero a los sitios de grupos académicos o de instituciones que anuncian lo que trabajan y lo que hacen, sino los que son resultado de la investigación. Por ejemplo, el sitio sobre las noticias en la época de los derechos civiles de la Universidad de Virginia, o sobre la emigración de afro americanos a Liberia en el siglo XVIII. Estos son productos de investigación y formas de comunicación científica que como los dos anteriores, también requieren de un espacio para su acreditación y de la estandarización de criterios para su evaluación académica. En el mismo sentido, su reconocimiento académico debe ser difundido entre los miembros de las comisiones evaluadoras y del sistema todo, quizás a partir de los mismos criterios propuestos paa las ediciones académicas.
Dejo al final los blogs porque son más polémicos, y no me referiré a actividades tan resientes como el participar en redes sociales académicas. Decir que un blog puede ser una publicación académica quizás suena provocador. Pero no lo es. Los blogs académicos existen y algunos están alcanzando un prestigio muy alto, como medio de socialización del conocimiento y de diálogo académico. Pongo solo dos ejemplos de los muchos documentados por su continuo uso por la comunidad académica por bibliotecarios (Nancy L. Maron and Kirby Smith. Digital Scholarly Communication. A Snapshot of Current Trends), como son http://peasoup.typepad.com/ para el mundo de la filosofía o http://www.realclimate.org/ para el de las ciencias. ¿Puede la academia mexicana generar criterios para valorar y reconocer este tipo de producción académica y hacerlo rápidamente?
De entrada, no me atrevería a proponer aquí criterios específicos sino apertura. Sería interesante identificar primero qué blogs se están produciendo en el ámbito de la ciencia y las humanidades en México, y desde ahí, comenzar a establecer formas de reconocimiento del trabajo científico expresado por ese medio. El SNI, como el Conacyt, son instituciones con capacidad para promover la utilización de otros medios de comunicación científica, o simplemente frenarlos. Y en este caso, es importante que los blogs académicos encuentren un lugar dentro del sistema. Es importante que el sistema no sea indiferente a este tipo de producción que de manera privilegiada alimentan y mantienen los investigadores más jóvenes y que sin duda lo harán las generaciones que se están formando. Para decirlo de manera muy simple: los productos académicos están cambiando. Hay nuevas formas y modelos de producción de conocimiento que requieren ser reconocidas. El SNI, como el Conacyt, tiene, en este caso, que ser parte activa en el reconocimiento y promoción de esos esfuerzos.
Hay un dato importante a considerar. En relación con lo que se está haciendo en el mundo, México está más de 20 años atrás, por lo menos, en el conocimiento y uso de las tecnologías de la información para su aplicación en las humanidades y ciencias sociales. Y un dique definitivo ha sido la indiferencia del SNI ante estas nuevas formas de compartir el conocimiento. Simplemente, la carencia de herramientas para acreditarlas, reconocerlas e incorporarlas a los modelos de hacer ciencia, es el ejemplo más claro de esa indiferencia.
Termino diciendo. El proceso de sustitución de un modelo basado en el libro por un modelo basado en la socialización del conocimiento, se está acelerando. Y lo que ello implica, en muchos sentidos, es una fractura generacional. En un punto, llegarán a saber –o de hecho, ya saben más- los jóvenes que los experimentados. Ese es un punto de tensión y de dificultad sin duda. El desconocimiento de cómo operan los nuevos sistemas, la sensación de imposibilidad frente a su uso, son factores que agudizan el empecinamiento en el uso de un modelo que esta en proceso de caducidad. Pero a nosotros nos toca, como comunidad, ser generosos y abrir la puerta a la innovación.

Una prueba para las ideas

Julian Baggini y Jeremy Standgroom
¿Pienso luego existo? El libro esencial de juegos filosóficos. Paidos Contextos, 2008

Estas seguro, completamente convencido, sin ninguna sombra de duda, de que tú piensas lo que piensas. Porque si es así, nada es más fácil que someter tus ideas a los simples juegos que Julian Baggini y Jeremy Standgroom presentan en ¿Pienso luego existo? Un libro de pruebas de coherencia y consistencia lógica y filosófica de nuestras ideas que fácilmente desnuda las innumerables contradicciones y los increíbles sinsentidos sobre los que hemos construido nuestras convicciones.

Internet, epidemia y filosofía

Durante los días de la emergencia por el brote de epidemia de influenza A en México, entre la multitud de informaciones que circularon en las redes sociales en Internet, se distribuyó el video realizado por Alfonso Cuarón y Naomi Klein, que ilustra la tesis del último libro de ésta, The shock doctrine.
En cierta forma, esta fue la hipótesis inicial o, al menos, la primera articulación, de lo que puede llamarse una incipiente reflexión filosófica colectiva sobre el fenómeno de la enfermedad y la acción pública para contenerla en México.
Son varios los elementos a observar en este hecho, en función de comprender con más detenimiento la manera en que la reflexión filosófica irrumpe, se articula y se formula en medio de la emergencia, y los caminos hacia dónde apunta.
Comencemos por detenernos primero en el medio. No sorprende que sea Internet donde aparece la reflexión filosófica alrededor de la emergencia epidémica. Internet y en particular las redes sociales, funcionaron como alternativa para la diseminación y discusión de información sobre la enfermedad y sus características, tanto en un sentido responsable, como en uno irresponsable, dando cabida lo mismo a información científica que a las teorías de la conspiración. En ese ambiente sin restricciones, las personas hacen circular una video que viene a funcionar a título de hipótesis frente a lo que está ocurriendo: ¿estamos ante a la aplicación de la doctrina del shock?
Digo a título de hipótesis, porque esa parece haber sido la función de circular los argumentos de Klein para quien el modelo de la terapia de shock –ejemplarmente la de los electroshocks- es un recurso psiquiátrico, retomado por la CIA, y que consiste en reducir al ser humano a una condición de “nuevo principio”, lo que equivale a un estado de “infancia”, a partir del cual los hombres son más dóciles a la autoridad, y menos renuentes a sus decisiones. Este modelo, argumenta Klein en el video, fue propuesto por Milton Freeman para desarrollar la agenda liberal en contra de la voluntad mayoritaria, recomendando que todo acontecimiento que produzca una fuerte sacudida social, debe ser aprovechado para impulsar las reformas económicas y sociales que mayor resistencia encuentran en la sociedad. Y es a eso a lo que ella llama la doctrina del Shock: el aprovechar el debilitamiento de la voluntad individual y colectiva, para hacer que una persona o un grupo social acepte ciertas decisiones. Frente a esta estrategia que llama secreta, la única resistencia está en el uso de la información.
De manera curiosa, la pieza audiovisual que contiene el argumento hace referencia a los elementos dispersos en las discusiones sociales en Internet: interpreta significativamente un evento extraordinario, ofrece la información como resistencia ante el brote de la enfermedad y sugiere la existencia de una agenda paralela (y no explícita) en las acciones del gobierno. ¿Estamos en México frente a la aplicación de la Doctrina de shock? ¿Cuáles medidas son las que se quieren llevar a cabo a través de esta estrategia? ¿Cuáles son los elementos para hacerle frente? Son las preguntas tácitamente formuladas a un costado de la distribución del video por cada uno de sus distribuidores.
La discusión no parece que sobreviva al fin de la emergencia epidemiológica y es difícil aunque no imposible, decir que el argumento de Klein alcanzó el ámbito público, y que el escepticismo frente a las medidas adoptadas por la Secretaría de Salud tiene uno de sus fundamentos en ella. En cualquier caso, lo cierto es que nadie puso en duda el argumento de Klein, nadie cuestionó que fuera expresado también como propaganda de una idea, de un libro. Que fuera él mismo un comercial, que tuviera otra intención que la manifiesta. Y que utilizara la denuncia como una estrategia de venta.
Podrá discutirse y debe discutirse si la Doctrina del Shock es una interpretación válida de lo acontecido en México; si es una síntesis del debate sobre la epidemia. Incluso, y quizás sobre todo, si es racional en su asimilación del cuerpo social al individual, y el funcionamiento colectivo al neurológico. Polemizar si, en efecto, una epidemia produce los mismos resultados sociales que un electroshock en una persona.
Lo que sin duda es me parece inobjetable, es la mutación en la forma de circulación de los argumentos filosóficos, para la construcción de reflexiones colectivas que están conformadas por distintas piezas –como el video- que funcionan como elementos argumentativos.
Internet significa una aceleración de la reflexión filosófica, fuera de los formatos disciplinares y académicos, hacia la producción de otros ordenes de saber. La epidemia, sólo nos ha dado un ejemplo.

 

Nota: Este artículo fue escrito originalmente para el sitio web de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Pero como el tiempo pasó y alguien lo dejó de publicar, ya sea porque la influenza dejó de ser tema o por cualquier otra razón posible, me decido a publicarlo aquí.

 

Asterix. Un recuerdo

 

Era la tarde del 29 de agosto de 1969. Mi padre había vuelto de un viaje de dos meses por Europa. Traía consigo unos libros largos y delgados, de pasta dura. Esa tarde, sentada mi hermana junto a él y yo parado a sus espaldas, nos dejamos llevar por la lectura de la historia de unos galos irreductibles que combaten hoy y siempre al invasor.

Desde esa posición privilegiada, en donde podía mirar las caricaturas mientras mi padre iba leyendo, fui viendo como tomaban vida y aparecían personajes que, sin saberlo, terminarían por darle más forma a mi vida de lo que quizás es posible reconocer.

Aquel libro era la Hoz de oro, donde Asterix y Obelix han de viajar a Lutecia, gobernada por un aburrido y obeso romano, con la intención de comprar una hoz que Panoramix necesita para preparar la poción mágica. El otro libro que aquella vez trajo mi padre era la Vuelta a la Galia, donde los dos guerreros galos recorren su país para ganar una apuesta a un enviado de Julio César.

Pero más allá de las aventuras y de la fascinación por un héroe pequeño, bigotón y con trenzas, más parecido a mi, digamos, que Mikey Mouse o el Pato Donald, con las aventuras de Asterix vino el descubrimiento, inagotable todavía hoy, del mundo clásico y de su transmisión en el presente, con humor, ingenio e inteligencia.

Asterix me acercó no solo a la historia, también a la cultura clásica como un conjunto que podía ser, no venerado como una escultura intocable y frágil que se daña con cualquier cosa, sino vivido y transformado en eso que soy y vivo, entreverándose cada día en mis cosas, reviviendo y reinventando con lo que está aquí y es presente. Me enseñó, pues, que la cultura no hay que simplificarla para que otros la comprendan, sino hacerla vivir en lo que todos comprendemos.

En 1974, mi último año en la primaria me decían la mosca –las razones son, por supuesto, inconfesables. Para despedirnos y como recuerdo de nuestra primara, todos hicimos un dibujo de cada uno de los compañeros. Alejandro Chau, mi maestro, hizo este:

 

 

 Elocuente, ¿no?

¿Qué tiene el PDF?

Las humanidades en México han sido bastante conservadoras en relación con la adopción, uso y conocimiento del cómputo y la computación en red. Pero en estos días es posible sentir una corriente favorable en el ámbito de las humanidades hacia la publicación electrónica a través de PDF.
Desde mi punto de vista, hay varios factores que están influyendo para que sea éste el formato que esté ganando adeptos. Por un lado, existen una serie de condiciones que están empujando el mundo de la edición especializada hacia la publicación electrónica. Una es el hecho de que mientras los presupuestos para la edición en papel se mantienen o, incluso, van en declive, la presión para que investigadores y profesores generen publicaciones va al alza. Por otro lado, las limitaciones en el número de ejemplares que se autorizan para cada tiraje con presupuestos universitarios (500) y las deficiencias en la distribución de los libros, hacen que el impacto de éstos sea, en realidad, mínimo, y que la distribución en internet de archivos electrónicos se vuelva mucho más interesante.
Por otro lado, hay una serie de hechos que han ido haciendo del PDF un modelo de edición electrónica, destaco los dos que me parecen más notables. Circular libros escaneados en formato PDF es una práctica académica común, que ha venido a sustituir la circulación de fotocopias. Coincidente con esto, el formato PDF fue adoptado para la reproducción digital de los artículos especializados en revistas para su inclusión en bases de datos, lo que le ha dado legitimidad dentro de la comunidad académica.
Sin embargo, el hecho determinante, en del terreno simbólico, para que los archivos PDF se estén convirtiendo, de la noche a la mañana, en libros electrónicos, ha sido la aparición de los dispositivos de lectura como el Kindle de Amazon y todas sus variantes comerciales, hasta el Ipad de Mac.
En realidad, no importa que los dispositivos no estén disponibles en México, y que su llegada, si alguna vez ocurre –en realidad, es aun muy pronto para saber si será la tecnología y el modelo que prevalecerá al final- pueda darse, de forma masiva, hasta dentro de algunos años. Pero el término libro electrónico, y la asociación de dispositivos con librerías virtuales como Amazon y casas editoriales, ha venido a ser clave para que, súbitamente, algunos bites se conviertan el libros.
Este reconocimiento simbólico del PDF como libro y el consecuente entusiasmo por su uso como modelo de publicación, no deja de ser problemático. Principalmente porque a través de él intentan conservar algunas cualidades, pero a través de ellas, también los intereses y las estructuras económicas y de poder del libro impreso (Copyright, mediación editorial, barreras al flujo del conocimiento y al intercambio comercial). De modo que legítimamente uno puede preguntarse si es la institución universitaria la que debe apostar por algo así.
Pero el otro problema, que en el fondo es el que a mi más me inquieta, tiene que ver directamente con el cómputo en las humanidades: el PDF es para ello un dique, porque no abre la puerta a la exploración y reconocimiento de otros productos de las humanidades a partir del aprovechamiento del cómputo y del cómputo en red.

Guía de Perplejos

La propuesta de lectura de esta quincena es un hermoso texto de José Vasconcelos, tomado de Indología de 1925. Se trata de una visión del filósofo, de su quehacer y del sentido de su búsqueda, que puede leerse significativamente hoy, cuando el lugar ocupado por quien hace filosofía ha sido puesto a discusión en México y al menos en el imaginario, ciertamente  desplazado. Las ideas de este filósofo amateur, como fue calificado alguna vez por Guillermo Hurtado, están tan presentes en el debate actual, como las evocaciones a su figura legendaria, para defender el ejercicio profesional de la filosofía. A quien lea el texto no le pasará desapercibido hasta qué punto lo que se reivindica hoy, en gran medida es su legado, pero también hasta que punto ese legado resulta ya en realidad, insuficiente.

Al comentario

 

Comentario de Carlos Vargas
El asunto
José Vasconcelos

Hundido en la selva del conocimiento, el filósofo sabe que no le va a ser posible investigar todas las sendas, pasear por todos los claros, empaparse de la fragancia de cada masa de espesura; pero no por eso se resigna a quedarse ocupado en anotar los caracteres de la hoja que cae y las formas del tallo que asciende o los rasgos del pájaro que canta. Un instinto superior a la seducción de la criatura que particular y al destello que fascina, lleva al filósofo a romper por lo más intrincado y a trepar hasta el más alto tallo para abarcar todos los ramajes, para permearse del temblor de todas las hojas, y para oír, en vez del canto de un pájaro, el rumoroso concierto de toda la selva. De tal suerte que veremos que el filósofo está siempre de vuelta del detalle. ¡El filósofo ya vio, ya amó, ya pecó, ya encontró gracia, ya fue fascinado, ya fue engañado; venció y fue vencido y después de recorrer todos los círculos, busca ahora la espiral de la liberación, el camino del éxito, el signo de la superación de todos los valores!
Por eso, en la selva no se dejará atrapar el filósofo, por mucho que le fascine cada flor y cada hermosa bestia y no se conformará tampoco con ponerse a contar los árboles semejantes, haciendo restas y sumas de los rasgos que sirven para la clasificación, in se concretará, como lo haría el naturalista, a distinguir especies y ponerles nombres; aparte de todo esto se empeñará más bien en juntar en una sola expresión toda esta suma de caracteres, todo este miraje de formas y tratará de averiguar de qué suerte perduran y se desarrollan todas en relación con las nubes que traen el agua y con el cielo que difunde la luz. Y pasará en seguida a preguntarse: “¿Quién hizo los elementos, el cielo que está siempre suspenso y las aguas que corren y los vientos que vuelan?” Porque, en resumen, el filósofo es un servidor de la función de unidad y un sacerdote de la religión de lo Absoluto.
Por uno y otro camino el filósofo busca un fantasma que siempre está delante y nunca se deja aprehender, una realidad que por mucho que contenga nunca está completa, un miraje que solo por darle algún nombre llamamos Totalidad. Si por fin se aniega en el Todo, el filósofo coincide con el nombre de religión, con el artista que alcanza una mística percepción de la belleza.
Por uno y otro camino marchamos en busca del Todo, pero no lo alcanzamos jamás. Para abarcarlo tendríamos que devenir nosotros mismos el Todo, y, como esto no es posible, mientras no superemos la conciencia terrestre, resulta que marchamos de tropieza en tropiezo, siempre anhelantes de comulgar con lo Divino y siempre desilusionados de nuestra propia capacidad, fallidos en lo más profundo de nuestro anhelo. Renunciaríamos a toda Esperanza sino fuese porque logramos en ocasiones determinados vislumbres que aclaran el confuso y paciente ideal cotidiano; sin embargo, no es posible llegar a la iluminación sin la disciplina, y la disciplina del filósofo tiene dos maneras de error, pero también dos maneras de relativo acierto, dos maneras lógicas: Abstraer, y Sintetizar.
Casi toda la filosofía está hecha de abstracción que suprime determinados accesorios con el objeto de lograr representaciones esquemáticas de una realidad múltiple, pero reductible a caracteres generales. Ya sea por inducción ya sea por deducción, aparecen generalizaciones sin las cuales no hubiera sido posible el progreso, la formulación misma del pensamiento. Pero tiene la generalización el defecto capital de que es resultado de supresiones y reducciones. La generalización, a pesar de su nombre falsamente generoso, es destructora y empequeñecedora de la realidad; mata siempre una parte del hecho; anula, pone en olvido una multitud de factores; desliga caracteres que en rigor son inseparables. Cuando decimos hombre creamos un concepto genérico más comprensivo que un hombre particular; pero solo en cierta manera de extensión; en realidad desprovisto de substancia, mucho menos rico de contenido divino que el más humilde de los hombres determinados. La abstracción hombre gana, pues, en forma, pero pierde en esencia, pierde en contenido vital. Y así, toda filosofía fundada en las generalidades y la abstracción, toda filosofía de meras ideas, es como un juego de globos de cristal: hermosos pero vacíos. La vida se ausenta de ella desde el principio, y no le queda más que una fantasmagoría de conceptos generales… Por fortuna esto no implica una derrota de la filosofía; esto sólo indica que abstraer y generalizar no es la filosofía sino uno de los métodos de la filosofía. Además tiene otro método, mucho más fecundo la filosofía, un método en el cual yo veo elementos sensoriales, elementos de percepción de existencia agregados a la mera noción de forma y de concepto, ese otro método se encuentra en el ejercicio de lo que llamamos la síntesis. La síntesis enunciada en forma poco vaga, pero comprensiva; es la noción de la existencia particular enlazada con la noción, con el aumento que le da la existencia del conjunto. El que sintetiza aumenta. Así como la abstracción, mata la realidad, la síntesis anima, aumenta las potencialidades de lo real. En el caso, por ejemplo de la selva: quien examina los árboles para anotar sus semejanzas y formar los géneros, ha hecho una filosofía de abstracción; creando el nuevo concepto del género, se ha engañado a sí mismo, porque su falsa creación le ha hecho perder de vista la cantidad de elementos que ha tenido que anular en cada uno de los objetos, en cada una de aquellas existencias, para adaptarlas a la categoría meramente conceptual de su clasificación y de su género. Ha matado la realidad para substituirla con fantasmas. El vulgo se ha dado cuenta siempre de ese hondo crimen del intelectual; por eso demuestra tan constante desdén para lo que comúnmente se llama filosofía.
Sintetizar es todavía más que sumar, porque la suma va agregando uno a otro los homogéneos y la síntesis es suma de homogéneos y de heterogéneos; visión de conjunto que no destruye la riqueza de la heterogeneidad sino que la exalta y le da meta. El hecho mismo de la existencia es una manera lograda de síntesis; un triunfo de síntesis, puesto que sin perder unidad, el mundo se ensancha y se realiza en nuestra conciencia.
El yo es elemento de unidad, función de unidad y al mismo tiempo reflexivo de disparidad y de multiplicación. La misión del filósofo deberá ser entonces, entretejer ciertos hilos directivos, despejar ciertos cauces y soltar la corriente de simpatía, la dinámica de la emoción que nos pone en contacto y parentesco con los más humildes y con los más altos procesos del mundo.
Incorporar cada una de las sorpresas de la novedad, cada una de las cosas particulares al concierto temblante de la existencia total y contemplarlo todo transfigurado en el espíritu y deviniendo hacia lo eterno; he ahí la misión de la síntesis. La existencia de lo particular animada con la grandeza y la música del todo; esa sería la síntesis perfecta y una filosofía que al realizarse sería ya la filosofía postrera, la filosofía de la belleza, la filosofía definitiva de lo divino. Sería religión. Religión y belleza por el camino divino de la emoción.
Tengamos presente, por lo menos, semejante cumbre del conocimiento, cada vez que nos apliquemos a estudiar un problema y meditar en un aspecto cualquiera de la realidad. Hasta donde nos sea posible, apliquemos un criterio semejante al asunto que va a ocuparnos. Nuestra tarea debe ser, en efecto, no solo definir el movimiento étnico de que formamos parte, sino también imprimirle caracteres y orientación. Nos encontramos delante de un proceso vital y étnico que surge como una novedad casi sin precedente en la historia, y eso, a pesar de que la historia cuenta ya con más de cinco mil años de  experiencia. Comencemos por asignar al nuevo proceso un nombre. Ese nombre será el signo, un poco artificial, pero indispensable, para establecer la autonomía del proceso, del hecho, entre el enjambre innumerable de los hechos y los sucesos.
Lanzaremos desde luego el nombre, procediendo a justificarlo en seguida. Llamaremos Indología a todo el conjunto de reflexiones que me propongo presentar a propósito de la vida contemporánea, los orígenes y el porvenir de esta gran rama de la especia racional que se conoce con el nombre de raza iberoamericana.
José Vasconcelos. Indologia. Agencia Mundial de Libreria. Barcelona. 1925, pp. 2-5

Debo este texto a la amabilidad de Ezequiel Castillo Brun.

Comentario
Para el Vasconcelos de la Indología, la filosofía tiene como fin comprender un proceso etnológico, dándole sentido a la raza iberoamericana. En el humanismo del Ateneo, como de hecho en la mayoría de los humanismos, hombre y raza se identifican. Hombre no es un término que designe en él a la humanidad como un género común a todos los hombres de todas las naciones, sino la de aquel hombre nacido y constituido dentro de una cultura. Ese es un detalle que no hay que perder nunca de vista: hombre es siempre un término en singular.

Es dentro de la relación entre la naturaleza humana y cultura, entre humanidad y cultura, que para él, la filosofía adquiere un papel relevante. Su función es explicar y construir ese vínculo entre una forma abstracta y una condición particular. Enunciar y formar, en términos de identidad y cultura, la condición de hombre. Sin filosofía, o en general, sin humanidades, no hay acceso a la cultura, no hay identidad y el hombre se rebela sólo como un mero producto de la biología: criatura egoísta, sin belleza ni fe, como diría también Caso.

La filosofía, así, no solo explica, sino que también forma y constituye al hombre, como ese ser inmerso en la cultura y en consecuencia, en su identidad. La filosofía es examen pero también es pedagogía, y de ahí su relevancia sin más.
Hoy, sin embargo, todos los elementos de esta fórmula ha entrado en crisis: la filosofía no provee más ese acceso a la cultura y a la identidad. En parte por que cultura e identidad dejaron de ser la misma cosa. Cultura no es más sinónimo de nación, sino de un entramado complejo, difícilmente descriptible, de múltiples identidades, en una yuxtaposición en la que la filosofía tiene relevancia, cuando mucho, en una fracción de ellas, y ya no como elemento integrador.

Además, el filósofo, en el signo que nos separa de Vasconcelos, ha perdido su capacidad de acceder a al totalidad, a la abstracción y a la síntesis, a la explicación del todo en el particular, a la totalidad en el uno. Está, pues, a la vuelta de otro desengaño, que lo ha arrojado a la evidencia de que no le es claro tampoco cuál es su propio lugar y cuál es el lugar de aquella tradición de la que proviene.

 

Codex Sinaiticus: humanidades y tecnología

Hay obras y textos para los que la publicación digital en línea parece haber sido concebida. Las más de las veces, se trata de obras cuya edición en papel resulta simplemente impensable, más por su complejidad, que por otras variables como el costo o el mercado. Obras donde encontramos vinculadas imágenes facsimilares, transcripciones, traducciones a más de un idioma, anotaciones a cada uno de los distintos textos, así como presentaciones, introducciones y un largo etcétera. Es ahí cuando se aprecia la versatilidad, amplitud y conveniencia de la edición digital, y se rinde ante lo que es sin duda, un trabajo admirable.
El Codex Sinaiticus es una de esas maravillas indiscutibles. Se trata de uno de los manuscritos más antiguos que se conservan. Escrito hace 1600 años, a mediados del siglo IV, es unaBiblia compuesta en griego donde se incluyen, como parte de la Septuaginta textos que no aparecen en la Biblia hebrea. Al Nuevo Testamento, incluido en su totalidad, se agregan dos textos claves en la historia de la cristiandad que no prosperaron como libros bíblicos: la Epístola de Barrabas y “El pastor” de Hermas. Hay diferencias notables también en la secuencia de los textos. Pero el conjunto de estas características del Codex, lo hacen ser una clave en la historia de la Biblia y en la formación del pensamiento cristiano. El Codex tiene también mucha importancia en la historia del libro, por el material en que esta escrito y la forma de reunión de sus páginas, de modo que nos aproxima y nos revela un pasado al que sólo tenían acceso los especialistas más interesados en el tema, y con mejores recursos.
Pero mi interés principal está en la edición electrónica de esta joya. Es primero, una edición facsimilar, en la que se han digitalizado cada una de las páginas del Codex en un esfuerzo que es a la vez, de conservación y de difusión. La digitalización es de muy alta calidad y permite trabajar plenamente con las imágenes. Además, se encuentra un trascripción por verso o por página, que se llevó acabo a través de un procedimiento que implicó la realización de dos trascripciones independientes, su comparación a través de un software que detecta las diferencias y la revisión de los casos en que hubo desavenencias entre los transcriptores. Además, los textos transcritos tendrán una traducción al inglés, al alemán, al ruso y al griego (no todas las traducciones está ahora disponibles), que son los idiomas de las instituciones participantes.
En suma, se encuentran presentes e integrados, prácticamente todos los elementos que uno podría esperar en la edición digital de una obra así de compleja, para hacerla accesible a quien, desde cualquier parte del mundo, se interese en estudiarla. Pero el desarrollo de este proyecto muestra otra cosa. Nos deja ver hasta qué punto el cultivo de las humanidades hoy pasa también por el conocimiento y el desarrollo de la tecnología. Pues el diseño y la creación de la interfaz de usuario, la formales de comprender la integración de las dimensiones textuales implícitas en un trabajo de escaneo, trascripción y traducción –que han sido labores fundamentales de la tradición humanística- es producto del propio trabajo de los humanistas y resultado de sus propias necesidades.
En este sentido, no dejaré de repetir la urgencia de que nuestras humanidades accedan y se expresen ya, también, como una cultura de la tecnología, y como una empresa, a la vez, de apropiación, investigación y desarrollo de las herramientas futuras de las humanidades.